Una de las cosas más difíciles de ser adulto es descubrir que la vida sigue, incluso cuando te sientes roto por dentro. Sigues adelante con tristeza, y con el corazón cansado; la vida no hace pausas para esperar a que sanes, sigue su curso y poco a poco sigues avanzando con ella.
Nunca fui tan valiente como el día en que miré a la persona que amaba y decidí que ese era el último día estando juntos, porque aunque le amaba mucho, esa persona estaba dañando mi salud mental.
Lloré sola, dormí sola, me desahogué sola, me calmé los ataques de ansiedad sola, me sentí sola, me aconsejé sola, comí sola, paso tiempo sola. Nadie vivió mi vida, ni lloró mis lágrimas, entonces nadie tiene derecho a juzgar mi forma de ser.