Mi chica revolucionaria
ya no quiere romperlo todo.
Hay cosas que quiere conservar.
Una puesta de sol.
La llamada de sus hijas.
Una planta que lleva años sobreviviendo
contra cualquier pronóstico.
Dos o tres amistades
que ya conocen dónde
guarda las heridas.
Su lado de la cama.
La posibilidad de despertarse un martes
y que no esté ocurriendo
absolutamente nada.
Sobre todo eso.
Ha descubierto el lujo
de que no ocurra nada.
Después de tantos incendios
la paz puede parecer aburrida
hasta que aprendes
lo difícil que resulta conseguirla.
Ahora sabe
que no todos los hombres
son hijos de puta,
pero también sabe
que algunos trabajan muchísimo
para parecerlo. Por eso,
ya no intenta cambiarlos.
Esa fue otra revolución.
Ha dejado de enamorarse
del potencial de las personas.
Prefiere los hechos.
La gente que llega.
La gente que llama.
La gente que sabe pedir perdón
sin acompañarlo de un testamento.
La gente que no necesita perderte
para descubrir cuánto te quería.
Mi chica revolucionaria
todavía tiene miedo.
Y no pasa nada.