«La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Entonces, ¿para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar» - Eduardo Galeano
Afirmar que “todo está en ti”, “todo depende de ti” o “sanar es solo tu decisión” es una forma de despolitizar el malestar, porque el sufrimiento no nace únicamente de lo individual ni depende solo de la voluntad. Hay violencias, precariedades, historias y condiciones de vida que también atraviesan el dolor.
Los millennials: Gente de entre 35 y 45 años que aparenta 25 pero se siente de 65, viven a punta de café, magnesio y nostalgia.
Trabajan largas jornadas y están casi constantemente ansiosos.
Sus padres aún les dan órdenes y de vez en cuando, esperan el fin del mundo.
Hay palabras que no deberían poder decirse sin que algo se derrumbe y, sin embargo, se dicen.
Borrar una civilización entera como si fuera una pieza en el tablero. Se dice desde el poder, pero también desde una desmentida brutal de lo humano. Donald Trump nombra la desaparición y no pasa nada. No pasa nada.
Eso también inquieta. La velocidad con la que algo así atraviesa el lenguaje sin hacer estallar nada. Como si no hubiera cuerpos, historia, deseo, duelo, infancia, lengua, memoria… como si todo eso se pudiera borrar.
No hay palabra inocente. El lenguaje no es solo un medio, también es acto. Y cuando se enuncia la aniquilación, algo de eso ya empieza a operar.
Tal vez lo más violento no es solo la amenaza, sino lo rápido que se vuelve posible. Entonces ya no se trata solo de un hombre, ni de un país, ni de una guerra. Se trata de la caída de ciertos límites.
¿Qué pasa cuando el horror no hace ruido?
Escribir es también una forma de no ceder, de poner palabras donde el discurso empuja al borramiento, de sostener una pregunta donde todo quiere cerrarse en una certeza violenta. Porque el lenguaje puede destruir, pero también puede abrir.
Y hoy, más que nunca, se trata de no dejar que el pensamiento sea arrasado junto con todo lo demás.
Hoy será el momento durante la misión Artemis II en que los cuatro astronautas pasarán por detrás de la Luna y durante cerca de media hora perderán toda comunicación con la Tierra, estarán completamente solos, en el punto más remoto al que ha llegado un ser humano en toda la historia, a más de 400.000 kilómetros de casa. Sin señal, sin red, solo la nave y el universo entero alrededor, indiferente y majestuoso.
Hay algo profundamente humano en ese instante, algo que nos conecta con el primer homínido que cruzó una montaña sin saber qué había del otro lado, con los marineros que se adentraron en el Atlántico cuando los mapas decían ‘hic sunt dracones’ (aquí hay dragones).
Cada generación tiene su versión del abismo que hay que cruzar, y la nuestra es el espacio profundo. Cruzarlo es una verdadera hazaña de ingeniería, pero también es un acto de identidad, que nos recuerda que los grandes retos no se evitan, se estudian, se enfrentan, y a veces, se vencen.
Hacer sentir querida y valorada a una persona es lo mejor que puedes hacer por ella. No sabría enumerar cuantos problemas psicológicos provienen de personas que nunca se han sentido valoradas, queridas, ni valiosas.
La autoestima se forja con el amor recibido.
En la neurosis obsesiva, el sujeto se siente observado y puesto a prueba; de ahí el control, la revisión y el intento de anticipar. No es una mirada localizable, sino una que insiste, anudada a la duda, la repetición y el pensar sin fin.
Murió Noelia por eutanasia. No llegó a esa decisión en un vacío, llegó desde una historia marcada por la violencia, por un daño irreparable en el cuerpo, por intentos previos de terminar con su vida y, sobre todo, por un abandono sostenido en lo psíquico, jurídico, relacional y social.
Porque cuando hablamos de decidir, imaginamos a alguien con opciones reales. Pero ¿qué ocurre cuando ese alguien queda fuera de los marcos que deberían alojarlo? ¿Qué tipo de decisión es posible ahí?
Y no se trata de simplificar la eutanasia, porque cuando una vida ha estado atravesada por la violencia y el desamparo, reducir todo a “fue su decisión” borra las condiciones que la produjeron.
El desamparo no es solo la ausencia de otros, es una condición que se juega en el lazo y se vuelve radical cuando no hay lugar para que lo que nos pasa, aquello insoportable, pueda ser dicho, tramitado y sostenido por un otro.
Por ello, lo realmente inquietante no es la decisión, sino todo lo que falló antes para que esa vida quedara empujada hacia ese punto sin sostén, en un derrumbe que no empezó hoy.
La pregunta es qué lugar hubo o no hubo para ella antes de que esa elección se volviera la única salida, el único recurso posible frente a su sufrimiento.
Porque hay algo que incomoda y nos interpela, la evidencia de aquello que no sostuvo, que permitió el borramiento de Noelia antes de su muerte física.
Uno tiene que vivir lo más que pueda mientras uno está vivo. A veces lo que más te apetece es quedarte todo el finde en el sofá descansando, pero cuando te animas a salir casi siempre lo agradeces. Porque la vida se construye con vivencias, y no podemos permitir que el cansancio de la rutina nos robe también lo extraordinario. Ve sin ganas, después le verás sentido.
Quizás por eso nos conmueve tanto. Porque en su pequeño cuerpo vulnerable vemos reflejada la ternura herida de todos los que alguna vez se sintieron rechazados.
Punch nos recuerda que la necesidad de amor no entiende de especies ni de lógica. Que a veces un abrazo aunque sea de tela puede sostener a un ser vivo entero.
Y que, en medio de tanto caos en internet, todavía hay cosas que nos unen: la empatía pura, el deseo instintivo de proteger lo frágil, la lágrima que se escapa sin permiso cuando vemos a un monito abrazando lo único que le queda.
Gracias, pequeño Punch.
Por recordarnos que todos, en el fondo, solo queremos ser sostenidos.