El viaje ya era historia. Las mochilas arrastradas como si pesaran el doble, los mates sin ganas, las últimas fotos con cara de dormidos, todo eso iba quedando atrás. El grupo, medio desarmado, deambulaba por el aeropuerto con esa sensación amarga de final.
Cuando se separaron, ninguno dijo nada. Se arreglaron el pelo, bajaron la mirada, respiraron hondo. Y salieron.
La gente seguía igual que antes. Los parlantes anunciaban vuelos. El grupo todavía esperaba. Pero algo había cambiado. Entre ellos, ya no quedaba nada pendiente.