El derecho a la verdad, a conocer y saber de qué estaban hechas las promesas habitacionales del chavismo se postergó durante años hasta este 24 de junio, cuando quedaron a la vista columnas de poliespán y paredes de utilería recubiertas de cemento
https://t.co/MADMdhLJpO
Al hablar de ‘Cada loco con su historia’, se nota que María Dabán @MarDab1 ha disfrutado escribiéndolo. Y ese disfrute no parece una excepción: «Yo estoy a gusto casi siempre. Quitando lo malo, todo bien, como decía mi hermana».
https://t.co/iLnZcCDaHR
Vaya fotón de Reuters en el día del aniversario 250 de la independencia de EEUU, una mujer negra va sola junto a decenas de supremacistas blancos en el transporte público preparados para marchar por Washington.
Está todo el mundo hablando de La Casita de Bad Bunny pero tengo la sensación de que casi nadie sabe su historia y su genealogía, lo cual es un poco perverso porque la historia de La Casita es tan intrincada como una peli de terror psicológico.
La cosa —y la casa— tiene un principio, que está en Long Island en 1947. Allí un tipo llamado William Levitt miró un campo de patatas y vio, en lugar de patatas, el futuro de la clase media estadounidense, que para ��l tenía forma de diecisiete mil casas iguales. Literalmente Iguales.
Levitt había aprendido en la Marina a construir barracones a toda velocidad y aplicó la misma idea al baby-boom de posguerra: dividió la construcción de una casa en veintisiete pasos, puso a un hombre a hacer solo el paso nueve durante el resto de su vida natural, y empezó a escupir viviendas a razón de una cada dieciséis minutos. El que ponía los grifos no sabía clavar un clavo y el que clavaba no había visto un grifo, y entre todos, sin que ninguno entendiera la casa entera, levantaron un suburbio del tamaño de una provincia. Se llamaba Levittown.
Que tú dices pues muy bien, vivienda barata y rápida. Y sí, eso lo era. Y racista también, porque el contrato de esas casas idénticas incluía una cláusula que prohibía venderlas a cualquiera que no fuera de raza blanca. Estaba escrito. Con tipografía. O sea, la utopía de la clase media pero no me pongas negros ni hispanos cerca.
Así que tanto Levittown como todas las urbanizaciones que se construyeron en las afueras, también las que no tenían la cláusula explícita, se llenaron de blancos que huían de las ciudades —esto tiene nombre técnico, White Flight, la fuga blanca, que suena a maniobra militar y en el fondo lo era— dejando los centros urbanos a quienes no podían comprar un chalecito. El resultado fue un paraíso siniestro de céspedes idénticos donde todo el mundo era exactamente igual porque por contrato no podía ser de otro modo.
Unos quince años después, un funcionario de Puerto Rico se fue a Toa Baja, al norte de la isla, y desplegó sobre una mesa los mismos planos. Otro Levittown. La promesa de la clase media estampada en hormigón, y todo dentro de algo llamado Operación Manos a la Obra, donde las manos eran las de los boricuas y la obra de los gringos.
Aquí no había cláusula racial porque sería algo absurdo en un lugar tan mezclado como Puerto Rico y, claro, también porque en la isla la exclusión funcionaba por canales económicos, no por los del color de la piel. O no solo. El caso es que el módulo de Levitt entró y dentro de cada casita idéntica un puertorriqueño se instaló a desear exactamente lo que un señor de Long Island había decidido que un estadounidense debía desear.
Pasan sesenta años. La arquitecta Mayna Magruder Ortiz mira una vivienda real en Humacao, ahora al este de la isla, mira los planos de Levittown, y hace lo que hacen los arquitectos, que es copiar. Según algunas revistas de arquitectura, Mayna Magruder combina la herencia del XIX con la urbanización de posguerra, pero el resultado es una casa que está por todo Puerto Rico. Rosa pastel. Cornisas amarillas. Sillas de plástico monobloc, las que pesan ochocientos gramos y aguantan a un obispo, las que tu tío apila de seis en seis al final de la fiesta, el grado cero de la civilización con clima benévolo. También tiene la misma cubierta plana, salvo que aquí no es tejado sino un sitio para bailar, porque alguien decidió en una reunión que esa cubierta que durante toda la historia de la arquitectura caribeña sirvió para no morir bajo la lluvia, fuese ahora un escenario con aforo.
Pero lo que más conocemos todos es el balcón con marquesina. El balcón de la casa obrera puertorriqueña era el órgano social de la vivienda, el sitio donde se enfriaba la cerveza, se vigilaba al vecino y se conspiraba contra el casero, el único lugar donde la clase trabajadora hacía la cosa verdaderamente subversiva, que es estar junta sin pagar entrada.
En La Casita de Bad Bunny el balcón también tiene aforo. Quince personas. Y las quince son Ester Expósito, Los Javis, Lamine Yamal, una cantante llamada Judeline cuyo nombre se evapora a mitad de pronunciación, influencers cuya influencia también está en proceso constante de evaporación, además de unas cuantas chicas desconocidas, blancas y europeas pero disfrazadas de caribeñas a las que un ojeador —y la palabra es exacta— ha elegido para que puedan competir entre ellas por quién sale más segundos en las pantallas gigantes, cinco, trece, veintiuno. Ah, y Marta Ortega, presidenta de Inditex, que baila dentro de la réplica de una casa de clase trabajadora mientras por los altavoces suena un tema sobre la gentrificación de la isla, sobre la mudanza forzosa, sobre la bandera celeste de los independentistas, y nadie en el estadio detecta el cortocircuito porque no hay cortocircuito, el aparato fue diseñado para que la crítica del aparato circule por sus propias cañerías sin tocar jamás una pared.
Y así, la marquesina donde el bisabuelo no tenía dónde caerse muerto es hoy el lugar más caro del universo al que no puedes comprar entrada, porque no se vende, solo se concede, que es la forma final del lujo, el lujo que ni siquiera te deja la dignidad de pagarlo.
En 1967 —poco después de la Operación Manos a la Obra— Guy Debord dijo que la sociedad contemporánea no era una sociedad basada en la imagen, sino que era una sociedad *que es* imagen. La Casita es esa frase hecha hormigón rosa. La sociedad del espectáculo ha localizado una cosa sin mercantilizar —la nostalgia del barrio, la silla de plástico— y la ha mercantilizado tan a fondo que la ha construido a escala 1:1, la pasea por cuatro continentes y te cobra cien euros por verla de lejos y ni siquiera te das cuenta de qué es eso que ves de lejos.
El espectáculo ha engullido la historia de La Casita, la ha digerido, la ha metabolizado y la ha regurgitado convertida en lo que siempre devuelve el espectáculo después de comer, que es más espectáculo.
📻 Carlos Alsina explica en su monólogo su decisión de dejar de presentar el primer tramo de @MasDeUno: "Estoy gastado"
💬 El presentador ha explicado a los oyentes de Onda Cero los cambios que se van a dar en la emisora para la temporada que viene: https://t.co/EYsQDVT5Im
Los españoles del barco Hondius están deseando llegar a España y nosotros deseando recibirles.
Una vez lleguen, tras evaluar su estado de salud, serán trasladados al Hospital Gómez Ulla para cuidarles y atenderles en las mejores condiciones.
¿Qué tiene de especial? 🧵
Manuel Vicent: “El éxito de un periodista no está en ser leído, sino en ser creído. La credibilidad es su único patrimonio, y su prestigio viene de ponerse al servicio del derecho del ciudadano a estar bien informado” https://t.co/ZtfYXjaqCJ
Atendemos a la petición de la OMS y, de manera coordinada y con garantías, procederemos a acoger la embarcación para asegurar una correcta evaluación de los pasajeros y tripulantes, así como una adecuada repatriación de todos ellos y traslado de los pasajeros españoles.
La @NASA tiene el oído puesto en un rincón del centro de la Península. @philipcbaldwin cuenta para los diarios de @Vocento el papel que jugó el complejo de Robledo la última misión Artemis y los planes de futuro. https://t.co/FkY4TT3Ftw
Valioso y bello testimonio de una doctora en la revista JAMA.
La autora, sana, no fumadora y con una vida estable, es diagnosticada inesperadamente de cáncer de pulmón. Eso rompe prematuramente la percepción de control que tenía sobre su vida. La enfermedad introduce de forma concreta la posibilidad de morir y, sobre todo, de no ver crecer a sus hijos. Asimismo, reflexiona sobre cómo la medicina, al fomentar el sacrificio, posterga la vida personal y normaliza así una existencia de agotamiento.
Creo que cuando la enfermedad irrumpe en el cuerpo desenmascara nuestras verdaderas prioridades. El testimonio de esta doctora pone de manifiesto, con una claridad poco común, que la medicina puede dar sentido, pero no puede sustituir la presencia. Cuando la finitud se hace presente -y deja de ser abstracta-, lo que más importa ya no se aplaza. El tiempo, al revelarse finito, hace que la vida deje de ser prorrogable. Entonces se ha comprendido que el trabajo, cualquier trabajo, por vocacional que sea, no es el hogar
La vitalidad de Silvia Abril es contagiosa: aunque llega cansada a la entrevista, se ríe, gesticula, se emociona y te habla como si te conociera de toda la vida: «El humor nos salva. A mí me salva»
https://t.co/lxpSwuSPCC vía @laverdad_es