Recaudador de poemas de Su Majestad y Barón de los cielos color lavanda. Diseñador, cantante, actor, lector, amante de las artes y los artistas. Odio el queso.
🌹🕊️ Miles de pétalos de rosa caen desde el óculo del Panteón de Roma para representar el descenso del Espíritu Santo en Pentecostés.
Una tradición emocionante que los bomberos hacen realidad cada año. ¡Sencillamente inolvidable! 🇮🇹✨
El Mundial de 1986 se jugó entre el 31 de mayo y el 29 de junio. De acuerdo con el calendario escolar 1985-1986, las clases terminaron el 30 de junio.
Claro, el secretario de Educación se llamaba Miguel González Avelar, no Mario Delgado.
Este hombre se llama Mohamed Bzeek, vive en California y esa niña que tiene en brazos murió pocos días después de que le hicieran la foto, también en sus brazos. No era su hija. Era uno de los diez niños que han muerto bajo su cuidado. Porque Bzeek es padre de acogida y solo acoge a niños en estado terminal, para que no mueran solos.
Nació en Trípoli en 1954, antes de irse de Libia corría maratones. En 1978 entró en Estados Unidos con un visado de estudiante y allí se quedó. Vive en Azusa, una de esas localidades del extrarradio de Los Ángeles por donde circulan camiones y donde las casas tienen una pinta genérica, agrupadas sin llamar la atención.
En 1989 conoció a Dawn Rowe, que ya era madre de acogida desde principios de los ochenta, se casaron y empezaron a acoger juntos. En 1995 tomaron la decisión de dedicarse exclusivamente a niños con enfermedades terminales, los que nadie quería.
Me pregunto cómo fue ese momento exacto en que dos personas se sientan en una cocina y deciden que van a abrir su casa a los niños que se mueren, y en cómo esa decisión se toma, sin actas, sin nada que la registre, y sin embargo organiza el resto de una vida.
La primera niña que murió en su casa tenía un año, espina bífida, parte de la columna le crecía fuera de la piel. Murió el 4 de julio de 1991, mientras Mohamed se duchaba y Dawn preparaba la cena, él recuerda haber salido del baño y haber encontrado médicos en su salón. Lloró tres días.
Desde entonces ha acogido a unos ochenta niños, diez han muerto en sus brazos. El condado de Los Ángeles, cuatro millones de habitantes, lo llama cuando no hay nadie más. Lo llaman el padre de último recurso.
Muchos llegan sin nombre, nacen en hospitales y los abandonan, las familias no los nombran y en el papel pone "Baby boy", "Baby girl". Mohamed los nombra, les pone un nombre antes de que mueran.
Un nombre es gratis, cuatro sílabas, pero ese gesto, cuando se pone el nombre, decide si un niño que vivirá tres semanas existirá como persona o como registro administrativo.
Su hijo biológico, Adam, nació con osteogénesis imperfecta y enanismo, se ha roto casi todos los huesos del cuerpo. Dawn murió en 2015 de una enfermedad pulmonar y desde entonces Mohamed sigue solo, solo puede ocuparse de un niño a la vez. Cuando un periodista del Los Angeles Times entró en su casa en 2017 cuidaba de una niña de seis años con microcefalia, ciega, sorda, pies zambos, caderas dislocadas, no movía brazos ni piernas, tenía convulsiones. La había recibido con siete semanas de vida y le habían dicho que viviría unos meses. La sostenía durante las convulsiones y le hablaba aunque no oyera.
Sé que no puede oír, sé que no puede ver, pero le hablo, tiene sentimientos, es un ser humano.
En 2016, a Bzeek le diagnosticaron cáncer de colon, le pidió tiempo al médico, no puedo operarme todavía, tengo a un niño en casa que es terminal y tengo a mi hijo, que es discapacitado, no hay nadie más para ellos. En el hospital, ingresado, solo, dijo que por primera vez entendió lo que sentían los niños que cuidaba. Si yo a esta edad estoy asustado, cómo estarán ellos. Se operó y siguió.
Bzeek es musulmán practicante. Su historia se hizo internacional en febrero de 2017, justo cuando Trump firmó la orden ejecutiva que vetaba la entrada en Estados Unidos a ciudadanos de siete países de mayoría musulmana, Libia era uno de ellos. Ese mismo mes, en Azusa, el único padre de acogida de toda la ciudad de Los Ángeles dispuesto a llevarse a casa a los niños terminales era un libio musulmán.
Aunque mi corazón se rompa, dijo una vez, la muerte es parte de la vida, estoy con ellos hasta el final, los conforto, los quiero, quiero que sientan que tienen una familia, que tienen a alguien. Que no están solos.
El fenómeno este de las trad-wives extreme edition es una de las cosas más interesantes de la sociedad del espectáculo contemporánea porque son cinco serpientes enroscadas, mordiéndose la cola una detrás de otra, simultáneamente, en bucle infinito de ouróboros semióticos.
En la capa más superficial tenemos la apelación a los supuestos valores tradicionales, los de cuando la mujer se quedaba en casa haciendo las cosas de la casa y el marido proveía, un pasado mítico que probablemente nunca existió tal cual pero que funciona estupendamente en vertical a 1080 pixeles.
En la segunda capa estamos ante una manifestación performática evidente, y lo digo porque la inmensa mayoría de estas creadoras de contenido cocinan. Cocinan mucho. Cocinan siempre. Rara vez —casi nunca, diría yo— se graban pasando la aspiradora, fregando el váter, quitando el polvo de los zócalos, limpiando los cristales con vinagre y papel de periódico al modo de la abuela. Eso corresponde a otro tipo de influencers, otro algoritmo, otro público que no es el público de las trad-wives.
En la tercera capa aparece la negación de la riqueza, y aquí la performance se vuelve magníficamente absurda, porque la chica lo hace todo DESDE CERO, y el cero aquí es un cero cósmico, un cero prelapsario. Bate la mantequilla desde cero. Hace el chocolate abriendo el fruto del cacao, fermentando, tostando, moliendo el grano. Muele la harina en un molino de piedra. Todo a mano, sin intervención de máquinas, sin electricidad, sin siglo XX. Y digo que es una negación de la riqueza porque desde siempre, históricamente, transhistóricamente, las personas con dinero —y especialmente las mujeres con dinero— se distinguían precisamente por lo contrario, por no hacer absolutamente nada, por tener manos blancas y ociosas al haber delegado los trabajos domésticos en la servidumbre. La aristócrata no molía, la aristócrata leía novelas francesas.
En la cuarta capa descubrimos que la performance, por su propia naturaleza ontológica, es falsa. Porque puede que sí, que haya hecho todo eso ella sin máquinas, de acuerdo, concedido, pero hay una máquina, la máquina fundamental, la que no se ve y sin embargo lo articula todo, omnipresente: la cámara grabando. Y detrás de la cámara el trípode, el micro de corbata, el aro de luz, el programa de edición de vídeo, el portátil, el router, el servidor, el centro de datos en Oregón refrigerado por tuberías de agua del Columbia.
Y la quinta capa, que es la mejor, es la que niega la primera y la segunda y la tercera en un solo movimiento. Porque estos vídeos terminan acumulando millones de visualizaciones y terminan generando dinero, a veces mucho dinero, a veces cantidades indecentes de dinero, lo cual significa que esta mujer no es un ama de casa, es la proveedora, es ella quien trae el pan —a veces literalmente el pan, moliéndolo—, y a menudo tiene un equipo detrás, y ese equipo suele incluir gente de marketing, agencias de publicidad, asesores fiscales, alguien que le lleva las redes que puede, o no, ser su cuñado, y sí, también personas que limpian la cocina-plató después de cada receta.
Hay imágenes que no necesitan explicación, porque hablan directo al alma: un Papa que ora, que llora… y que planta un olivo.
Pensar en el Papa León XIV, ante la tumba de San Agustín de Hipona es contemplar a un pastor que vuelve a la raíz. No hay poder ahí, ni protocolo, ni aplausos. Solo un hombre frente a su mentor espiritual; el Papa es agustiniano.
Su llanto no es debilidad; es verdad. Es el lenguaje de quien carga el peso del mundo, de quien intercede por una humanidad herida, de quien sabe que la paz no se decreta… se implora. Y ahí, en ese silencio húmedo de lágrimas, hay algo profundamente agustiniano: la conciencia de la propia fragilidad unida a una confianza radical en la gracia.
Y luego, el gesto: sembrar un olivo.
No cualquier árbol, sino el signo bíblico de la paz, de la reconciliación, de la vida que insiste incluso después del diluvio. No es un acto fúnebre, sino una proclamación: la esperanza se siembra.
Ese olivo dice que su pontificado no quiere ser recordado por la fuerza, sino por la paz. Que su legado no será un monumento, sino una raíz. Que incluso desde la tierra seguirá brotando un llamado a la unidad, a esa paz que la Iglesia pide en cada Eucaristía: “concédele la paz y la unidad”.
En ese gesto se cruzan dos mundos:
la interioridad de San Agustín de Hipona y la misión universal del Papa.
Lágrimas que riegan la tierra.
Oración que siembra futuro.
Dios bendiga a León XIV.
Video @ewtnvatican
What happens when you put Meryl Streep and Anna Wintour—the two Mirandas, as it were—in a room together? A wide-ranging conversation about fashion, family, friendship, and yes, the forthcoming sequel to “The Devil Wears Prada.”
“In terms of Miranda, and coming back to that character 20 years later, I did think honestly about Anna, and tried to imagine what it was like to carry her responsibility and to be as interested in the world and curious as she must have to be,” Streep tells Greta Gerwig in Vogue’s May 2026 cover story. And what did Wintour do when she heard the rumours that “The Devil Wears Prada 2” was happening? She called Streep, of course. “I knew she would tell me if it was going to be all right,” Wintour says. “I trusted her implicitly.”
Read the full story at the link below: https://t.co/quxBRjBt6t
¿Sabías que el Palacio de Bellas Artes en #CDMX 🇲🇽 guarda una historia de amor… pero de humano a perro? 🐾
Cuando Adamo Boari llegó a México, no venía solo. Lo acompañaba Aida, su perrita setter, su sombra en cada obra, su cómplice entre planos y polvo.
Dicen que un día Aida murió… y algo en él también se rompió.
Entonces tomó una decisión: inmortalizarla.
Pidió que su rostro quedara esculpido en la fachada del palacio que estaba construyendo, para que siguiera ahí, vigilando, acompañando… como siempre lo había hecho.
Hoy, entre mármol y arte, pocos lo notan.
Pero ese “perrito” no es un adorno.
Es un recuerdo. 🐕✨
El creador Eddie Graf quiso mostrar lo que vive él cuando escucha música. Algo que se llama sinestesia y que permite "ver" la música. Es tremendamente bello.
Destruir el patrimonio de Santa María la Ribera es borrar memoria, identidad y vida cotidiana. El patrimonio no es pasado: es presente habitado y futuro en disputa. Sigue las actividades del CUPA en: https://t.co/Q4fLGW4v6J