Que los mismos sujetos que hasta el 2 de enero aseguraban que debíamos “participar” en procesos electorales pase lo que pase (por aquella estupidez de “los espacios”) hoy sugieran que las elecciones son nocivas no es una incoherencia. Es, precisamente, parte de su tarea: mantener el statu quo. Son siervos de la barbarie chavista y sostener esa barbarie en el poder es su fin último. Representan la banalidad del mal y, también, la mediocridad de quienes solo ven posible su “desarrollo” bajo una tiranía que los ubique en lugares que jamás tendrían en democracia. Esto es: odian la democracia. Y odian profundamente la libertad. Por eso atacan tanto las redes sociales, donde se les recuerda constantemente que son tan aborrecidos como el propio chavismo al que sirven.
Aquí nadie está pidiendo “elecciones ya”. Todos sabemos que, para llegar a un proceso electoral real, transparente y donde los resultados sean respetados, se deben cambiar muchas cosas, desmantelar otras y construir unas más. Eso fue, de hecho, lo que tantos dijimos durante años mientras este mismo grupo de pordioseros morales nos llamaba “abstencionistas”. Su lógica miserable siempre fue la misma: llamar “extremistas” y “radicales” a quienes exigimos libertad y derechos civiles. Por eso les molesta hablar de los presos políticos, recordar el 28J o pedir que María Corina Machado vuelva al país para terminar de organizar a la gente que quiere elegir y vivir en una república democrática. Por eso reducen los crímenes de lesa humanidad a “infracciones”. Por eso ahora dicen ser defensores del “plan de Trump” cuando hasta hace nada criticaban pedir esa ayuda que tanto necesitábamos –y seguimos necesitando– para lograr el objetivo.
Lo único positivo de todo esto es que ese pequeño pero ruidoso grupo, lleno de infames que se escudan bajo disfraces de academia, periodismo, ONG y gremios, quedó completamente retratado. No inciden dentro de la dinámica del país y su labor quedó relegada a intentar confundir a gobiernos y espacios internacionales. Pero tampoco van a lograr eso, porque la mentira de la “neutralidad” quedó destrozada cuando se encendió la luz y, en la habitación, todos ellos estaban abrazados a Delcy Rodríguez, creyendo que “ahora sí” iban a poder “ser gobierno”, sin entender que la tiranía está sobreviviendo un día a la vez. Cuando eso termine –y va a terminar– no solo quedarán en la irrelevancia absoluta, sino también en la memoria colectiva como parte del engranaje que justificó la represión, el secuestro, la tortura, el hambre y el exilio.
Venezuela va a ser libre y va a vivir en democracia, porque la ciudadanía entendió esos conceptos mucho mejor que los supuestos intelectuales de una élite podrida que va de salida, así como va de salida la barbarie chavista.
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(Solo para España)
1/8 La Fiscalía habla de “incumplimiento”, pero la boleta de excarcelación exige presentarse cada 30 días. Si Guanipa salió ayer, es materialmente imposible incumplir una obligación cuyo plazo ni siquiera ha comenzado. Sin hecho objetivo, no hay base legal para revocar.
🚨 ¡MOMENTO HISTÓRICO! El presidente @nayibbukele da una respuesta LAPIDARIA cuando le preguntan por supuestas "violaciones a los derechos humanos" en el CECOT, con el presidente electo @joseantoniokast presente. La contundencia en la respuesta del presidente salvadoreño es genial.
Por alguna razón, a María Corina Machado se le ha impuesto un escrutinio ideológico como si se tratara de una candidata a una elección en algún país nórdico, y no una líder en un contexto de guerra abierta contra el narcotráfico y el crimen organizado. Una rigurosidad que se le aplica a ella como no se le aplica a absolutamente ningún líder de la derecha en ningún país del hemisferio.
Es tan irracional que mi única forma de explicarlo es que detrás de estos esfuerzos está el régimen chavista, con el propósito de minar sus relaciones con aliados naturales.
Es irracional porque, pese a que estamos en guerra, pese a que todo su equipo ha sido encarcelado, exiliado o asesinado; pese a que su patrimonio ha sido liquidado, su familia ha sido acosada y ella ha sido sometida (y agredida y amenazada); para algunos lo que importa es con quién se tomó una foto hace 15 años o qué opina sobre determinada cuestión cultural. Y a partir de ello alzan unas campañas obsesivas y difíciles de explicar si no hay fondos detrás.
Y lo hacen algunos que pretenden al mismo tiempo perfilarse como aliados de la lucha contra el régimen chavista. No lo son. No lo son cuando ignoran la realidad de María Corina Machado para crear relatos a partir de información limitada o sin contexto. ¿Y cuál es la realidad de María Corina que esta gente no cuenta? Que ella fundó el primer partido anti-socialista en la historia de Venezuela. Que fue la primera en insertar en la discusión política venezolana, en buen tono, la palabra capitalismo. Que fue la primera cuyo partido, Vente, empezó a formar jóvenes en todo el país, en zonas rurales y pobrísimas, en torno a las ideas de Mises o Hayek. Que fue la primera en decirle a Hugo Chávez, en su cara, que expropiar era equivalente a robar. Que fue la primera en recorrer Venezuela hablando de la importancia del empresario, de la propiedad, el valor del trabajo y la sacralidad de la libertad individual. Pero más allá de eso, y en cuanto a lo que más importa en esta guerra, es la única líder en la oposición venezolana que no ha pactado con el chavismo, que no ha permitido que su movimiento sea permeado por la corrupción, que ha sacrificado su patrimonio, su familia y su integridad física —sin tener que hacerlo y pudiendo haber optado por una vida cómoda en Nueva York o Madrid. Que lo ha arriesgado absolutamente todo —literalmente todo—, por esta causa. Y, a este punto, es una de los pocos liderazgos latinoamericanos con relaciones excepcionales con el presidente Trump (se comunica ahora con él a través de su número personal); pero que además guarda excelentes vínculos con Vox en España, Meloni, Javier Milei, Santiago Peña, Daniel Noboa, José Antonio Kast, Orban, etcétera... Sin embargo, a ella, solo a ella, se le aplica un cálculo ideológico que absolutamente ningún otro líder sufre —y eso que ellos no viven, ni remotamente, el contexto existencial de Venezuela.
Digo que solo a ella se le aplica esa rigurosidad que no le corresponde a otro líder de la derecha de la región, porque, de aplicarse, ninguno —o muy pocos— pasarían la prueba.
A ver: Donald Trump fue demócrata; donó a los Clinton. Su postura frente al aborto no es rígida (lo apoya en ciertas excepciones) y le ha pedido a su partido que relaje su posición frente al tema. Asimismo, su administración ha ampliado el acceso a la fertilización in vitro. Milei no es precisamente conservador; Bukele procede de la extrema izquierda salvadoreña (FMLN) y simpatizó en algún momento con Hugo Chávez. Y, sobre lealtades y afinidades, que también es un punto de discusión estos días: JD Vance llegó a criticar fuertemente al presidente Trump. Puedo seguir con ejemplos menos circunstanciales, que demuestran que, además, hay algo que en el mundo no solo es legítimo sino valioso y deseable: la gente cambia de opinión. Verbigracia, varias de grandes referencias personales, como Fernando Sánchez Dragó, Raymond Aron, Antonio Escohotado, Jean-François Revel, Oakeshott, ¡o el mismo Vargas Llosa!, provinieron de la izquierda. Muchos de los mejores conservadores son los conversos, porque pocos conocen el monstruo como aquellos que lo vivieron —pero este es otro tema, claro.
En fin, no todos son ejemplares frente al reclamo conservador (o de derecha en general) —no todos cumplen a rajatabla con las exigencias doctrinarias de unos u otros, porque además puede que sea algo imposible. Pero a casi todos los apoyamos decididamente, porque la mayoría, al menos eso quiero pensar, sabemos que a lo que nos enfrentamos, sobre todo en Latinoamérica, trasciende los caprichos ideológicos y culturales. Hablamos de la guerra contra el narcotráfico, el crimen organizado y el terrorismo. Y todos son infinitamente superiores a sus contrincantes en la izquierda.
Ya llegará el día, Dios quiera pronto, en el que en Venezuela sea un país ordinario donde podamos abocarnos a discutir temas como las drogas, la eutanasia o los diferentes pronombres. Mientras, nuestra guerra, la de nosotros —a quienes nos han matado gente, secuestrado hermanos o acosado familia—, es existencial.
Una guerra por vivir. Una guerra por ser libres.
Y, quienes intentan sabotearla, día y noche, a este punto es claro: juegan para el régimen.
No hay otra explicación.