El libro de “Chicas muertas” nos obliga a mirar lo que el mundo quiso esconder, le puso nombre a asesinatos que no se veían como lo que realmente eran, femisidios. Recordarlos no es acto de nostalgia sino acto de memoria para no olvidar ni repetir la historia.
“Escribo para que no desaparezcan otra vez.” Almada concluye reafirmando que narrar estos casos es una forma de justicia simbólica. Aunque no se hallen culpables, la escritura recupera las vidas de las víctimas y denuncia la impunidad.
“Nombrar es sacar a la violencia del silencio.”Está frase reflexiona sobre la importancia de la categoría femicidio y cómo, antes de que existiera, estos crímenes quedaban sin explicación estructural.
“Las llamaban tragedias pasionales.”La autora recuerda su propia adolescencia en los años 80 y muestra cómo la sociedad naturalizaba la violencia contra las mujeres.
“Su nombre se fue borrando de los diarios.” La desaparición y muerte de Sarita, atravesada por vínculos con el poder político. Almada resalta cómo la prensa abandonó el caso y cómo la justicia desestimó líneas de investigación clave.
“La trataron más como culpable que como víctima.” Cuenta como a María Luisa Quevedo la justicia le juzgó su vida privada en vez de buscar al responsable.
“No hubo gritos. No hubo nadie que escuchara nada.” La muerte de Andrea, mostrando cómo la investigación fue deficiente, llena de omisiones y negligencias. Expone el clima social: silencio, miedo y normalización de la violencia.
porq la violencia machista mato a esas chicas. Intenta llamarnos la atención, q miremos mas allá, q no son solo cuerpos, sino q son víctimas de una estructura social opresora. Los femicidios siguen ocurriendo y los agresores son absueltos, no por eso hay q callar y menos olvidar.
Si esperaban un final tradicional, lamento decepcionarlos pero no lo tendrán. Las 3 chicas nunca obtuvieron su justicia real, sus casos no fueron resueltos, siguen con errores e inconsistencias, los sospechosos fueron absueltos, y los asesinos nunca encontrados.
Ellas fueron olvidadas, reducidas a números, 3 casos mas a la lista de femicidios simplemente. El libro intenta mantener sus recuerdos en alguna parte de la historia, que no queden en silencio. No nos da un final de cuentos de hadas, nos demuestra que nada termina realmente
Sarita Mundín fue una joven de la provincia de Córdoba, Argentina, que vivió a fines de los años 80. Provenía de una familia muy humilde y, para mantener a su madre, su hermana y a su hijo pequeño, trabajaba como prostituta, una actividad que la dejaba expuesta a la violencia.
Maria Luisa Quevedo, tenía 15 años cuando fue violada y estrangulada. Su cuerpo fue abandonado en un descampado en la provincia de Entre Ríos en la década de 1980, en un contexto de retorno a la democracia en Argentina.
Andrea Danne, una estudiante de psicología de 20 años, fue asesinada en su habitación mientras dormía en 1986, en la localidad entrerriana de San José.
Chicas muertas es una literatura de no-ficción ya que establece una relación entre lo real y lo imaginario de los casos, donde se sabe que éstos ocurrieron pero manteniendo la historia como ficción, ya que a través de este género se produce un “efecto de verdad” por su narración.