Mi corazón sigue en General
Durante muchos años fui socio de Maratón Inferior, aunque para nosotros aquello siempre fue General.
No había butacas ni asientos numerados. Había cemento, vallas antiavalancha y un sitio que, sin estar escrito en ninguna entrada, acababa siendo el tuyo.
Yo era un crío cuando empecé a ir. Entonces se facilitaban carnés para que los chavales pudiésemos entrar en Riazor y hacer deportivismo. Te regalaban una entrada al fútbol y, sin saberlo, podían estar fabricando un deportivista para toda la vida.
Allí estuve en Segunda y en Primera. Vi ganar al Dépor y lo vi perder. Llegábamos mucho antes para coger sitio, comer unas pipas y encontrarnos con la gente de siempre. No había localidades numeradas, pero existía respeto. Coincidías cada domingo con las mismas caras hasta que algunas acababan convirtiéndose en amigos de grada.
Durante todos aquellos años nunca viví en General un altercado violento de gravedad. Vi bengalas cuando todavía podían entrar, discusiones, tensión y días calientes, como en cualquier campo de fútbol, pero nunca sentí miedo de la gente que tenía a mi lado.
Cuando empezaba el partido nos levantábamos.
Todos de pie.
Y allí nos quedábamos.
Cuando aquella grada todavía no estaba cubierta nos comíamos la lluvia, el viento y las tormentas de A Coruña. Volvíamos a casa empapados, pero seguíamos cantando, gritando y empujando al equipo. No jugábamos al fútbol, pero queríamos formar parte del terreno de juego.
General era precisamente eso: nuestra manera de decirle al Deportivo «yo también estoy aquí».
Mi último partido allí fue la semifinal contra el Oporto. Mi vista ya empezaba a decirme que aquella etapa terminaba. Tuve que dejar mi lugar en esa grada.
Pero nunca conseguí marcharme del todo.
Todavía me encuentro con gente de aquellos años por Manuel Murguía, la avenida de La Habana o el paseo marítimo. Nos saludamos porque compartimos algo que sigue intacto: somos hermanos de grada. Estuvimos juntos cuando ganamos, cuando perdimos y cuando soñamos.
Por eso me produce una pena enorme lo que se está viviendo ahora.
Entiendo las normas. Entiendo la seguridad. Y quien cometa una barbaridad debe asumir las consecuencias.
Lo que no entiendo es que una grada termine sintiéndose sospechosa.
Que alguien que lleva media vida animando pueda pensar que un gesto, un dedo o una interpretación pueden hacerle perder su sitio.
Porque entonces primero pierdes espontaneidad. Después energía. Y finalmente puedes perder hasta las ganas de animar.
Hay una diferencia enorme entre perseguir la violencia y perseguir la pasión. Entre castigar al que agrede y hacer sentir vigilado al que anima. Entre proteger un estadio y domesticarlo.
Quiero un Riazor seguro.
Pero también quiero un Riazor vivo.
Quiero que un chaval pueda entrar hoy y vivir lo que viví yo: encontrar su sitio, conocer a quienes tiene alrededor y, treinta años después, seguir saludándolos por la calle.
Porque los jugadores cambian. Los entrenadores cambian. Las directivas cambian. Las categorías cambian.
La gente permanece.
La que estuvo cuando no había butacas. La que se sentó sobre el cemento. La que se agarró a aquellas vallas. La que se empapó bajo la lluvia. La que estuvo en Segunda y en Primera.
Esa gente no es un problema que tenga que gestionar el Deportivo.
Esa gente es el Deportivo.
Yo dejé General aquella noche contra el Oporto.
Mi cuerpo se marchó.
Mi corazón y mi alma todavía siguen allí.
Y solo espero que quienes hoy ocupan aquel lugar puedan decir exactamente lo mismo dentro de treinta años.
Jesús Suárez
Mi corazón sigue en General
Durante muchos años fui socio de Maratón Inferior, aunque para nosotros aquello siempre fue General.
No había butacas ni asientos numerados. Había cemento, vallas antiavalancha y un sitio que, sin estar escrito en ninguna entrada, acababa siendo el tuyo.
Yo era un crío cuando empecé a ir. Entonces se facilitaban carnés para que los chavales pudiésemos entrar en Riazor y hacer deportivismo. Te regalaban una entrada al fútbol y, sin saberlo, podían estar fabricando un deportivista para toda la vida.
Allí estuve en Segunda y en Primera. Vi ganar al Dépor y lo vi perder. Llegábamos mucho antes para coger sitio, comer unas pipas y encontrarnos con la gente de siempre. No había localidades numeradas, pero existía respeto. Coincidías cada domingo con las mismas caras hasta que algunas acababan convirtiéndose en amigos de grada.
Durante todos aquellos años nunca viví en General un altercado violento de gravedad. Vi bengalas cuando todavía podían entrar, discusiones, tensión y días calientes, como en cualquier campo de fútbol, pero nunca sentí miedo de la gente que tenía a mi lado.
Cuando empezaba el partido nos levantábamos.
Todos de pie.
Y allí nos quedábamos.
Cuando aquella grada todavía no estaba cubierta nos comíamos la lluvia, el viento y las tormentas de A Coruña. Volvíamos a casa empapados, pero seguíamos cantando, gritando y empujando al equipo. No jugábamos al fútbol, pero queríamos formar parte del terreno de juego.
General era precisamente eso: nuestra manera de decirle al Deportivo «yo también estoy aquí».
Mi último partido allí fue la semifinal contra el Oporto. Mi vista ya empezaba a decirme que aquella etapa terminaba. Tuve que dejar mi lugar en esa grada.
Pero nunca conseguí marcharme del todo.
Todavía me encuentro con gente de aquellos años por Manuel Murguía, la avenida de La Habana o el paseo marítimo. Nos saludamos porque compartimos algo que sigue intacto: somos hermanos de grada. Estuvimos juntos cuando ganamos, cuando perdimos y cuando soñamos.
Por eso me produce una pena enorme lo que se está viviendo ahora.
Entiendo las normas. Entiendo la seguridad. Y quien cometa una barbaridad debe asumir las consecuencias.
Lo que no entiendo es que una grada termine sintiéndose sospechosa.
Que alguien que lleva media vida animando pueda pensar que un gesto, un dedo o una interpretación pueden hacerle perder su sitio.
Porque entonces primero pierdes espontaneidad. Después energía. Y finalmente puedes perder hasta las ganas de animar.
Hay una diferencia enorme entre perseguir la violencia y perseguir la pasión. Entre castigar al que agrede y hacer sentir vigilado al que anima. Entre proteger un estadio y domesticarlo.
Quiero un Riazor seguro.
Pero también quiero un Riazor vivo.
Quiero que un chaval pueda entrar hoy y vivir lo que viví yo: encontrar su sitio, conocer a quienes tiene alrededor y, treinta años después, seguir saludándolos por la calle.
Porque los jugadores cambian. Los entrenadores cambian. Las directivas cambian. Las categorías cambian.
La gente permanece.
La que estuvo cuando no había butacas. La que se sentó sobre el cemento. La que se agarró a aquellas vallas. La que se empapó bajo la lluvia. La que estuvo en Segunda y en Primera.
Esa gente no es un problema que tenga que gestionar el Deportivo.
Esa gente es el Deportivo.
Yo dejé General aquella noche contra el Oporto.
Mi cuerpo se marchó.
Mi corazón y mi alma todavía siguen allí.
Y solo espero que quienes hoy ocupan aquel lugar puedan decir exactamente lo mismo dentro de treinta años.
Jesús Suárez
NO ESTUVIMOS A LA ALTURA.
Derrota que confirma el descenso a Tercera RFEF.
No supimos responder cuando más lo exigía la temporada.Asumimos la responsabilidad.
Gracias a quienes están siempre.
Toca hacer autocrítica, reconstruirse y volver más fuertes.
🚨SORTEO CAMISETA DJLAMINHA🚨
🔥Sorteo de una 👕 completamente NUEVA para uno de vosotros.
Para participar simplemente:
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🍀El ganador se anunciará el 13 de Febrero.
¡Suerte a todos!
Durante dez anos, defendeu a nosa camiseta sobre o campo. A pesar de abandonar o noso club, non deixou de ser deportivista. Hoxe anunciou a súa retirada, mais sabemos que seguirá sendo un branquiazul máis.
Laure, un dos nosos.
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