Hay momentos que un país debería detenerse por completo para aplaudir.
Este es uno de ellos.
Isaac del Toro acaba de hacer algo que parecía imposible para un mexicano: subir al podio del Tour de Francia, la carrera de ciclismo más importante, más exigente y más prestigiosa del planeta.
Para quien no sigue el ciclismo, quizá sea difícil entenderlo. Pero imaginen esto: es como si un mexicano llegara al podio del Mundial, ganara una medalla olímpica en los 100 metros planos o peleara por el campeonato de la Fórmula 1 durante tres semanas. Así de grande. Así de extraordinario.
El Tour de Francia no se gana en 90 minutos. Son más de 3,000 kilómetros, montañas que parecen interminables, caídas, lluvia, calor, dolor y un desgaste físico y mental que lleva al límite a los mejores atletas del mundo.
Y entre toda esa élite mundial, un mexicano terminó entre los tres mejores.
Es uno de los logros más grandes en la historia del deporte mexicano.
Quizá hoy no veamos caravanas, ni plazas llenas, ni gente celebrando en las calles. Pero dentro de algunos años, cuando alguien pregunte cuándo un mexicano conquistó por primera vez el podio del Tour de Francia, todos recordaremos el nombre de Isaac del Toro.
Porque lo que acaba de lograr no ocurre una vez por temporada.
Puede que no vuelva a ocurrir en décadas.
Hoy no solo hizo historia.
Hoy cambió para siempre la historia del deporte mexicano.
Todos los residentes de todos los servicios de Pemex en todo el país, 2 sedes CDMX (hospital central sur y norte), MINATITLAN, VILLAHERMOSA, POZA RICA, CIUDAD MADERO, SALINA CRUZ, les dieron de aguinaldo de $2,500 cuando el año pasado recibieron 16,000, sin razón alguna.