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(Solo para España)
TURISMO RÉCORD, CIUDAD EN RETROCESO.
Dormir una sola noche en Sevilla durante la próxima Semana Santa puede superar los 3.000 euros. No hablamos de un capricho de lujo ni de una excepción aislada, sino del síntoma de una ciudad que ha decidido ponerse en venta. La pregunta ya no es cuánto gana Sevilla con el turismo, sino cuánto está perdiendo como ciudad habitable.
Conviene aclararlo desde el principio, porque siempre surge la misma reacción defensiva: esta crítica no va contra el turismo, sino contra el turismo masivo y sin límites; contra el modelo que convierte la ciudad en mercancía y a sus vecinos en un estorbo. Sevilla no puede seguir sosteniéndose sobre un monocultivo económico que beneficia a unos pocos mientras empobrece la vida cotidiana de la mayoría.
El casco histórico se ha transformado en un escaparate permanente. Cada vez más sevillanos lo evitan porque ya no está pensado para vivir, sino para consumir. Los precios se disparan, los comercios de barrio desaparecen, la hostelería se uniformiza y la vivienda se vuelve inaccesible. El problema no es solo urbanístico: es social. Y se extiende como una mancha de aceite a todos los ámbitos de la vida diaria, desde la alimentación hasta el comercio tradicional.
Mientras tanto, cualquier crítica es tachada de exagerada, como si señalar el problema fuera ir contra la ciudad. Nada más lejos de la realidad. Defender Sevilla es defender a quienes la habitan, no a quienes la explotan durante unos días y se marchan dejando saturación, ruido y expulsión.
El filósofo francés Guy Debord, que conoció Sevilla, describió con precisión este proceso en La sociedad del espectáculo: la vida real es sustituida por su representación. Ya no vivimos los acontecimientos, los observamos. Y eso es exactamente lo que está ocurriendo con nuestras tradiciones. La Semana Santa corre el riesgo de dejar de ser una experiencia compartida para convertirse en un producto diseñado para la mirada turística.
Las imágenes recientes de la Fontana di Trevi en Roma, colapsada hasta lo absurdo, no son símbolo de éxito, sino de fracaso urbano. Y Sevilla avanza peligrosamente por ese mismo camino. La saturación no genera riqueza duradera; genera desgaste, expulsión y pérdida de identidad.
Cuando una ciudad se entrega por completo al espectáculo, pierde el control sobre sí misma. Y cuando una tradición deja de vivirse para ser exhibida, deja de ser cultura y se convierte en negocio. Sevilla aún está a tiempo de decidir qué quiere ser: una ciudad viva o un decorado rentable. Pero el tiempo —como el espacio habitable— se está agotando