La muralla de Ávila se alza sobre la Meseta como el recinto fortificado medieval mejor conservado de Europa, un cinturón de granito que desde el siglo XI define la silueta y el alma de la ciudad. No es solo una defensa: es la frontera hecha piedra de una tierra que durante siglos fue umbral entre reinos, y hoy sigue abrazando el casco histórico con la misma rotundidad con que lo hizo hace casi mil años.
Lo que asombra es su lógica geométrica. Dos kilómetros y medio de lienzo, ochenta y siete cubos semicirculares y nueve puertas trazan un ritmo casi musical, una cadencia de torreones que se repiten con precisión de compás. Los canteros aprovecharon la propia roca del terreno como cimiento, de modo que la muralla no se posa sobre el paisaje: brota de él, fundida con el granito que ya estaba allí.
Mírala al detalle y descubrirás su dimensión humana. En sus sillares se reaprovecharon estelas y piezas romanas, memoria de pobladores anteriores incrustada en el muro, y puertas como la del Alcázar o la de San Vicente conjugan la severidad defensiva con el cuidado del acceso, donde la piedra se ordena para recibir y proteger a la vez.
Detente al atardecer frente a sus cubos y deja que la luz rasante encienda el granito. Es entonces cuando la muralla revela su verdad: el ocre cálido recortándose contra el cielo limpio de la Meseta, el ritmo de los torreones marcando el horizonte, la sensación física de tocar mil años de historia. Camina su perímetro y entenderás por qué Ávila se sigue contando desde sus piedras.
Gracias a Youtube descubrí hace poco a estos dos canadienses locos llamados "Angine de Poitrine" (Angina de pecho en francés) que más allá de lo visual (se supone que son extraterrestres y no hablan idioma de nuestro planeta) suenan espectacular y no puedo dejar de escucharlos