«Amigos». Leo tiene que morderse la lengua para moderar las primeras palabras que saldrían de su boca sin ningun tipo de filtro; no niega que los vínculos puedan forjarse en un lugar así… ¿Pero con tal rapidez? El escepticismo reina su faz, y se acrecenta a medida que Red va ›
tomaré la palabra… Espero que seas alguien en quién se pueda confiar, Rred. —¿amenaza? Simplemente espera despertar con su cuerpo intacto y sin más heridas de las que ya sufre; párpados caen a la mitad, pudiendo visualizar menos de un cuarto de la complexión adversa.
Un ›
cuerpo se amoldó al frío de las prendas y, por primera vez en su vida, dormir en una silla era semejante a un lujo. En el primer instante en que Viktya alejó sus ojos de él, Leo cruzó los brazos y aguardó… con los ojos cerrados, la ropa húmeda… completamente entregado al sueño.
Es una pena. Arrastra los pies como puede, pero aquello no evita que gran parte de su cuerpo haya sido depositado en su pobre salvadora. Las palabras que preceden su frase inconexa, provocan que la somnolencia y el cansancio, por un corto período desaparezcan. ¿Eso es alguna ›
de unos segundos, con el bosquejo de una sonrisa tranquila en sus labios.
— Me alegra que estés vivo. —aún si no puede hacer memoria ahora de su nombre, lo hará después… Basta con tenerle allí.
Al transcurrir la caminata, lo primero que hace es ignorar sus palabras. Su ›
no lo dejará pasar, no. Afortunadamente, Red le brinda el confort necesario para que su respiración se regularice y su cuerpo comprenda, al menos una parte, de que el peligro ya ha pasado
Procede, lento—: Ah, qué suerte… Si sabes dónde se encuentra… ¿Podrías guiarme?
En ese preciso momento, Red cumple la misma función que el pilar a sus espaldas. No recuerda dónde dejó su mochila, a pesar de que ésta se encuentra a tan solo centímetros de él; el soporte que ejerce el cuerpo del mayor es más importante, después de haberse hallado durante ›
severo. Sus dedos, que se habían afirmado con tanta fuerza a su acompañante, como si fuese el único ancla allí, finalmente le otorgan libertad al oír la mención de otros exploradores y, en efecto, un lugar en dónde reposar.
— He recibido hipocorísticos más lindos que “Lee.” — ›
ajeno. Centró su atención en el camino, ligeramente mareado por la similitud de las paredes.
— Sólo unos raspones y, posiblemente, ampollas en los pies… Lo mínimo después de corrrer por mi vida… —la queja salió débil, a la par de su aproximación hacia su acompañante.
El lapso entre su respuesta y accionar impropio resulta tan malditamente largo, que cuando el ruso por fin sostiene su cuerpo, apenas es capaz de dar un paso completo sin dejarse arrastrar por ella. No es alguien que deposite con facilidad su confianza, pero en estos momentos, ›
tiempo de pensarr con claridad y casi… —sinceró, sin ánimo de excusarse ni continuar; lo súbito de la situación ya le había hecho sentir las suficientes emociones como para fingir en esos momentos.
Negó, un movimiento quedo que no le permitió apartar su faz del cuidado ›