Hay algo profundamente desolador, casi obsceno, en escuchar hablar a cualquiera de nuestros políticos. No importa el partido, la ideología, el color de la corbata ni la cantidad de banderas que hayan colocado detrás de sus cabezas: todos parecen haber sido seleccionados mediante un procedimiento de eugenesia inversa, un experimento diseñado para descubrir hasta dónde puede degradarse la inteligencia humana sin que el sujeto pierda la capacidad de abrocharse una americana.
No es que sean mediocres. La mediocridad presupone cierta proximidad a la media, y estos desgraciados parecen habitar varios estratos geológicos por debajo de ella. Hay en sus rostros, en su sintaxis maltrecha, en esa forma viscosa de articular lugares comunes con el aplomo de quien acaba de descifrar los misterios del universo, algo que recuerda a los gerentes de un polígono industrial venido a menos, a los administradores de una comunidad de vecinos especialmente sórdida, a los miembros de alguna secta parroquial que todavía utiliza Hotmail, comparte reflexiones edificantes en Facebook y cree que una presentación de PowerPoint constituye una forma superior de conocimiento.
Son seres intelectualmente prehistóricos, pero desprovistos de la dignidad trágica de lo primitivo. No encuentro entre mis conocidos, ni siquiera entre las personas más obtusas con las que me he cruzado, semejante concentración de analfabetismo, astucia miserable, cobardía moral y vulgaridad satisfecha. Y, sin embargo, ahí están. Gobernándonos. Legislando. Decidiendo sobre asuntos cuya complejidad excede sus capacidades cognitivas del mismo modo que la física cuántica excede las de un berberecho. Lo verdaderamente espantoso no es que no sepan nada: es que ignoran incluso la existencia de aquello que desconocen. Son agujeros negros de la inteligencia, pero sin masa, sin misterio y sin ninguna de las propiedades fascinantes de los objetos astronómicos. Solo absorben. Dinero, oxígeno, atención, dignidad.
Lo peor, sin embargo, es esa sensación de estar presenciando una degradación irreversible, una especie de segunda ley de la termodinámica aplicada a la vida pública, según la cual toda estructura política tiende inevitablemente hacia su estado de máxima estupidez. Uno escucha a esos rufianes engorilados, a esos embusteros de mandíbula apretada y vocabulario raquítico, a esos pequeños Torquemadas de saldo que han sustituido la fe por las encuestas y la hoguera por Twitter, y se pregunta qué espantosa catástrofe antropológica ha permitido que el destino de millones de personas termine en manos de semejante colección de trileros, trepas, beatos tecnológicos y demagogos de extrarradio.
Porque ni siquiera parecen malvados en el sentido grandioso de la palabra. No hay en ellos nada de la inteligencia luciferina de un gran villano, ninguna voluntad prometeica, ningún abismo nietzscheano. Son demasiado cutres incluso para el mal. Mentirían sobre el precio de un café. Venderían a su madre por una concejalía. Torcerían el significado de una palabra, traicionarían una convicción, incendiarían una institución entera con tal de conservar durante cuarenta y ocho horas más el privilegio de salir en televisión.
Y la tragedia definitiva, la que provoca una náusea mucho más profunda que el odio, es comprender que estos individuos no han llegado al poder a pesar de sus limitaciones, sino quizás gracias a ellas: que todo el sistema parece funcionar como una gargantuesca máquina de selección de la indigencia espiritual, expulsando cualquier vestigio de inteligencia, escrúpulo, cultura o sensibilidad hasta dejar únicamente ese residuo humano que sonríe en los carteles electorales.
Durante siglos temimos que nuestra civilización fuera destruida por bárbaros, fanáticos o monstruos. Jamás imaginamos algo tan humillante: que acabaría siendo administrada mastuerzos, los infrahumanos más insignificantes que fuimos capaces de producir.
Y lo más grotesco, lo que convierte esta farsa en una tragedia de dimensiones casi metafísicas, es que encima les prestamos atención. Los escuchamos. Analizamos sus declaraciones, escudriñamos sus gestos, tratamos de dilucidar argumentos, intenciones ocultas y complejas estrategias donde únicamente hay litros de politiqués, un incesante regurgitar papiloso de palabras previamente masticadas por algún asesor igualmente indigente, una sustancia verbal tibia, informe y nauseabunda que no significa nada, no explica nada, no resuelve nada y, sobre todo, no compromete a nada.
Dedicamos horas de nuestra miserable y brevísima existencia a interpretar las flatulencias retóricas de individuos que no serían capaces de sostener una conversación inteligente ni bajo amenaza de muerte, y mucho menos sostener una empresa que no necesitara periódicas inyecciones de dinero público so pena de dar solo número rojos. Como si estuviéramos descifrando los fragmentos de Heráclito cuando, en realidad, contemplamos fascinados el vómito pestilente de un rumiante.
Y mientras tanto seguimos discutiendo entre nosotros, reproduciendo sus consignas, defendiendo a unos contra otros, como presos que se pelean por decidir cuál de sus carceleros tiene la voz más agradable y nos procura una sodomía menos incómoda. En lugar de protagonizar la única manifestación que quizás merecería ese nombre: en vez de la enésima procesión domesticada de pancartas, siglas y eslóganes, un grito unánime, hipohuracanado, capaz de desgarrar el cielo y hacer temblar los cimientos de los parlamentos; un alarido de hartazgo contra toda la clase política, contra la obscena pretensión de que debamos seguir tomando en serio a quienes han hecho de la nada una profesión y de nuestra paciencia una forma de servidumbre. No pedirles nada. Ni siquiera exigirles que se marchen. Simplemente dejar de concederles esa última forma de dignidad que todavía les regalamos: la de creer que están a la altura.
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Y @miqueliceta NADA de hacer política!! Ahora a todos nos importa un pimiento cualquier partido!! Solo superar esta situación. Y por favor ten respeto a los/as especialistas que se juegan la vida. No opines de lo que no sabes. Solo eres un político. Gracias #coronavirus
@sanchezcastejon Pocas veces escribo por aquí y ahora lo creo importante. Mirad el vídeo. Destinad parte de los 300MM€ a la sanidad. Vergüenza debería dar que pidan a la gente ayuda económica para temas sanitarios. Gracias. #coronavirus
No me tiro yo así el 90% del turno en el Hospital y expuesto a todos los bichos, con un niño de apenas 2 años en casa para que tú, gilipollas, te vayas a la playa estos días o de cañas/copas y seas un/a irresponsable. Imbécil #CoronavirusESP#quedateEnTuCasa#irresponsable
Los responsables de esta salvajada solo tienen un nombre: criminales. Acabemos con esto de una vez y castiguemos a los culpables. Ojo, las imágenes son durísimas 👇🏼