Desde aquella lesión de Tevez ante Independiente en 2003, no recuerdo otra noticia similar con semejante impacto en el hincha. Para Boca es un verdadero golpazo. Aranda es el jugador más desequilibrante del país. Volverá y cumplirá todos sus sueños porque es un crack.
Ayer no hubo fuerza ni para putear. Nos pegaron en el alma otra vez. No hay dolor que duela más que ese. Jamás renegaremos de esta pasión, pero estamos anestesiados. Nos acostumbraron a esto. Es preocupante. Ojalá nos dejen de faltar el respeto. Están ahí por nosotros.
El deportista tiene la imperiosa necesidad de practicar su deporte. Es lo que hace. Es su función social ante nuestros ojos. De la mano con ese rol llamado a cumplir, tiene la implícita (e injusta) obligación de hacerse cargo de nuestras pasiones y jugar de tal forma que nos genere alegría. Si destaca, nos dará felicidad y será idolatrado. Si no, provocará tristeza y rechazo.
Y hasta ahí.
Pretender que un deportista represente nuestra ideología política es demasiado. Me arriesgo a decir que esconde el sueño húmedo de querer parecernos a él (o que él se parezca a nosotros). Al final del día, en esa expectativa desmedida hay puro egoísmo y resentimiento por quien es/piensa diferente.
Maradona se sacó fotos y rió al lado de Chávez y Castro, golpistas, asesinos y dictadores de izquierda. Messi se paró y rió de algunos chistes de Trump, tipo de derecha que, a pesar de ser elegido democráticamente, bombardea e interviene países en nombre de "la libertad".
Nuestros dos máximos ídolos son las dos caras de la misma moneda en ese sentido. Si nos molesta más uno que otro, el conflicto es puramente nuestro. Y hay que hacerse cargo.