Omar Bravo fue uno de mis ídolos más grandes de infancia.
Lo admiraba por su entrega, por su forma de presionar, por esa intensidad que parecía no acabarse nunca. No era solo un jugador, era una actitud. Copié sus gestos, sus rutinas, hasta su manera de mirar el campo. Era un reflejo de lo que uno aspiraba a ser: constante, disciplinado, con carácter.
Por eso lo de ahora duele distinto.
No es solo una decepción, es una herida en la memoria.
Porque uno crece creyendo que los ídolos representan algo más grande que ellos mismos. Que simbolizan valores, esfuerzo, mérito… y un día descubres que también son humanos, y a veces, humanos de los peores.
No siento odio, ni deseo de verlo destruido.
Pero sí una tristeza profunda. Porque cuando alguien que admiraste cae tan bajo, no solo se cae él: se desmorona una parte de tu historia, esa que te hacía creer que ser bueno y disciplinado alcanzaba para mantenerse limpio.
Con los años entiendes que ningún ídolo es tan perfecto como lo pintabas, ni tan intocable como quisieras.
Y que la verdadera madurez no llega cuando dejas de admirar… sino cuando aprendes a mirar a tus ídolos con compasión y decepción al mismo tiempo.
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Tal vez los profes barcos ya sabían que teniendo una carrera no te aseguraba la libertad financiera, por eso les valía vrg, tal vez fueron los únicos que no te vendieron esa mentira 🤔