Qué impresión todo lo que empieza a pasar cuando uno de verdad se rinde y se deja llevar por Dios. No cuando decimos “voy a soltar”, pero seguimos esperando señales, prendiendo velas, pidiendo pruebas, negociando con el cielo. Eso no es rendición, eso sigue siendo control disfrazado de fe. La rendición real llega cuando uno toca fondo, cuando ya no hay fuerzas para sostener, ni palabras para pedir, cuando sueltas las manos, te tiras al piso y dices desde el alma: “Que se haga tu voluntad. Yo ya no voy a mover un solo dedo.”
Ahí, Justo ahí es cuando entra Dios.
La rendición no es perder, es el momento exacto en el que dejas de estorbarle a lo divino 🙂↕️
La obsesión por “sanar” se está convirtiendo en otra forma de tortura. No eres un proyecto de mejora continua. Eres una persona. Con tus grietas, tus contradicciones y tus días malos. Y no, no tienes que estar siempre trabajando en ti mismo. A veces solo tienes que vivir.
Cada vez que pienses en la muerte o en un final como algo oscuro, cámbiale el nombre, dilo como “tránsito”. Nada muere del todo, solo cambia de forma, de espacio, de piel, esa conciencia trae calma, porque entiendes que los finales no son castigos, son puertas. Lo que hoy se despide, mañana regresa transformado, y cuando lo ves así, el miedo cede lugar a la confianza, no pierdes, atraviesas 🌀