Comprendí que crecer es, en realidad, una sucesión de pequeñas muertes: el hábito que muere, el sueño que se abandona, la despedida que se vuelve eterna. He sentido esa impermanencia en la piel, viendo cómo las alegrías se reducen a un simple sorbo de tiempo. Pero he aprendido la lección final: la vida no se espera, se crea.