Las cuerdas de mi cuello se tensaban hasta doler, cómo la mandíbula se abría buscando aire donde no existía aire. Las burbujas escaparon rápidas frente a mis ojos, traicionando algo que debía haber sonado inmenso y que, sin embargo, se volvió insignificante.
La ternura es la única tregua que el orgullo se permite. Consiste en mirar la vulnerabilidad ajena y, en lugar de clavar el colmillo, poner la mano encima para que el frío de la intemperie no haga tanto ruido al calar los huesos.
Te molesta el caos, pero alimentas el desorden. Hábitos débiles, decisiones impulsivas, pensamientos sin filtro. No necesitas más motivación. Necesitas menos excusas. La paz empieza donde termina tu desorden.