A los que todavía conservamos un poco de empatía, estas cosas sí nos duelen y nos joden bastante. Pero hay mucha gente a la que le importa un bledo lo que suelta por las redes. Les da exactamente igual.
Criticar una mala jugada, un penalti fallado o una decisión tonta es normal, siempre ha formado parte del fútbol y nadie se escandaliza por eso. El tema es cuando la crítica se convierte en un festival de insultos, burlas crueles, memes para humillar y odio gratuito día tras día. La cantidad de mierda que le echan a algunos jugadores ya no es normal, ni de lejos. Eso ya no es opinar, es cebarse.
Y aquí viene la sorpresa para algunos: los futbolistas son personas normales, de carne y hueso. Tienen madres, padres, hermanos, pareja… y sí, muchos leen o les cuentan lo que dicen de ellos. Imagina estar en su pellejo: darlo todo en el campo, dejar la piel, y luego abrir el teléfono y encontrarte un alud de veneno y desprecio. Eso no es justo ni medio. Sobre todo cuando son chavales jóvenes que aún están madurando o gente que ya carga con presión suficiente como para encima tener que aguantar esto.
Un poco de humanidad y de sentido común no cuesta nada, coño. Al final, detrás de cada dorsal solo hay un tío intentando hacer su trabajo lo mejor que puede, con sus virtudes y sus cagadas como cualquiera.