En los últimos meses, he comenzado a notar en Panamá señales inquietantes que me recuerdan lo que ocurrió en Venezuela antes de que la izquierda radical tomara el poder. Quiero ser claro: si seguimos ignorando lo que está frente a nuestros ojos, podríamos estar caminando por la misma ruta.
Descontento social creciente: El pueblo panameño está cansado. Cansado de la corrupción, del clientelismo, de los privilegios de unos pocos mientras la mayoría lucha por sobrevivir. Esa frustración es el terreno fértil donde los discursos populistas germinan y se fortalecen.
Errores de la clase política tradicional: Los partidos que han gobernado por décadas parecen no haber aprendido nada. Siguen repartiéndose el Estado como un botín, sin ofrecer soluciones reales. Esa desconexión con la ciudadanía está provocando una pérdida total de credibilidad en el sistema.
Represión como respuesta a las protestas: En lugar de diálogo, vemos garrote. En lugar de abrir canales de participación ciudadana, se responde con fuerza bruta. La criminalización de la protesta pacífica es peligrosa y sólo empuja a más personas hacia posturas extremas.
Falta de alternativas democráticas reales: No hay liderazgos frescos y con visión que representen una opción viable. El vacío que dejan los partidos tradicionales está siendo ocupado por movimientos que se presentan como “salvadores del pueblo”, pero que esconden agendas autoritarias.
Colapso del Estado de derecho y justicia selectiva: Hoy en Panamá, la ley no se aplica igual para todos. Los poderosos gozan de impunidad, mientras al ciudadano común se le aplica todo el peso del sistema. Sin justicia imparcial, no hay democracia que sobreviva.
Esto no es alarmismo. Es una advertencia. Ya lo vimos en Venezuela, Nicaragua, Bolivia. Las condiciones se repiten con una precisión inquietante. Si no despertamos, si no exigimos cambios reales, si no defendemos la democracia con firmeza, la historia nos pasará por encima.