«(…) A las casas de putas del Lugo y de Vegueta traían a la hijas de los republicanos asesinados, muchachas de todas las edades, incluso niñas de diez o doce años, era lo habitual, se llevaban a sus padres para asesinarlos, desaparecerlos y luego secuestraban a las hijas y a sus esposas para violarlas, asesinarlas o sacar dinero con ellas en la prostitución. Muchos policías, falangistas y militares eran dueños de los prostíbulos, por lo que se convirtió en un gran negocio. Había tipos que pagaban una gran cantidad de dinero por estar con una muchacha virgen, no te puedes imaginar el dinero que se movía esos años entre el 36 y principios de los 40. Yo trabajaba en la casa de Rosita Cruz, en la calle 18 de julio, era una puta más, no muy agraciada, de las baratas podemos decir, pero cuando llegaron las hijas de los republicanos aquello fue un escándalo. Venía toda la jerarquía, jefes falangistas, militares y guardias civiles de alta graduación, curas de todas las parroquias, varios clérigos que eran la mano derecha del obispo Pildaín Sapiaín. Todos a follarse a las muchachas, a cogerse borracheras que nunca habíamos visto, cada noche peleas en las calles y en las casas donde trabajábamos. Me acuerdo de ver aquellas pobres niñas allí expuestas, temblando de miedo y aquellos asquerosos eligiéndolas, chicas que nunca habían tenido relaciones sexuales en su mayoría, que apenas habían tenido contacto con hombres. Es de los peores recuerdos que tengo de esos años, yo entré en ese mundo por la pobreza de mi pueblo en el Sur de la isla, pero aquellas chiquillas eran obligadas, forzadas a ejercer la prostitución de por vida, hasta morir asesinadas por cualquiera de aquellos psicópatas o enfermas de purgación…»
Testimonio de Lolita Torres Sarmiento, prostituta en el barrio del Lugo (Las Palmas GC) en los años del genocidio.
Entrevista realizada por Francisco González Tejera, en el Polígono de Jinámar (Telde), el 15 de enero de 2001.
Ilustración obra de Castelao.
En 1942, Hitler, que no toleraba que se fume en su presencia, fue a Finlandia a pedir tropas a Mannerheim.
Durante la reunión, este encendió un cigarrillo. Como Hitler no dijo nada, Mannerheim se dio cuenta de que Adolf no estaba en condiciones de dictar condiciones.
Falangistas metían ratas en las vaginas de las presas.
Testimonio de Eudaldo Felipe Nuez, desarrolló el servicio militar en el cuartel de La Isleta entre los años 1936-1938.
«(…) A las mujeres embarazadas las ponían en aquella frías camillas metálicas, las abrían de piernas, se las amarraban y les metían las ratas que traía Juan «El Cebollero» de Falange en una jaula de calandras, parecían enseñadas, porque desde que las soltaban iban directas a las vaginas, mordían un poco por fuera los labios y luego entraban muy rápidas y las devoraban por dentro. Nunca en mi vida escuché gritos de dolor tan fuertes, se me quedaron grabados en mis oídos por siempre mientras fregaba los pisos del centro de detención ubicado en la trasera de la calle Triana, allí solo llevaban mujeres a las que si eran jóvenes y bonitas las violaban, si eran mayores las colgaban por la piernas boca abajo varios días pa darles leña con las varas de acebuche y las pingas de buey. «La Casa de los Horrores» la llamaba mi primo Macario, el que fue futbolista, no podíamos renunciar a aquel horrible trabajo porque los dos eramos soldados, nos llevaban cada noche en un pequeño camión con material de limpieza del cuartel, solo sacábamos mucha sangre, sesos, trozos de vagina, pezones cortados, pechos enteros metidos en bolsas de papel. Había siempre por allí un médico de Las Palmas, se llamaba Don Antonio Marrero Portugués, se encargaba de mirarles la tensión a las que estaban casi muertas o la temperatura, todavía no entiendo que función tenía porque lo que les hacían era incurable, tal vez pa saber el tiempo que durarían vivas y seguirles haciendo daño hasta la muerte. Me acuerdo de los niños que metían en una sala contigua a las de tortura, un cuarto frío, sin muebles, donde los menores oían los gritos de sus madres, a veces llevaban alguno pa que vieran como las destrozaban y dieran algún dato de la información que pedían los torturadores. Lo que no olvido son las ratas de cloaca casi negras, sus chillidos cuando olían la sangre o las entrañas de aquellas pobres mujeres…»
Entrevista realizada por Francisco González Tejera, en el barrio de Vegueta (Las Palmas de Gran Canaria), el 5 de julio de 1987.