3. El poder saca periodistas incomodos.
Esto es evidente; negarlo es intentar tapar el sol con un dedo. Recordemos cómo en su momento el gobierno Santos sacó sin piedad a Vicki Davila y en el gobierno Petro ocurrió la mayor barrida de periodistas opositores en Caracol y la W. En este caso, no se puede ignorar que el programa mantenía un tono marcado contra el actual Gobierno, perdiendo por momentos el equilibrio llegando a parecer que fuera un tema personal. Camila Zuluaga llegó a mencionar al aire que pedían su cabeza; dejarse llevar por el apasionamiento es un error en el periodismo, pues rompe la neutralidad. El periodismo no debe ser servil, pero tampoco puede transformarse en una persecución. Muchos afirman que el presidente Abelardo de la Espriella ordenó cerrar el espacio. Aunque no existen pruebas, no se descarta. Sin embargo, me inclino a pensar que los directivos aprovecharon el desgaste del programa para enviar un guiño al Gobierno, sacrificando el espacio. La reflexión final es que, cuando se acaba un programa de opinión y análisis, pierde el periodismo de contrapoder y la democracia se debilita. Buen viento y buena mar a las periodistas salientes; el camino no termina aquí y seguro vendrán nuevas oportunidades.
Como la prefieras, en la tonalidad que quieras, esta es #Cartagena, la de los atardeceres más bellos del planeta, la de la "Hora malva" de García Márquez.
Porque 𝗖𝗮𝗿𝘁𝗮𝗴𝗲𝗻𝗮 siempre, siempre será un buen plan ✨️
Alguien que cuente qué pasó en Venezuela después de que Chávez, el 2011, decretó aumento de 30% en el salario mínimo.
Son experimentos históricos reales que podrían enseñar algo.
No lo vencieron. Lo absolvieron.
Por Carolina Restrepo Cañavera
Lo sabíamos. Pero duele igual.
Ningún colombiano debería pasar por lo que Álvaro Uribe Vélez ha vivido por defender a su país. Ninguno. Ni siquiera el más fuerte. Ni siquiera él.
Hoy el tribunal lo absuelve. Pero Colombia aún no. Porque una absolución jurídica no repara los años de ignominia, el linchamiento moral, el escarnio sin límites ni la fractura que intentaron sembrar en el alma nacional. La absolución sana el expediente. No el alma.
El juicio contra Álvaro Uribe no fue solo un proceso penal. Fue el símbolo de una nación que se dejó secuestrar por el odio, por la sed de venganza, por el fanatismo ideológico que convirtió la justicia en arma, la mentira en estrategia y la traición en mérito. Fue el intento de borrar una historia incómoda para algunos: la historia de un hombre que enfrentó a los violentos, que se la jugó por Colombia, que cometió errores, sí, pero que jamás dejó de poner la cara y el pecho.
Intentaron condenarlo no por lo que hizo, sino por lo que representa: autoridad sin complejos, patriotismo sin vergüenza, disciplina sin cálculo. Lo atacaron porque no se arrodilló. Porque no se vendió. Porque no se fue.
Y aun así, aquí está.
Absuelto.
Con la frente en alto.
Con el país en el corazón.
Más grande que antes. Más libre que nunca.
Hoy no es solo un triunfo de Álvaro Uribe. Es un triunfo de la verdad, de la justicia, esa que a veces tarda, pero cuando llega, estremece y de millones de colombianos que resistimos callados, firmes, dignos. Que no nos tragamos el relato del verdugo disfrazado de víctima. Que supimos ver más allá del show mediático y del activismo de toga. Que no cambiamos convicciones por aplausos.
Hoy, Colombia le debe una disculpa. Y no se trata solo de Álvaro Uribe. Se trata del país que somos. De si vamos a permitir que se persiga a quien piensa distinto. De si vamos a premiar al traidor y castigar al leal. De si vamos a seguir jugando a la ruleta rusa institucional, donde cualquiera puede ser el próximo.
La historia ya eligió. Y la absolución no es un punto final. Es el inicio de una reparación simbólica que no puede quedarse en el fallo. Es momento de reconciliar a Colombia con su memoria. De dejar de temerle a las palabras “honor”, “autoridad”, “orden”, “patria”. Es hora de decir, sin complejos: gracias, presidente Uribe.
Gracias por no huir.
Gracias por no vender su alma.
Gracias por demostrar que la verdad no necesita gritar. Solo resistir.
¿Y ahora qué?
Por supuesto, la contraparte irá a casación. Pero lo que muchos no saben, es que en el proceso de casación no hay pruebas nuevas. No es un nuevo juicio. No es una segunda oportunidad para las mentiras. Es un control técnico, jurídico, riguroso, que evalúa si la sentencia respetó las formas y los principios del derecho.
Y cuando el expediente se vacía de pruebas, solo queda el relato.
Y el relato no condena.
Si el terreno es técnico, en eso también gana Álvaro Uribe Vélez.
Porque si algo ha quedado claro es que esta persecución nunca fue jurídica: fue política, fue narrativa, fue ideológica.
Y en derecho, ya no les queda nada.
Hoy, más que nunca, sabemos que Colombia no está perdida.
Porque siguen existiendo hombres que no se doblan.
Y porque sigue habiendo una patria por defender.
@IvanCepedaCast no tiene propuestas, no tiene gestión, no tiene historia de resultados. Ha posado de defensor de DD.HH. mientras blanquea a los peores criminales que ha parido Colombia.
Solo vive del odio, del show y del relato de haber “metido preso” a Uribe. ¿Ese es su mérito presidencial?
El doctor @JMauricioGaona nos deja una reflexión importante:
"Ya nos quitaron la historia, la están reescribiendo, la están editando, la están borrando. Ya nos quitaron la justicia, en gran parte. La secuestraron, la asesinaron, la incendiaron, la dejaron en cenizas y la olvidaron. Y hoy nos están presentando como actos de patriotismo, como actos intrépidos, crímenes de lesa humanidad. Ya nos quitaron el orden(...) No podemos dejar que nos quiten la libertad"
MI GIRO A LA DERECHA
Crecí en un ambiente intelectual donde ser progresista no era una opción: era la única manera aceptable de mirar el mundo. Las cenas familiares, las conversaciones entre amigos, los debates universitarios… todos compartían el mismo aire: la izquierda era bondad, compasión, justicia; la derecha, atraso, intolerancia, egoísmo. Yo, como tantos, lo acepté. Era cómodo: me daba un lugar en la tribu, me convertía en “una buena persona” sin necesidad de demostrar nada más.
Pero lo que descubrí con los años, a través de mi experiencia vital y empresarial, es que aquella comodidad tenía un precio altísimo: vivir cargado de culpas que no me correspondían, de miedos que me robaban la serenidad, de una ansiedad que me alejaba de la vida plena.
El progresismo me imponía una mochila invisible. Dentro de ella había piedras con nombres muy claros.
La primera se llamaba culpa histórica. Por ser blanco, por ser argentino de origen europeo, por vivir en Occidente, debía arrastrar la idea de que mis antepasados eran culpables de todo lo malo: la esclavitud, el colonialismo, la opresión. Poco importaba que yo no hubiera esclavizado a nadie ni colonizado nada. Era suficiente con ser parte de la civilización que más había avanzado en la historia humana: eso me hacía sospechoso.
Lo que nunca se mencionaba era que la esclavitud existía mucho antes de Occidente, que reinos africanos vendían esclavos a comerciantes musulmanes durante siglos, y que fue Occidente quien abolió esa práctica inmoral. Gran Bretaña prohibió la trata en 1807 y destinó su marina a liberar esclavos en África. Estados Unidos libró una guerra civil que costó más de 600.000 vidas para acabar con esa institución. Ninguna otra civilización hizo un esfuerzo comparable.
La segunda piedra se llamaba culpa climática. Recuerdo cuando me subí por primera vez a una loma en Castilla y vi, en el horizonte infinito, decenas de aerogeneradores recortando el cielo que nuestra empresa Eolia Renovables había construido. Giraban lentamente, blancos y perfectos, como gigantes impersonales. Muchos lo veían como progreso. Yo también. Pero con los años, esa imagen cambió en mi mente: aquellos molinos eran cicatrices. Donde antes había campos de trigo dorado y llanuras limpias, ahora había un parque industrial disfrazado de campiña.
La escena se repitió en Andalucía, donde los olivares se extendían como un mar verde y antiguo. Vi cómo los arrancaban para plantar placas solares. Fila tras fila de paneles azules reemplazando siglos de historia agrícola. Olivos que habían dado sombra a generaciones convertidos en chatarra, sustituidos por una estética metálica y fría. España, un país cuya riqueza también es su belleza, se iba llenando de infraestructuras que afeaban el alma de sus tierras y atentaban contra la primer fuente de ingresos del país, el turismo.
Todo esto lo viví con una convicción profunda de estar salvando al planeta. Me había convencido, como millones, de que el mundo estaba al borde del colapso. Vi el documental de Al Gore, escuché a Greta Thunberg, leí titulares que prometían un planeta devastado en diez años. Sentí miedo. Y ese miedo me llevó a Co fundar Eolia Renovables. En el fondo, buscaba pagar culpas por mis emisiones. Era una especie de indulgencia moderna: contamino, pero planto molinos.
El resultado lo conocemos: apagones, facturas de luz duplicadas, una red eléctrica inestable y ancianos que mueren en olas de calor que siempre existieron porque no pueden pagar el aire acondicionado. El apocalipsis climático nunca llegó, pero el costo humano, económico y cultural de esa utopía verde sí.
Colombianos, nada de que Iván Cepeda @IvanCepedaCast es “defensor de derechos humanos” o "estadista". Ha sido el gran aliado político y mediático de las Farc en Colombia. Su carrera se ha levantado sobre la defensa y blanqueo del terrorismo de ese grupo y los documentos de la #FarcPolítica lo demuestran. Veánlo ustedes mismos:
Recuerdo cuando era CEO de Carulla Vivero que el Presidente @AlvaroUribeVel llamaba una vez al año a preguntar cómo iba la empresa, y si el gobierno podía hacer algo para que invirtiéramos más y creáramos más empleo?
Era un Presidente de 1er mundo en el 3er mundo.
Pero ahora ☹️…
Miguel Uribe, El Golfito, ni venganza ni falsa paz.
Que en este lugar se simbolice una llama eterna, como el amor eterno de Miguel por Colombia.
Que quienes concurramos, no veamos aquí un lugar de venganza, tampoco de falsa paz.
Que aquí nos comprometamos a animar la fe en Colombia, que no puede quedar perdida. A estimular que germine la esperanza, que no puede estar rota.
Que en el paso por este lugar, Miguel inspire la seguridad para que algún día haya paz.
Que en el discurrir por este lugar, el alma quede acerada para contribuir en la construcción de un Estado con seguridad legítima y democrática.
Que, como lo reclamó Miguel, haya seguridad para que en las veredas, en los pueblos y en las ciudades de Colombia se pueda dormir con tranquilidad, sin la pesadilla de esperar el asalto del violento.
La seguridad que proteja la libertad para que se pueda emprender sin la condición de contar con el afecto o de sufrir la amenaza del desafecto del gobernante.
La seguridad que proteja el florecimiento de empresas para que el trabajador tenga la libertad de escoger entre muchas buenas opciones y no sea mercancía de trueque entre el Estado, la corrupción y la politiquería, ni esclavo de un único empleo precario por las pocas oportunidades que permite el neocomunismo.
Seguridad que proteja al joven de la esclavitud de la droga y le permita el acceso infinito al conocimiento, garantía final de su libertad.
Seguridad que proteja la expresión libre del ciudadano sin la censura del Gobierno ni el privilegio de sus favoritos.
Aquí el asesino con droga, dinero y una cadena de autores intelectuales e instigadores, nos privó de Miguel, que con su sacrificio ganó la elección de inspirador por siempre del pueblo libre de Colombia.
Miguel Uribe representó lo mejor de Colombia. Que descanse en paz, que su espíritu guíe a Colombia hacia el futuro y que esta terrible situación despierte un sentimiento de reconciliación y dirección para los colombianos.
Hay un tipo de radicalismo que es más peligroso que los demás.
El radicalismo de la extrema moderación.
Ese que le pide a todos que se moderen.
Que no tengan ideas.
Que no las defiendan.
Ese que quiere una sociedad castrada.