Descarga las pesas de la prensa de piernas, el sonido metálico haciendo eco en el solitario gimnasio. Aún con la respiración agitada por la última serie, se dirige al banco donde está tirada su sudadera y su saco de deporte. Se echa sobre los hombros la toalla primero para +
secarse, permitiéndose disfrutar unos minutos más del chute químico combinado con el ambiente nocturno que le eriza la piel. Tendría que volver a ponerse la sudadera antes de que su cuerpo pierda calor, pero no puede evitar querer estirar este momento un poco más, pues es lo +
agarrándose a su brazo solo para luego empujarlo suavemente para irse por un lateral.— Tú... recoge todo esto. Es un desastre.
Y se refiere a lo que ella misma ha tirado en mitad de la rabieta.
—Hmng.
El quejido es la única respuesta que consigue articular cuando Ivan complementa su temor con algo que se siente como una flecha directa al corazón y que le obliga a volver a abrir los ojos para lanzarle una mirada de reproche desde su altura, con la profunda arruga entre
El ostracismo emocional al que se ha visto sometido desde siempre cuando se trata de éstas cosas le impide admitir lo obvio: que sí, que estaba triste, que lo sabe perfectamente. Recuerda demasiado bien el olor de las sábanas de la camilla cuando Varvara dormía y él aprovechaba +
tendría que haber pasado por un puñetero cáncer.
Dicho aquello, da dos palmaditas en el pecho de Ivan, prensa los labios y alza las cejas.
—Estoy agotada, voy a la ducha. —anuncia, y no se espera a que él se aparte para bajarse del escritorio, así que lo usa un poco de apoyo