A los cuatro años se quedó huérfano y empezó a trabajar en una plantación de cacao en Ghana. A los dieciséis cruzó el Mediterráneo en patera y llegó solo a Almería. Hoy estudia un ciclo de ingeniería informática y, según sus propias palabras, tiene dos madres.
Se llama Koudus. Susanna Griso lo ha contado así: su abuela le dijo un día que no había dinero para que él y su hermana viajaran juntos a Europa, y que el trayecto para ella era más complicado. Así que fue él quien empezó a moverse, casi de casualidad, buscando simplemente un lugar donde hubiera trabajo. Terminó desembarcando en Almería y de ahí se trasladó a Barcelona.
A los 16 años, una prueba de muñeca determinó que ya era mayor de edad, aunque sus papeles decían lo contrario. Lo expulsaron del centro de tutela de un día para otro y se quedó en la calle sin nada. Fue entonces cuando entró en la vida de Griso, aunque no directamente: su hermana trabajaba en la Fundación Arrels, que ayuda a jóvenes extutelados, y la llamó una noche: "Esta noche no tiene dónde dormir, es muy buen chaval, aprende rápido." La hermana de Griso lo acogió en su propia casa. Griso, desde entonces, le paga los estudios.
Lo que menos se cuenta es cómo se reorganizó el lenguaje familiar alrededor de él. A la hermana de Griso, que es quien lo tiene viviendo en su casa, Koudus la llama "abuela". A Griso la llama "mamá". Ella misma lo ha resumido así: "Realmente tengo cuatro hijos: dos biológicos, una adoptada y uno en acogida." Consiguió terminar sus estudios de formación profesional en informática gracias, dice ella, a "una inteligencia prodigiosa y una capacidad de superación" que la sigue impresionando.
Koudus tiene ahora sus propios planes: quiere adoptar algún día a un niño en Ghana y lograr la reagrupación familiar con su hermana, a quien también le están pagando cursos de peluquería. Griso, por su parte, ha dicho públicamente que la palabra "mena" no le gusta nada: "Me ha permitido acceder a un mundo que es muy difícil."