Leo mensajes de gente molesta en mi Linkedin por no responderles a una oferta que nunca les pedí, que solucionaba un problema que nunca tuve.
Pensaba que nadie superaría a las comercializadoras de energía: “llevas dos años pagando demasiado, inútil”
Lo han conseguido. Mi admiración
Heredé la colección de gemelos de mi padre el día que se jubiló. Casi nunca elijo los de plata maciza del fondo del cajón: siempre me quedo con los de uso diario, los que el sudor del puño ha comido en veintitrés años de oficina. Cada vez que me los pongo, pienso en él.
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A los quince admiraba esa estrofa. A los cincuenta empiezo a entenderla. No porque aprendiera nada nuevo: porque pagué el precio de entrada.
Algunas cosas no se leen. Se viven.
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Entré al despacho a por el ascenso que llevaba dos años peleando como nadie. Salí sabiendo que se lo habían dado a otro.
Lo que pasó en esos diez segundos no me lo enseñó ningún libro.
Apenas recuerdo el día en que me lo comunicaron. El de la derrota lo tengo grabado.
Y he tardado en entender por qué: la derrota no me preparó para ganar. Me preparó para no creerme la victoria cuando llegara.
A los quince subrayé un poema de Kipling como quien recibe un mapa. Ahora entiendo dónde me quería llevar cada estrofa. Pero ese camino no cabe en un post.
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