Escritor, taxista y viceversa. Autor de 'nilibreniocupado' y 'Lo que sé de la lluvia (Crónicas de un taxista desorientado)'. Ex 20minutos y ahora en Archiletras
Llevando en mi taxi a un chaval en dirección un estudio para tatuarse, dice, el nombre de su novia en el antebrazo. ¿Se lo decís vosotros o directamente me choco contra un muro para salvarle?
Escribir en la parada de taxis del aeropuerto. Escribir en el bar del tanatorio. Escribir en el muelle de carga del puerto de Valencia (y de Sagunto). Escribir sobre una duna en la playa del Saler. Escribir en bares aleatorios, por supuesto. Escribir con el semáforo en rojo. Escribir en la cola de una mani por la Enseñanza Pública. Escribir en la sala de espera del dentista. Escribir en el asiento trasero de mi taxi, en el garaje. Escribir en un restaurante de Dénia. Escribir apoyado en un naranjo (rodeado de naranjos). Escribir en un after. Escribir en el embarcadero de la Albufera al atardecer. Escribir en el anverso del régimen regulador de mi divorcio. Corregir en casa.
Oído en mi taxi: “El techo como especie humana lo tocó ese abuelillo que, aquejado por fuertes dolores de espalda, decidió no rendirse y ató con una cuerda un imán para poder seguir jugando a la petanca”.
Pareja de pijazos en mi taxi discutiendo por dinero:
—¡600€ en Glovos el mes pasado!
—¿Tanto?
—Tendremos que reducir gastos.
El tipo sufre una crisis anafiláctica.
—¿QUÉ?
—¿Cuántas bodas te quedan este año?
—Tres.
—Tendrás que renunciar a alguna.
—¡Son colegas del Master!
¿Alguien se imagina a esa novia a la fuga saliendo rauda de la Iglesia y que, en lugar de pillar el taxi libre que justo pasaba por ahí y lo tome dirección a ninguna parte, tuviera que sacar el móvil, abrir la app de Uber, seleccionar categoría y destino y esperar 11 minutos de pie en la acera, bajo la lluvia, y pelándose de frío a que aparezca el Corolla de Edwin?
Escribo cuando me hierve la sangre y eso es cada día, todos los días pero no siempre a la misma hora o en el mismo lugar. Escribo en bares y reescribo en casa.
Envidio a esos que no dudan, que hacen lo que deben sin preguntarse por qué ni para qué o el lugar que ocupan en este enrevesado cosmos. Yo no puedo, por ejemplo, escribir de 9 a 14 horas (reescribir tal vez sí). Porque el acto de crear no entiende de normas ni de horarios.
Dos en mi taxi:
—¡Mira a esa, a mi derecha, la que vapea!
—¡Wala, matchazo!
—Su cara tiene ese gesto, ya sabes, de personalidad arrolladora que emboba al contrario cuando habla por el sensual movimiento de una boca que parece estar bailando solo para ti.
—¡Y vaya tetas!
—También.
Anoche recogí a un autoestopista en la carretera. Me dio las gracias y me preguntó cómo sabía que no era un asesino en serie. Le dije que las probabilidades de que dos asesinos en serie estén en el mismo coche son remotas.
Todos los días en mi taxi:
PAGO CON TARJETA:
—Son 9,75€
(Tecleo en el datáfono. Me acerca la tarjeta. Espero. Denegada. Busca otra. Pide PIN. Se equivoca al marcarlo. Reinicio. Siete coches pitando)
PAGO EN EFECTIVO:
—Son 9,75€.
—Tome (10€). Quédese con el cambio. FIN.
El de hoy es el tercer hombre bajito, gordo, calvo y con bigote que me propone “relaciones” en mi taxi en lo que va de año. Creo que debería reconsiderar mis outfits (y la música que pongo).