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LA CONTRADICCIÓN DE LOS ZURDOS
Lo que está pasando en las redes sociales es un ejemplo perfecto de la hipocresía progresista.
Veo en todos lados a venezolanos festejando la caída del dictador narcoterrorista Maduro pero también veo a todos los comunistas que viven en democracias occidentales (que son cada vez menos) llorando por el innegable fracaso de su ideología, que derivó en una dictadura asesina.
Los progresistas dicen amar la democracia, pero lloran cuando cae un dictador. Eso los pinta de cuerpo entero. Dicen defender al pueblo, pero odian verlo festejar su libertad (o lo que a ellos no les gusta).
Además, el ex-dictador Maduro, que ahora pasará el resto de sus días en una cárcel norteamericana por haber sido el jefe de una organización narcoterrorista que dejó al 90% de los venezolanos en la pobreza, obligando a 8 millones de personas a escapar de su país para no morir de hambre y que para mantenerse en el poder se robó las elecciones, secuestró a Nahuel Gallo, un ciudadano argentino, y lo tiene desaparecido desde entonces.
Pero claro, los cipayos somos nosotros, los que defendemos a los argentinos, los que defendemos a la libertad y a la democracia.
Pero eso se acabó. Basta. No toleramos más las psicopateadas de los que arruinaron no sólo a nuestro país, sino a toda la región, con ideas socialistas y prácticas políticas dignas del fascismo más rancio.
Venezuela celebra.
Venezuela es Libre.
La izquierda llora.
La Libertad Avanza.
VIVA LA LIBERTAD CARAJO 🇦🇷🤝🇻🇪
Madam Secretary Hillary Clinton,
If you are convinced that torture is taking place at CECOT, El Salvador is ready to cooperate fully.
We are willing to release our entire prison population (including all gang leaders and all those described as “political prisoners”) to any country willing to receive them.
The only condition is straightforward: it must be everyone.
This would also greatly assist journalists and your favorite NGOs, who would then have thousands of former inmates available for interviews, making it far easier to find additional voices critical of the Salvadoran government (or willing to confirm whatever conclusions are already expected).
Surely, if these testimonies reflect a systemic reality, a much larger pool of sources should only reinforce the claim, and many governments should be eager to offer protection.
Until then, we will continue prioritizing the human rights of the millions of Salvadorans who today live free from gang rule.
Respectfully,
Nayib Bukele