—Una pequeña risilla dejó salir, ante la confirmación de parte de su interlocutora. En el fondo, hasta hubiese deseado que alguien allí tuviera la misma forma de ser infantil que él—.
No es cómo si mi especialidad fuese algo tan agotador, pero quizás si entrenarme. Soy skater.
—Oír a la menor pronunciar aquello había provocado un escalofrío al neozelandés. Había algo, no sabía qué, qué le sabía mal de todo ello—.
Vaya... Supongo que cada uno tiene sus propias motivaciones.
Aunque, dime, ¿por qué tienes tanta fijación en Junko e impresionarla?
¿Y no podemos pensar en que seremos capaces de rehacer todo?
—Quizas pecaba de excesivo positivismo, más aquella era una de sus características. Era idealista, aunque ello lo hiciera parecer iluso—.
¿Y cuál es tu razón, Monaka? Claro, si quieres hablar de ello.
Se acabó el sueño —acotó, fingiendo decepción.
Procedió a continuación a reacomodarse en su sitio—.
De hecho, si. Estuve por aquí en la noche, tras entrenar en mi sector... Y creo que me quedé dormido.
Afortunadamente, nadie me dibujó en el rostro.
¿Mi razón?
—El oceánico quedó perplejo ante tal cuestionamiento. Era uno que él mismo no se había hecho.
Sus excusas pecaban de superficiales—.
¿No alcanza con querer ser libre?
—Ante lo mencionado en primera instancia, Hargreaves sólo fue capaz de encogerse de hombros—.
Es sólo lo que creo. Tiene que haber un final a esto. Si dejara de creer en ello... Me sería difícil animarme a seguir cada día de pie.
Creo que sobrellevo todo un poco mejor por mi forma de ser, a decir verdad.
—Una verdad a medias. Después de todo, el pelirrojo escogía evitar formar vínculos estrechos por esa misma razón: Evitar el seguro dolor que conllevaba la pérdida—.
Algún día esto acabará... Lo sé.
—El saludo ajeno fue suficiente para que detuviera su juego, volteando en dirección a la muchacha—.
¡Oh! Monaka. Llevaba tiempo sin verte.
¿Cómo te encuentras?