Esta es la televisión pública que tuvimos:
Programas culturales, debates de actualidad, entrevistas a intelectuales, series educativas, biografías de artistas y documentales.
A lo que hay ahora —y que nos cuesta un potosí— solo quiero verlo arder. Es combustible. Quiero verlo reducido a cenizas.
La televisión contemporánea es una degeneración estupefaciente inoculada en Europa por el camello Silvio Berlusconi: vedetes, zafiedad, sandeces y tipejos.
Mitterrand le cerró el pasó cuando Francia aún se amaba a sí misma. La Cinq quebró pero, más al sur, Telecinco triunfaba. El cáncer, empero, ya es metástasis en todo Occidente. Y en la televisión pública.
Hubo un tiempo en que RTVE respetaba al país y al espectador. Le trataba de usted. El pavoroso camino que colectivamente hemos recorrido desde entonces, debe caminarse urgentemente al revés.
Fuego.
Salvamos el pulmón de Valentina, una paciente de 18 años que voló a Madrid desde Panamá para una ser operada de un tumor de Castleman en una localización muy compleja. Conseguimos separar la lesión sin quitar nada de pulmón
Los aficionados japoneses se quedan al final del partido a recoger la basura. Lo hacen siempre. Igual que lo hacen en las escuelas o en el trabajo. Por eso están a años luz de nosotros. Respetazo gordo al país nipón, a su cultura y a sus valores.