Industrial Engineer. Rock n’ Roller & #Industry40 Expert. Co-founder of @bestiapardarecs. I sing & play guitar in @Osopardooficial. Cheese & Wine lover.
Hermano,
Has ganado el mundial. Has hecho historia. 🥹❤️
Pero más allá del trofeo, gracias por esto: has hecho que millones de inmigrantes como nuestros padres se sientan orgullosos de que sus futuros hijos algun dia puedan vivir lo que tu has vivido y de que millones de españoles empaticen con nuestra historia que no es solo la nuestra sino la de todas las personas que dejan todo atrás por un futuro mejor, porque has tocado el cielo con los dedos y has demostrado que con trabajo y esfuerzo todo es posible.
Hoy el mundo te ha conocido mas si cabe y has puesto nuestro apellido en el infinito, por lo siglos de los siglos.
Te admiro. Te amo. Campeón del mundo ✊🏿🏆🥹
Michael Stipe, with Andrew Watt, Red Hot Chili Peppers drummer Chad Smith, Pearl Jam touring instrumentalist Josh Klinghoffer, Jane’s Addiction/AC/DC bassist Chris Chaney & Queens of the Stone Age member Troy Van Leeuwen on @JimmyKimmelLive
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Pedro Sánchez no ha publicado un artículo. Ha lanzado un misil político de alcance global.
Y lo ha hecho donde más duele: en The New York Times, el altar mediático del liberalismo occidental, el mismo que Donald Trump detesta casi tanto como a los inmigrantes.
El título no deja margen para duda: “Soy el presidente del Gobierno de España. Por eso Occidente necesita migrantes”.
Traducido al idioma de Donald Trump y de la ultraderecha internacional: provocación directa, desafío ideológico y herejía económica.
Porque Sánchez no discute los márgenes del debate migratorio. Lo dinamita.
Cuando afirma que “como naciones occidentales debemos elegir entre convertirnos en sociedades cerradas y empobrecidas, o en sociedades abiertas y prósperas”, está señalando con el dedo a todos los gobiernos que han hecho del miedo su programa electoral.
A Trump, a Orbán, a Le Pen, a Meloni y a toda la constelación reaccionaria que ha convertido la inmigración en chivo expiatorio universal.
Desde esa trinchera, el artículo se leerá como lo que es: un ataque frontal a la narrativa identitaria.
Sánchez reconoce que la migración no es sencilla, que plantea “enormes desafíos”. Pero ahí está la clave política: esos problemas —dice— no nacen del migrante, sino de mercados laborales sin regular, servicios públicos mal diseñados y Estados que miran hacia otro lado.
Es decir, del fracaso de las políticas, no de las personas.
Este matiz es letal para la ultraderecha.
Porque desmonta su argumento favorito: que la inmigración “rompe” el sistema.
Sánchez les devuelve la pelota: lo que rompe el sistema es la explotación, la precariedad y la ausencia de reglas.
Visto desde Washington, desde Mar-a-Lago o desde cualquier cuartel general del trumpismo, el artículo es un manifiesto peligroso.
No solo defiende la migración: la redefine como una estrategia de supervivencia nacional. No caridad. No buenismo. Interés puro y duro.
El mensaje final es todavía abre más el debate: Occidente no debe temer perder su identidad por integrar migrantes, sino perder su prosperidad por rechazarlos.
Para Trump y los suyos, que han construido carreras políticas enteras prometiendo muros, expulsiones y cierres, este argumento no es discutible: ya están trabajando y viven en Estados Unidos desde hace años.
Por eso el texto de Sánchez no busca convencer a los ultras. Busca aislarlos. Interpelar a los líderes que aún dudan.
Y dejar claro que el debate migratorio ya no va de banderas ni de fronteras, sino de demografía, economía y poder global.
En ese tablero, el artículo no es una opinión más.
Es una línea divisoria que crea debate.
Y ahí está el verdadero peligro para Trump y la ultraderecha internacional: que, por primera vez en mucho tiempo, ya no controlan el relato. Al menos ahora, hay un plan b coherente encima de la mesa.
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Liderando la izquierda europea y la alternativa global al trumpismo.
España y el Presidente Sánchez son un faro progresista y democrático en un mundo que galopa hacia la distopía.
Hay que cuidar este Gobierno.
El discurso de hoy en Davos de Mark Carney es de los más importantes que se han escuchado allí en años.
El orden internacional basado en normas ya no existe. No estamos en una transición, sino en ruptura. Las grandes potencias han convertido la integración económica en un arma de coerción.
Seguir invocando normas que no se aplican simétricamente es vivir dentro de una mentira. Y la nostalgia no nos protege.
Toca elegir entre acción colectiva o subordinación. Negociar en solitario con un hegemón no es soberanía. Es aceptar reglas que no has escrito y costes que no has decidido.
Riguroso, incómodo y necesario. En Davos no es habitual. Por eso importa.