LA PURA VERDAD
El juez miró al hombre que había disparado contra el presidente egipcio Anwar Sadat y le preguntó con calma:
— ¿Por qué lo mataste?
— Porque era seglar —respondió el asesino.
El juez frunció el ceño.
— ¿Qué significa “seglar”?
El hombre dudó un segundo.
— No lo sé.
En otro juicio, el acusado había intentado asesinar al escritor Naguib Mahfouz.
— ¿Por qué lo apuñalaste? —preguntó el juez.
— Porque escribió una novela contra la religión.
— ¿La leíste?
— No.
En una tercera sala, otro hombre enfrentaba cargos por asesinar al intelectual Farag Fouda.
— ¿Por qué lo mataste?
— Porque no tenía fe.
— ¿Cómo lo sabes?
— Está en sus libros.
— ¿En cuál?
Silencio.
— No lo sé. No los he leído.
— ¿Por qué no los leíste?
El hombre bajó la cabeza.
— No sé leer ni escribir.
En los tres casos, el patrón era el mismo.
Se mataba por ideas que no se entendían.
Se condenaba por palabras que no se habían leído.
Se odiaba por conceptos que no se sabían definir.
No era convicción.
Era repetición.
No era fe.
Era eco.
No era certeza.
Era obediencia ciega.
La violencia no nació del pensamiento. Nació de la ausencia de él.
El odio no se propaga a través del conocimiento.
Se propaga donde el conocimiento no llega.
Y cada vez que una sociedad renuncia a educar, no crea ignorantes.
Crea armas humanas que no saben por qué disparan, pero están dispuestas a hacerlo.
Ese es el precio invisible de la ignorancia.
Y siempre lo paga alguien que no hizo nada para merecerlo
CHILE Y ARGENTINA
Dos hemisferios de la misma columna andina.
A propósito de las voces que celebran el acercamiento del presidente electo con el mandatario argentino, creo que amerita una mirada objetiva y menos ideológica.
Chile y Argentina se miran desde ambos lados de la cordillera como dos espejos que ya no devuelven la misma imagen. Comparten montañas, himnos de infancia y una historia entrelazada, pero hoy narran relatos distintos sobre el tiempo, la disciplina y el precio de las decisiones. No es una disputa sentimental ni futbolera: es una crónica estadística del devenir, donde los números —cuando se ordenan— cuentan una historia más elocuente que cualquier consigna.
Chile, con apenas 19 millones de habitantes, ha construido una arquitectura silenciosa de estabilidad. No exenta de grietas ni tensiones, pero persistente. Argentina, con 47 millones de almas, carga el peso de su propia grandeza inconclusa, oscilando entre promesas refundacionales y ajustes traumáticos. El contraste no nace de un año ni de un gobierno: es el sedimento de décadas.
La inflación, esa cifra cruel, lo resume todo. Chile cerró 2024 con 4,5% y avanza hacia 3,5%. Argentina llegó a 117,8% y, aun celebrando su descenso al 31% en 2025, sigue viviendo en un régimen de excepcionalidad monetaria. En veinte años, el peso chileno perdió 58%; el argentino, más de 43.000%. No es sólo una cifra: es la diferencia entre confiar en la moneda o huir de ella como de un incendio.
Ese abismo se traduce en vida concreta. El salario mínimo chileno permite comprar más del doble de leche que el argentino. La pobreza en Chile ronda el 6%; en Argentina llegó a más de la mitad de la población y, aun reducida, deja a casi un tercio del país en precariedad. El dato más brutal no está en el promedio, sino en la infancia: 46% de los niños argentinos viven en pobreza, frente a 10% en Chile. Allí se escribe el futuro con tinta indeleble.
Las instituciones explican lo que la retórica suele ocultar. Chile figura entre las democracias más sólidas de la región, con bajo nivel de corrupción, alto estado de derecho y grado de inversión. Argentina, con una democracia fatigada, convive con una de las primas de riesgo más altas del mundo, calificaciones crediticias cercanas al default y un sistema financiero tensionado. Donde Chile accede a crédito, Argentina negocia indulgencia.
En educación, el contraste vuelve a aparecer con precisión quirúrgica. Chile lidera América Latina en las pruebas PISA en lectura, ciencias y matemáticas. Tiene más universidades en rankings regionales, más investigación indexada, más capital humano alineado con una economía moderna. Argentina conserva prestigio académico histórico, pero siete de cada diez alumnos no alcanzan niveles mínimos en matemáticas. La excelencia aislada no compensa el deterioro general.
La modernidad también se mide en lo cotidiano: Chile tiene internet de las velocidades más altas del mundo, transporte público líder en la región, miles de buses eléctricos, datacenters de Google, Amazon, Microsoft y Oracle, y una matriz energética donde el sol y el viento ya son protagonistas. Argentina avanza, pero rezagada, con pérdidas eléctricas altas, menor digitalización y una transición energética aún incipiente.
Incluso en lo simbólico, los datos hablan: pasaporte chileno entre los más poderosos del planeta; agua potable segura desde la llave; hospitales en rankings globales; liderazgo regional en innovación, sostenibilidad y calidad institucional. Argentina, en cambio, sigue atrapada entre su potencial y su incapacidad para convertirlo en política de Estado.
Nada de esto es un veredicto final. Chile no ha llegado al puerto, y Argentina no está condenada al naufragio. Pero hoy la asimetría es clara: uno eligió la lenta prosa de la estabilidad; el otro, la poesía grandilocuente de la excepción. Y la historia económica, siempre implacable, suele premiar menos a quienes declaman más fuerte que a quienes perseveran mejor.
@MisColumnas
🔴 Debate Anatel | Jara: "Trata de mentir menos y tranquilízate un poco. Si tú quieres meternos en un conflicto internacional, provocará otra ola migratoria".
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@JuanCaMunozA un ministro de transportes que viaja en transporte público, mi admiración por usted y su equipo don JC!!! gran trabajo, felicitaciones!!!
TAIWÁN 🇹🇼 Así registraba la televisión taiwanesa la activación de la alerta temprana de terremotos previa al sismo 7.4 Mw ocurrido a las 20:58 hora chilena.
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