Hay instantes que no envejecen. Solo se quedan suspendidos en algún rincón del pecho, sin irse del todo. Pero uno aprende a convivir con ellos, con nudos que no se desatan y te hacen retorcer el estómago del dolor.
Hay días que empiezan más pesados. Algo falta, aunque no siempre se dice. Los recuerdos aparecen sin ser llamados. Y el café, más amargo de lo normal, parece entenderlo.
El retrato no envejece como lo hace el recuerdo. Mientras la memoria va cediendo al desgaste del tiempo, la imagen permanece intacta, como si el amor que tuvimos todavía respirara allí, detrás de los ojos que ya no me miran.
Cada retrato es un intento de retener lo efímero, de decir ' esto fue ' cuando el corazón aún no está listo para soltar. Y así, en el silencio de una fotografía, la melancolía se siente a nuestro lado, suave, como un recuerdo que nunca termina de irse.
Los retratos guardan lo que el tiempo se llevó: una mirada suspendida, una sonrisa que ya no es del todo la misma. Hay algo profundamente melancólico en esas imágenes quietas, como si el alma se hubiese quedado atrapada entre luces y sombras. No son solo rostros; son huellas.