@oprfd9@TOTORO_2025 "Cae al barrio con una BOLSVAGEN TIGUAN "LA CHATA" y que los vecinos se mueran de envidia. Se sienta el sábado a la tarde en la vereda a poner música desde LA CHATA y tomar un Chandon mientras saca una foto para Instagram y pone "k sale hoy😎👽🔫🍾". A la noche se van a Chankana"
Madame Celeste Amarilla,
Vous êtes une femme méprisable et indigne de sa fonction.
Vous ne représentez pas le Paraguay, ce pays qui a transpiré la passion et l’honneur tout au long de la compétition. Par votre inconscience et votre racisme décomplexé, le monde entier a déjà oublié le parcours et l’effort historique que vos joueurs ont réalisés durant cette coupe du monde pour laisser place à une dame incompétente donnant la pire image possible de son pays.
Je ne laisserai jamais aux gens comme elle, la liberté de laisser propager leur haine et leur racisme à travers le monde.
@DSports Díganle a los relatores que no hay off side cuando sacan del arco .
Querían que se revise la posición de kane en la jugada del penal . Por dioss
Un triángulo verde con vacas
Parece un país manso, Uruguay. Termos bajo el brazo y un mar que no decide si es río o cementerio. Desde afuera se lo vende como excepción civilizada del sur: democrático, laico, ordenado. Desde adentro, sin embargo, se parece más a una habitación sin ventanas.
Pero antes de hablar del país, conviene mirar el mapa. No el político, sino el estadístico, que suele ser más cruel y mucho más honesto. Cada año, en el mundo, más de setecientas mil personas deciden fugarse al huerto de los callados. Traducido a números fríos: unas nueve muertes por suicidio cada cien mil habitantes.
En América el panorama es peor. Es la única región del planeta donde las tasas no bajan, sino que suben, sobre todo después de la pandemia. Cerca de cien mil personas por año. Y en medio de ese continente, aparece Uruguay con cifras que desentonan.
Más de veinte suicidios cada cien mil habitantes. Más del doble del promedio mundial. Muy por encima de la media americana. No es un país pobre, ni en guerra, ni devastado por catástrofes. Es, justamente, lo contrario. Y ahí está la paradoja: mientras el mundo se desangra en el caos, Uruguay se apaga en calma.
No es un accidente estadístico. Es un síntoma. Un síntoma social profundo, estructural. Algo en la textura misma de este país que empuja hacia adentro, que repliega, que erosiona. Para empezar todos se conocen o creen conocerse. Las oportunidades son pocas y circulan siempre por las mismas manos, con los mismos apellidos. El talento no alcanza: necesita permiso. Y el permiso casi nunca llega. El que quiere crecer tiene dos opciones: adaptarse a la mediocridad consensuada o irse.
La población envejece, y no solo en términos demográficos. Envejece el ánimo. Envejecen las ideas. Envejece la conversación pública. El país mira hacia atrás con una mezcla de nostalgia y orgullo rancio, como si el pasado inventado por los historiadores del tedio —Artigas, el Estado benefactor, la Suiza de América, la resistencia a la Dictadura— fuera una cuenta bancaria moral de la que aún se puede vivir.
A eso se suma el panóptico social. Uruguay es chico, y en los países chicos la vigilancia es íntima. El control no es brutal, es sutil: una ceja levantada, un comentario irónico, un “acá siempre se hizo así”. El que se sale del molde paga con aislamiento. Y el aislamiento, prolongado, es dinamita para la cabeza. Pero hay más. Está la pobreza cultural, que no es falta de libros ni de universidades, sino de conflicto intelectual. Un país donde pensar distinto incomoda. Donde la corrección política aplana la discusión.
Está también el alcoholismo, la depresión disfrazada de humor seco, el culto al mate como ritual anestésico. Está la soledad urbana, especialmente en Montevideo, ciudad lumpenizada, mugrienta, cada vez más violenta y repleta de gente sola, drogada, alienada, loca, caminando despacio, mirando el suelo. Y hay ciudades del interior que son plazas con viejos dando vueltas alrededor de la comisaría, la iglesia y el cine (convertido en iglesia penrecostal) en sentido horario, marcando el paso hacia el conformismo, la hipocresía y la muerte cultural.
De espaldas a esta realidad, un Estado omnipresente y al mismo tiempo impotente, eterno administrador del trámite y el ocaso, nunca jamás del impulso y el alba. En Uruguay siempre se ponel sol. Siempre; de mañana y de tarde. En Uruguay no se muere de hambre. Se muere de hastío, de soledad y de futuro clausurado.
Un triángulo verde con vacas
Parece un país manso, Uruguay. Termos bajo el brazo y un mar que no decide si es río o cementerio. Desde afuera se lo vende como excepción civilizada del sur: democrático, laico, ordenado. Desde adentro, sin embargo, se parece más a una habitación sin ventanas.
Pero antes de hablar del país, conviene mirar el mapa. No el político, sino el estadístico, que suele ser más cruel y mucho más honesto. Cada año, en el mundo, más de setecientas mil personas deciden fugarse al huerto de los callados. Traducido a números fríos: unas nueve muertes por suicidio cada cien mil habitantes.
En América el panorama es peor. Es la única región del planeta donde las tasas no bajan, sino que suben, sobre todo después de la pandemia. Cerca de cien mil personas por año. Y en medio de ese continente, aparece Uruguay con cifras que desentonan.
Más de veinte suicidios cada cien mil habitantes. Más del doble del promedio mundial. Muy por encima de la media americana. No es un país pobre, ni en guerra, ni devastado por catástrofes. Es, justamente, lo contrario. Y ahí está la paradoja: mientras el mundo se desangra en el caos, Uruguay se apaga en calma.
No es un accidente estadístico. Es un síntoma. Un síntoma social profundo, estructural. Algo en la textura misma de este país que empuja hacia adentro, que repliega, que erosiona. Para empezar todos se conocen o creen conocerse. Las oportunidades son pocas y circulan siempre por las mismas manos, con los mismos apellidos. El talento no alcanza: necesita permiso. Y el permiso casi nunca llega. El que quiere crecer tiene dos opciones: adaptarse a la mediocridad consensuada o irse.
La población envejece, y no solo en términos demográficos. Envejece el ánimo. Envejecen las ideas. Envejece la conversación pública. El país mira hacia atrás con una mezcla de nostalgia y orgullo rancio, como si el pasado inventado por los historiadores del tedio —Artigas, el Estado benefactor, la Suiza de América, la resistencia a la Dictadura— fuera una cuenta bancaria moral de la que aún se puede vivir.
A eso se suma el panóptico social. Uruguay es chico, y en los países chicos la vigilancia es íntima. El control no es brutal, es sutil: una ceja levantada, un comentario irónico, un “acá siempre se hizo así”. El que se sale del molde paga con aislamiento. Y el aislamiento, prolongado, es dinamita para la cabeza. Pero hay más. Está la pobreza cultural, que no es falta de libros ni de universidades, sino de conflicto intelectual. Un país donde pensar distinto incomoda. Donde la corrección política aplana la discusión.
Está también el alcoholismo, la depresión disfrazada de humor seco, el culto al mate como ritual anestésico. Está la soledad urbana, especialmente en Montevideo, ciudad lumpenizada, mugrienta, cada vez más violenta y repleta de gente sola, drogada, alienada, loca, caminando despacio, mirando el suelo. Y hay ciudades del interior que son plazas con viejos dando vueltas alrededor de la comisaría, la iglesia y el cine (convertido en iglesia penrecostal) en sentido horario, marcando el paso hacia el conformismo, la hipocresía y la muerte cultural.
De espaldas a esta realidad, un Estado omnipresente y al mismo tiempo impotente, eterno administrador del trámite y el ocaso, nunca jamás del impulso y el alba. En Uruguay siempre se ponel sol. Siempre; de mañana y de tarde. En Uruguay no se muere de hambre. Se muere de hastío, de soledad y de futuro clausurado.