Toda esta basura que hoy ven en contra de Argentina es prácticamente la misma basura que se hace contra Israel desde hace años. Miles y miles de personas opinando sobre un país que no conocen, inventando cosas sobre su historia, usando videos falsos o completamente descontextualizados para hacer afirmaciones categóricas, denunciando complots oscuros por todos lados, interpretando cada acción con la peor intención, lanzando acusaciones falopa de racismo, cuentas con millones de seguidores supuestamente dedicadas al "pop" que de un día para el otro pasan a publicar sin parar sobre un tema que nada que ver. A nadie parece importarle la evidencia. Miles de cuentas falsas infladas por bots empujando narrativas absurdas y odio para monetizar, gente a la que le ofrecen plata para decir cualquier cosa, medios de todo el mundo publicando artículos que avalan y amplifican toda esa basura. Sería bueno que esto sirviera para entender lo fácil que es fabricar narrativas falsas a partir de la indignación y el sentimentalismo, manipular la opinión pública y lograr que decenas de miles de personas hablen con absoluta certeza sobre un país que no conocen. Y empezar a ser un poco más escépticos con lo que se lee sobre otros temas que quizás no tocan tan de cerca.
Los Fuera de Serie sí existen
Acabo de leer el libro Fuera de Serie, de Malcolm Gladwell, y os hago a continuación un comentario-crítica. Es ameno y entretenido de leer y me ha gustado bastante en muchas partes, porque Gladwell tiene razón en una cosa importante: el ambiente, la cultura y la suerte cuentan muchísimo en todo lo que nos ocurre en la vida. Nadie puede decir en serio algo como “yo me lo he currado todo solo”.
Gladwell habla, por ejemplo, de cómo el mes en que naces puede darte ventaja en el hockey (los nacidos en enero son más grandes y fuertes que los de diciembre cuando empiezan a jugar), de cómo Bill Gates tuvo suerte de acceder muy pronto a un ordenador en los años 70, o de cómo los Beatles se forjaron tocando ocho horas seguidas todas las noches en Hamburgo. Eso está bien explicado y ayuda a entender que el éxito no cae del cielo por arte de magia sino que aunque tengas talento en una cosa si no trabajas no llegarás muy lejos. La cultura también importa: el énfasis asiático en el estudio o ciertas tradiciones judías de debate y aprendizaje ayudan a explicar por qué hay más éxito en ciertas áreas. Y la suerte es clave e muchas veces. Es fundamental estar en el momento adecuado en el lugar adecuado para tener éxito. Llegar un poco antes o un poco después en lo que sea puede marcar toda la diferencia, de acuerdo con todo eso, con que las oportunidades se acumulan y que todo eso es real.
Pero el libro de Gladwell tiene un problema: ignora casi por completo una parte esencial de lo que somos: la genética. Habla mucho de herencia cultural y de oportunidades externas, pero apenas menciona la herencia biológica, la que viene en el ADN. Y eso, para mí, deja coja la explicación.
Por ejemplo, el famoso tema de las 10.000 horas. Gladwell lo presenta casi como una receta mágica: si practicas lo suficiente de forma deliberada, llegas a ser experto. Pero los estudios más recientes en deportes, ajedrez y música no dicen eso. La práctica deliberada explica solo una parte del pastel, alrededor del 20-30 % de la diferencia entre la gente normal y los que llegan a lo más alto. El resto tiene que ver con otras cosas: inteligencia, personalidad, motivación innata y, sí, factores genéticos. No es que la práctica no importe (claro que importa), pero no es suficiente por sí sola. Hay gente que practica miles de horas y no llega nunca a cierto nivel, y otros que parecen “ver” las cosas más rápido desde el principio.
Lo de los Beatles es un buen ejemplo. Sí, tocaron muchísimo en Hamburgo y eso les dio experiencia. Pero en esa misma época había montones de grupos que hacían lo mismo: ocho horas diarias, todos los días. Pero Beatles sólo hay unos. Y solo los Beatles sacaron ese repertorio increíble, esa química entre Lennon y McCartney, esas canciones que siguen sonando igual de frescas hoy. No todos los que practicaban mucho tenían ese talento compositivo y esa capacidad de crear melodías que tiene un musicazo como McCartney o Lennon. Ahí hay algo más que horas acumuladas. Es el genio o el talento.
También ocurre que la relación entre talento y práctica se organiza en lo que se llama un círculo virtuoso. Scott Alexander lo explica muy bien en esta entrada suya llamada la Parábola de los Talentos
https://t.co/AQUZnAuPfA
Cuando practicas y progresas, porque tienes talento, eso te hace practicar más y ser mejor y al ver que avanzas quieres practicar todavía más. Alexander lo ejemplifica genial con la diferencia entre lo bien que se le da a él escribir y lo bien que se le daba a su hermano el piano. Si te atascas o no disfrutas lo dejas. La práctica no es la consecuencia del talento, también es la causa.
Lo mismo pasa en el atletismo. En los niveles de élite, los atletas ya entrenan al máximo: mismos métodos, mismos entrenadores de alto nivel, misma nutrición, mismos análisis de datos. Y aun así siguen habiendo diferencias enormes en rendimiento. Unos responden mejor al entrenamiento, otros tienen más explosividad, más capacidad de recuperación o mejor eficiencia muscular. Los estudios de heredabilidad muestran que rasgos como la fuerza, la resistencia o la potencia tienen un componente genético alto, muchas veces por encima del 50 %. Cuando igualas el ambiente todo lo posible, las diferencias que quedan son más genéticas. Es como dice la gente: si todos corren con las mismas zapatillas y el mismo plan de entrenamiento, lo que marca la diferencia en la élite suele ser lo que traes de fábrica.
Y luego están los casos que realmente parecen “fuera de serie”. Pensemos en Srinivasa Ramanujan, el matemático indio. Con muy poca formación formal, casi autodidacta y viviendo en condiciones humildes, descubrió teoremas que dejaron flipados a los mejores matemáticos de Cambridge. No fue solo esfuerzo sino que tenía una intuición matemática que parecía de otro planeta. O Paul McCartney, con esa facilidad melódica tan natural. O Lionel Messi, que desde niño ya veía el fútbol de una forma distinta: anticipación, regate, visión de juego que pocos tienen aunque entrenen lo mismo. Estos no son solo gente que tuvo suerte (que la tuvieron y sin ciertas ayudas externas no habrían llegado donde llegaron) o que practicó mucho. Tienen algo excepcional dentro, una combinación de capacidades que la mayoría no tenemos (por cierto que Messi es nacido en junio y Pelé o Maradona en octubre).
Al final del libro, en el epílogo, Gladwell resume su tesis sobre los fuera de serie así:
“…son producto de su historia y su comunidad, de las oportunidades que tuvieron y la herencia recibida. Su éxito no es excepcional ni misterioso. Se cimienta en una red de ventajas y herencias, unas merecidas y otras no, unas ganadas con esfuerzo y otras mero producto de la fortuna; pero todas cruciales para hacerles ser lo que son. El fuera de serie, al final, no es fuera de serie en absoluto.”
La frase de Gladwell es una frase bonita y tranquilizadora, pero incompleta. Gladwell ignora una herencia esencial: los genes. Esa parte biológica que influye en cuánto nos esforzamos (la capacidad de esfuerzo, el autocontrol, tiene una heredabilidad de un 60%), en cómo de bien respondemos al esfuerzo, en cuánto disfrutamos practicando, en cómo de rápido aprendemos y en hasta dónde podemos llegar aunque todo lo demás sea igual.
En definitiva, yo sí creo que los fuera de serie existen y son eso: fueras de serie. Como McCartney con su don para las melodías, Ramanujan con su mente matemática casi mágica, Messi con esa forma única de ver y jugar el fútbol… No todo se explica con oportunidades y horas de práctica. Hay gente que, simplemente, está en otro nivel. Y reconocer eso no quita mérito al esfuerzo ni a las circunstancias. Solo hace que la explicación sea más completa y más cercana a la realidad.
Gladwell nos recuerda que el éxito no es sólo cuestión de “ser especial”. Tiene razón en eso, el talento no es suficiente. Pero sin el talento tampoco podemos explicar nada, tampoco es solo cuestión de suerte y entorno. Es las dos cosas juntas, y los genes forman parte importante de la ecuación. Por eso los verdaderos fuera de serie siguen existiendo, y siguen siendo fascinantes precisamente porque no son tan “normales” como el libro quiere hacernos creer.
¿Por qué se detestan los juguetes sexuales para hombres?:
Jesse Bering comenta aquí que los juguetes sexuales para mujeres (vibradores, succionadores y similares) se han normalizado completamente. Se venden y se perciben como herramientas de empoderamiento, placer autónomo y liberación sexual. Son vistos como algo moderno, positivo y hasta feminista.
En cambio, los juguetes sexuales para hombres (masturbadores tipo Fleshlight, automáticos, mangas, prótesis, etc.) generan mucho más rechazo, burla y asco social.
Jesse Bering se pregunta por qué existe esta diferencia tan grande. Según él, hay un doble rasero cultural muy fuerte: mientras el placer sexual femenino con juguetes se celebra, el placer sexual masculino con juguetes se ve como patético, triste o poco masculino. Un hombre que usa un juguete parece “incapaz de conseguir sexo de verdad”, mientras que una mujer que lo hace parece empoderada.
Esta reacción revela una vergüenza mucho mayor alrededor de la masturbación masculina y una idea tradicional de masculinidad que tolera mal que los hombres necesiten “ayuda” para obtener placer. Parte del rechazo también tiene que ver con homofobia latente y con la incomodidad que genera que un hombre penetre un objeto.
Bering concluye que esto es hipócrita e injusto. Los hombres también tienen derecho a explorar su placer sin vergüenza, y los juguetes sexuales masculinos merecen la misma normalización que los femeninos.
I'm all for diversity. It enriches the parent culture and does wonders for creativity
But multiculturalism involves many cultures, not just one. So a culture that threatens domination over all the others is not one that advances multiculturalism
Multiculturalism demand respect for all cultures
It does not just demand respect for itself
1/9
Con el paso del DSM-IV-TR al DSM-5, ¿aumentó o disminuyó el número de personas que cumplían criterios diagnósticos de autismo?
La respuesta teórica es clara: debía disminuir, no aumentar. Y, sin embargo, en las encuestas que publiqué ocurrió justo lo contrario… 👇
Durante años interpretamos muchas conductas autistas desde categorías morales en lugar de intentar comprender los procesos que había detrás.
Se hablaba de terquedad cuando una persona necesitaba predictibilidad. De falta de interés cuando se retiraba de una situación social que le resultaba difícil de leer. De mala actitud cuando aparecía la dificultad para jerarquizar la información y decidir qué era importante, qué era urgente y qué podía esperar. De inmadurez cuando necesitaba apoyarse en rutinas para entender un mundo que cambiaba demasiado deprisa.
Cuando un niño #autista come muy pocos alimentos, se escucha demasiado eso de “es un capricho”, “ya comerá cuando tenga hambre” o “hay que ponerse firme”. Pero muchas veces no estamos ante mala educación, sino ante una dificultad real relacionada con el neurodesarrollo.
#TEA #CEA
This is my favorite argument.
In Hiroshima, roughly 140k people died due to the nuclear bomb out of 350k. That’s 40% of the city.
In Nagasaki, 80k people died out of 263k. That’s 30% of the city.
In Gaza, 73k people have died (according to GHM) out of 2.3 million. That’s about 3% of the population. A substantial percentage of that are terrorists.
So Israel has dropped an amount of bombs on Gaza that exceeds the power of the nuclear bombs we dropped on Japan and yet the death toll is far lower both proportionally and on a raw numbers basis.
How is that possible if Israel is committing genocide? Maybe it’s because they’re not.
Muchas personas autistas detectan patrones que pasan inadvertidos para los demás.
Cambios mínimos en el entorno. Inconsistencias. Rutinas. Detalles.
Paradójicamente, cuando la situación implica intenciones sociales ambiguas —por ejemplo, interés romántico— la lectura puede volverse mucho más difícil.
No porque falte inteligencia.
Porque las reglas del juego son mucho menos claras.
Version libre, como siempre
« L’islam a 700 ans de moins que le christianisme et vit sa période inquisitoire. Est-ce que l’inquisition chrétienne est défendable ? Non. Eh bien l’islam inquisitoire ne l’est pas non plus. J’ai entendu que moi et mon Persepolis étions aussi islamophobes. Alors que j’ai vécu sous la dictature religieuse. Qu’ils ont exécuté une bonne partie de ma famille. Sans compter ceux qui étaient “juste” torturés. Quelle phobie ? Je n’aime pas l’islam politique comme n’importe quelle personne saine d’esprit. »
Marjane Satrapi, mars 2026
@le_Parisien
This “naturally gifted” narrative is one of the most misleading takes in football.
When someone reaches a level that seems impossible, people suddenly act as if talent alone explains everything. Cristiano Ronaldo did not win five Ballon d’Or awards and score over 950 goals just because he worked hard. If hard work alone was enough, football would be full of players with those numbers.
What separates the truly great is the combination of elite talent and an elite work ethic. Ronaldo is not proof that hard work beats talent. He is proof of what happens when extraordinary talent meets extraordinary dedication.
People need to stop using Lionel Messi as the example of someone who succeeded purely because of natural talent. Messi’s genius is obvious, but talent alone does not sustain excellence for two decades, win multiple Ballon d’Or awards, or keep a player at the very top of the game year after year. That level of consistency demands sacrifice, professionalism, and an obsession with improvement. We've seen talented players waste away and never attain this height because they lack the consistency and hard work to replicate such heights.
Sometimes the simplest explanation is the correct one. Messi is one of the most naturally gifted footballers ever, but he is also one of the hardest working. The idea that he simply relied on talent while others relied on effort is a lazy and inaccurate way of looking at greatness. The greatest players combine both at a level most people cannot comprehend.
"LISTEN TO YOUR BODY" IS TERRIBLE ADVICE FOR ADHD. 🤡 If I listened to my body, I would eat 2kg of sugar, quit my job via text, and sleep for 3 years. My body doesn't want "health." My body wants Dopamine. It is a toddler screaming for candy. If I do what it wants, I will ruin my life by noon. Who else has a body that tries to sabotage them daily?
Está todo el mundo hablando de La Casita de Bad Bunny pero tengo la sensación de que casi nadie sabe su historia y su genealogía, lo cual es un poco perverso porque la historia de La Casita es tan intrincada como una peli de terror psicológico.
La cosa —y la casa— tiene un principio, que está en Long Island en 1947. Allí un tipo llamado William Levitt miró un campo de patatas y vio, en lugar de patatas, el futuro de la clase media estadounidense, que para él tenía forma de diecisiete mil casas iguales. Literalmente Iguales.
Levitt había aprendido en la Marina a construir barracones a toda velocidad y aplicó la misma idea al baby-boom de posguerra: dividió la construcción de una casa en veintisiete pasos, puso a un hombre a hacer solo el paso nueve durante el resto de su vida natural, y empezó a escupir viviendas a razón de una cada dieciséis minutos. El que ponía los grifos no sabía clavar un clavo y el que clavaba no había visto un grifo, y entre todos, sin que ninguno entendiera la casa entera, levantaron un suburbio del tamaño de una provincia. Se llamaba Levittown.
Que tú dices pues muy bien, vivienda barata y rápida. Y sí, eso lo era. Y racista también, porque el contrato de esas casas idénticas incluía una cláusula que prohibía venderlas a cualquiera que no fuera de raza blanca. Estaba escrito. Con tipografía. O sea, la utopía de la clase media pero no me pongas negros ni hispanos cerca.
Así que tanto Levittown como todas las urbanizaciones que se construyeron en las afueras, también las que no tenían la cláusula explícita, se llenaron de blancos que huían de las ciudades —esto tiene nombre técnico, White Flight, la fuga blanca, que suena a maniobra militar y en el fondo lo era— dejando los centros urbanos a quienes no podían comprar un chalecito. El resultado fue un paraíso siniestro de céspedes idénticos donde todo el mundo era exactamente igual porque por contrato no podía ser de otro modo.
Unos quince años después, un funcionario de Puerto Rico se fue a Toa Baja, al norte de la isla, y desplegó sobre una mesa los mismos planos. Otro Levittown. La promesa de la clase media estampada en hormigón, y todo dentro de algo llamado Operación Manos a la Obra, donde las manos eran las de los boricuas y la obra de los gringos.
Aquí no había cláusula racial porque sería algo absurdo en un lugar tan mezclado como Puerto Rico y, claro, también porque en la isla la exclusión funcionaba por canales económicos, no por los del color de la piel. O no solo. El caso es que el módulo de Levitt entró y dentro de cada casita idéntica un puertorriqueño se instaló a desear exactamente lo que un señor de Long Island había decidido que un estadounidense debía desear.
Pasan sesenta años. La arquitecta Mayna Magruder Ortiz mira una vivienda real en Humacao, ahora al este de la isla, mira los planos de Levittown, y hace lo que hacen los arquitectos, que es copiar. Según algunas revistas de arquitectura, Mayna Magruder combina la herencia del XIX con la urbanización de posguerra, pero el resultado es una casa que está por todo Puerto Rico. Rosa pastel. Cornisas amarillas. Sillas de plástico monobloc, las que pesan ochocientos gramos y aguantan a un obispo, las que tu tío apila de seis en seis al final de la fiesta, el grado cero de la civilización con clima benévolo. También tiene la misma cubierta plana, salvo que aquí no es tejado sino un sitio para bailar, porque alguien decidió en una reunión que esa cubierta que durante toda la historia de la arquitectura caribeña sirvió para no morir bajo la lluvia, fuese ahora un escenario con aforo.
Pero lo que más conocemos todos es el balcón con marquesina. El balcón de la casa obrera puertorriqueña era el órgano social de la vivienda, el sitio donde se enfriaba la cerveza, se vigilaba al vecino y se conspiraba contra el casero, el único lugar donde la clase trabajadora hacía la cosa verdaderamente subversiva, que es estar junta sin pagar entrada.
En La Casita de Bad Bunny el balcón también tiene aforo. Quince personas. Y las quince son Ester Expósito, Los Javis, Lamine Yamal, una cantante llamada Judeline cuyo nombre se evapora a mitad de pronunciación, influencers cuya influencia también está en proceso constante de evaporación, además de unas cuantas chicas desconocidas, blancas y europeas pero disfrazadas de caribeñas a las que un ojeador —y la palabra es exacta— ha elegido para que puedan competir entre ellas por quién sale más segundos en las pantallas gigantes, cinco, trece, veintiuno. Ah, y Marta Ortega, presidenta de Inditex, que baila dentro de la réplica de una casa de clase trabajadora mientras por los altavoces suena un tema sobre la gentrificación de la isla, sobre la mudanza forzosa, sobre la bandera celeste de los independentistas, y nadie en el estadio detecta el cortocircuito porque no hay cortocircuito, el aparato fue diseñado para que la crítica del aparato circule por sus propias cañerías sin tocar jamás una pared.
Y así, la marquesina donde el bisabuelo no tenía dónde caerse muerto es hoy el lugar más caro del universo al que no puedes comprar entrada, porque no se vende, solo se concede, que es la forma final del lujo, el lujo que ni siquiera te deja la dignidad de pagarlo.
En 1967 —poco después de la Operación Manos a la Obra— Guy Debord dijo que la sociedad contemporánea no era una sociedad basada en la imagen, sino que era una sociedad *que es* imagen. La Casita es esa frase hecha hormigón rosa. La sociedad del espectáculo ha localizado una cosa sin mercantilizar —la nostalgia del barrio, la silla de plástico— y la ha mercantilizado tan a fondo que la ha construido a escala 1:1, la pasea por cuatro continentes y te cobra cien euros por verla de lejos y ni siquiera te das cuenta de qué es eso que ves de lejos.
El espectáculo ha engullido la historia de La Casita, la ha digerido, la ha metabolizado y la ha regurgitado convertida en lo que siempre devuelve el espectáculo después de comer, que es más espectáculo.
I’m a climate scientist. Let me fix this headline.
“Nearly a century ago, scientists showed that burning fossil fuels warms the planet.*
Today, we know human emissions account for over 100% of the warming.**
Yet dark money and disinformation still work to keep Americans addicted to fossil fuels.”***
* in 1937, Guy Callendar published a paper showing that the world had already warmed over the last 50 years due to human emissions what he called “carbonic acid“ – what we now call CO2 – from burning fossil fuels
** If you are wondering, “how could humans be causing more than 100% of the warming?”
— it’s because, according to natural factors, the earth should be cooling right now.
So our emissions are offsetting that cooling AND causing all of the observed warming.
*** For more on the well funded disinformation campaign, read or watch Merchants of Doubt and The Petroleum Papers
Sobre el público en los recitales del Movistar Arena yo ya me he expedido hace tiempo y he recibido las correspondientes puteadas de todas las almitas de cristal que necesitan tomar dos cervezas y comer tres panchos en un recital de hora y media porque sus cabezas no vinieron preparadas para prestar atención durante más de ocho minutos corridos, así que tema superado. “La experiencia es así”, te dicen los maleducados.
Dicho esto, hay que saber ir a recitales. A veces el músico quiere tocar otra cosa. De hecho, ayer Fito lo hizo. No era la presentación de Novela. Era un show de temas variados. Novela no tuvo presentación porque, seguramente, no hubiera vendido ni mil entradas.
Ahora, quiso hacerlo, aún tocando después las otras canciones. Pero la gente no lo toleró. El mundo de la ansiedad, la intolerancia y el tiempo activo no permite escuchar una decena de temas al que el oído no está acostumbrado. Todo es on demand, pago y denme lo que quiero.
Celular, baño, comidas, silbidos, quejas on line desde el mismo show, todo una enorme falta de respeto al tipo que fueron a ver y también al que sí quiere disfrutar.
Yo no doy consejos porque no soy quién, pero, si quieren elegir los temas, pueden armarse una lista en su reproductor de música - hasta hay versiones en vivo para armarse un buen clima -, bajar las luces y escucharla cuantas veces quieran en sus casas mientras desafinan a los gritos. De paso, pueden prepararse toda la puta comida que quieran poniendo pausa para no perderse el estribillo de su canción favorita.
Es como el poema de Borges, ya da lo mismo si esto es de Woody Allen o no, lo importante es lo que dice. Y entre otras cosas dice que su abuela sobrevivió a los nazis escondida en un sótano de Varsovia "y ahora un chico de una universidad de élite, cuyo mayor trauma en la vida es un café frío de Starbucks, me explica qué significa fascismo".