Mi papá cuenta que en su juventud estaba siempre lleno. Incluso, que algunas noches podías tener la suerte de cruzarte a Charly o a Spinetta comiendo. Pero cuando yo lo conocí, al Pippo de la calle Montevideo de sus tiempos dorados sólo le quedaba el tamaño del salón.
Era una de las tres sedes posibles de los almuerzos con mi viejo. Yo salía del colegio al mediodía y, cuando quería ahorrarme unos mangos, le pegaba un llamado; él contento me esperaba para comer. Además, le resultaba una perfecta excusa para sermonearme una hora con la que fuera entonces su preocupación: que la toma, que los paros, que no entiendo por qué aceptamos que fueras a ese colegio. Yo mucha bola no le daba; le discutía un poco mientras me reía de que todo le resultara tan grave.
La cuestión es que de todos los almuerzos, mis favoritos eran cuando íbamos a Pippo. Sus detalles me fascinaban: su mobiliario de otro tiempo, el mantel de papel en contraste con las servilletas de tela bordadas, sus mozos empilchados y, por supuesto, el plato de la casa. Es cierto, la carta era bastante extensa, pero no había sentido en abrirla; siempre me pareció que pedir otra cosa era faltarle el respeto al mozo.
No soy un gran fanático de la gastronomía. Tengo un paladar básico y la ahora llamada "cultura foodie" me resulta bastante frívola; tener que comer dos veces al día es para mí más bien una carga. Los vermicelli tuco y pesto de Pippo son sin embargo una excepción. No es sólo una cuestión de sabor; definitivamente, son muy ricos, pero la cuestión lo excede. Esos fideos caseros cubiertos de dos perfectas mitades verde y roja son una oda al exceso: la pasta rebalsa y las porciones de salsa son tan abundantes que se necesitan dos panes para limpiar el plato. Quien elaboró la receta está todavía pagando por sus pecados en la sexta terraza del Purgatorio.
Durante la pandemia, el Pippo de Montevideo cerró. No podíamos sorprendernos: los últimos años iba cada vez menos gente; la pandemia sólo le asestó el golpe de gracia. Así fue como empezamos a ir al Pippo de la calle Paraná, a la vuelta. Para nosotros era la "otra" sede de Pippo, a la que nunca íbamos porque no era la "original". Luego nos enteramos que, a pesar de ello, es el único de lo que en algún momento fueron tres locales con el que se quedó la familia original. El salón puede ser distinto, pero los vermicelli son idénticos. Lo único que me molesta es la ausencia de las servilletas de tela bordadas.
El año pasado yo hacía home office, así que aprovechaba una vez por semana para ir a trabajar desde la oficina de mi viejo. A la hora del almuerzo, nos dirigíamos religiosamente al Pippo de la calle Paraná. Los mismos vermicelli tuco y pesto de siempre. Y rematábamos con un flan que cada día nos lo sacaban más grande. Hicimos rápido el duelo por el local de Montevideo, aunque cada tanto resurgía en alguna conversación.
Ayer fuimos con unos amigos a ver una película al centro. Buscando dónde comer después, terminamos en el Pippo de la calle Paraná. Ocho vermicelli tuco y pesto le pedimos al mozo, que ni siquiera se tomó la molestia de anotar la comanda. Al minuto y medio reloj estaban todos los platos en la mesa.
A la salida, mi amigo Feli, que había llevado su cámara, me pidió que lo mirara para una foto, que aquí se adjunta. Cuando nos íbamos, yo me quedé mirando la puerta. Estaba sorprendido. Era la primera vez que veía fila en Pippo.
@SANGREXENEIZE La cola virtual me dio 3min de espera únicamente, cuando tenía que cargar la página, no respondió más... servidor saturado. Se caducó el turno y lo mismo con otro turno que tenía de 10min.
Llamen a los Avengers para rescatarlos. Thor se lleva a Messi. Iron Man a Di María. Spider Man a Scaloni. Hulk al Dibu. Visión a Julian. Y Strange a Mac Allister. El resto no lo valen, que los muerdan y se conviertan en zombies.
@dzapatillas@bookingcom Booking comparte los datos de tarjeta de crédito de usuarios a los hoteles. Esto deriva en fraude cuando esos datos se venden en el mercado negro. Si bien no es responsable directo, el modelo de negocio de Booking es parte del problema.
Vibrante festejo de 28, seguido por 41. Atrás está 33, generador del gol. Y viene llegando 39, baluarte defensivo. Tuvo otra buena entrada 36 y, al margen de la expulsión de 38, Boca llegó a 42 puntos y sueña con 73 estrellas.