Entró al restaurante sin pedir permiso.
No buscaba comida.
No buscaba techo.
Buscaba ser visto, ser reconocido.
Ser tocado sin miedo.
La verdadera humanidad no aparece en grandes actos.
“Papá, me he equivocado. He mandado fotos mías privadas a alguien que pensaba que era de confianza. Porque me gustaba mucho, papá. Ahora me amenaza con difundirlas”.
Cuesta escuchar algo así y controlarse. Pero, recuerda: