“En la dictadura los asesinatos, las torturas y las desapariciones se contaron por miles. Fueron años terribles, y para mí, también de enorme tensión: transportar gente a escondidas a través de los puestos de control de la zona de Campo de Mayo, tener en mis manos sus vidas y la responsabilidad de su salvación. Me acuerdo preparar la fuga de un joven que corría peligro. Lo fui a buscar en mi auto, le pedí que se tumbara atrás, en el espacio de los asientos, lo tapé con una manta gruesa y tras superar tres controles lo lleve al Colegio Máximo de San Miguel. Una vez allá, le pedí que se sacara la alianza, porque estaba casado, y lo presenté como un joven que se unía a nosotros para hacer ejercicios espirituales porque quería valorar la opción del sacerdocio. Se quedó una semana mientras organizaba su huida a Brasil. Una mañana temprano lo vestí de sacerdote, le entregue un documento de identidad mío -porque se parecía un poco a mi- y lo llevé a Aeroparque Jorge Newbery donde lo esperaba un vuelo a Foz do Iguaçu, ambos conscientes que si nos descubrían lo matarían a él y después a mi. Gracias a Dios salió todo bien y el chico se salvó. Todavía sigue vivo y me escribió al Vaticano”.
Durante la dictadura el Papa Francisco salvó a decenas de personas perseguidas. Los escondía, los transportaba tapados y los hacía pasar por sacerdotes hasta sacarlos del país. Les daba documentación falsa, vestimentas eclesiásticas y coordinaba viajes para que escapen. Arriesgó su vida muchas veces, sabiendo que si lo descubrían lo mataban.
Francisco fue un hombre santo, incluso mucho antes de llegar a Roma.
Hoy, cuando estés marchando, vas a ver muchos pañuelos. Envueltos en los cuellos, estampados en las remeras o pintados en el asfalto. Son para no olvidar que hubo un grupo de mujeres argentinas que se plantaron de pecho frente a una banda de asesinos y, caminando en círculos con un pañuelo en sus cabezas, los derrotaron.
Hoy, cuando estés marchando, vas a ver muchas columnas organizadas de gente con pecheras de su agrupación. Son para recordar que la política le pertenece al pueblo y que este nunca más va a aceptar que se la arrebaten o se la prohíban.
Hoy, cuando estés marchando, vas a ver las caras de los desaparecidos. Son para sentir, aunque no los hayamos conocido, el dolor de su ausencia. Porque se acerca el momento de que nuestras generaciones, las que no vivimos la dictadura, vamos a tener que hacernos cargo de encabezar esas banderas.
Hoy, cuando estés marchando, vas a ver muchas familias y grupos de amigos. Es para recordar que lo primero que la dictadura intentó cortar son los lazos sociales para instalar el individualismo extremo y el sálvese quien pueda. Y nosotros sabemos que nos salvamos entre nosotros, todos juntos como comunidad.
Hoy, cuando estés marchando, vas a ver muchas banderas argentinas. Son para que infles el pecho porque vivís en un país que se hizo cargo de su historia y condenó, con su justicia civil y sin necesidad de tribunales internacionales o cortes militares de los vencedores, a los responsables de su propia herida nacional.
Hoy, cuando estés marchando, vas a ver muchas veces el número 30.000. Es para recordarles a los soretes que le andan cuestionando la cifra a las familias de las víctimas, que lo que tienen que hacer es preguntarles a los asesinos, esos que saben bien a cuantos argentinos mataron y siguen ocultando la ubicación de sus restos.
Hoy, cuando estés marchando, vas a ver muchas consignas contra el Gobierno. Son para entender que la represión de los 70´ fue la forma de instalar un programa económico basado en principios muy similares a los que buscan imponer los que están ahora, que también lo hacen, en menor escala, con represión.
Hoy, cuando estés marchando, vas a ver muchas intervenciones artísticas. Son para homenajear a aquellos que desafiaron con su arte al sentido común establecido por la dictadura y enfrentaron, por eso, la desaparición o el exilio.
Hoy, cuando estés marchando, vas a ver a muchos periodistas cubriendo. Es para enterrar para siempre el silencio obligatorio impuesto desde el poder y para reivindicar la libertad de expresión como un valor esencial para el funcionamiento de la democracia.
Hoy, cuando estés marchando, vas a ver muchas veces las palabras “Nunca Más”. Son para entender que, más allá de lo desesperanzadora que puede ser la coyuntura, tenemos un consenso amplio e inquebrantable como país que no van a poder torcer los que apenas se animan a provocar.
Hoy, cuando estés marchando, también vas a ver algo de tristeza. Es porque cada historia contiene un dolor desgarrador. Pero también vas a ver determinación, porque todavía falta mucho. Faltan 350 nietos con identidades falsas que no pudieron ser restituidas, faltan represores que están prófugos, faltan los juicios a los cómplices civiles.
Ya sea que marches hacia Plaza de Mayo, hacia Tribunales Federales en Córdoba, hacia el Monumento a la Bandera de Rosario, hacia la Casa de Gobierno de Mendoza, hacia la Plaza Independencia de San Miguel de Tucumán, o hacia cualquiera de los cientos de puntos de destino por todo el país.
Hoy, cuando estés marchando, vas a ser parte de la historia grande de este país. Esa historia que a 50 años del horror, nos sigue hablando de amor.