Pero cuando Ernesto me cuenta que se baña con toallitas húmedas, sufro. Tal vez era mejor dejar la pérdida, fantaseo. Qué iba a pasar. Es un edificio viejo, entra aire por todos lados. No iba a explotar. Tal vez, como mucho, se intoxicaba la de planta baja. A nadie le cae bien.
Pato no sabe que ese mensaje, en vez de decepcionarme o enojarme, me da una culpa enorme. Miro las montañas, los pinos, la nieve, la gente rica que esquía y no se me pasa. Todo es mi culpa, pienso. O de Antonio, el plomero. O de mi novio. Sí, mejor de mi novio.
Culposa, se lo confesé a Pato. Ella no le dio ninguna importancia, supuso que, como había dicho Antonio, era mejor que la pérdida la descubriera el edificio antes que el inspector que viene todos los meses a controlar los medidores.
Pero que bueno, que no sabe por cuánto tiempo. Dos semanas, un mes, tres, seis. Ni idea. Hay que presupuestar, definir, votar, arrancar la obra, llamar a Metrogas y más. En resumen, no te vas a bañar. Qué cagada.
Y así llegó. Hay una pérdida, me dice. En la planta baja, alrededor de la puerta. Que vino el gasista, que no se puede dejar todo así y que van a cortar. Que no sabe cuánto tiempo. Que me tocó el timbre mañana y noche, que no me encontró.