Querido y expoliado autónomo,
Además de recaudar el IVA para el estado haciendo de intermediador sin cobrar nada por ello, si te despistas y el día del cargo hubiera menos dinero en la cuenta, hacienda te lo cobra al día siguiente con mínimo un 5% de penalización.
Además de recaudar el IVA para el Estado, actuando como intermediario forzoso sin recibir ninguna compensación a cambio, si el día del cargo no hay saldo suficiente en tu cuenta, Hacienda te cobrará el importe al día siguiente con un recargo mínimo del 5 %.
Es decir, si has recaudado 10.000 € de IVA para el Estado y, por un descuido o un problema puntual de liquidez, no puedes ingresarlo el día del vencimiento, no solo no recibes ninguna remuneración por haber gestionado ese dinero durante meses, sino que además tendrás que pagar un recargo por el retraso.
Hacienda no solo no te obliga a trabajar para el estado, sino que además tienes que pagarle 1000 € de multa por no haber hecho tú trabajo de esclavo de la mejor manera posible.
Una lección que aprendí fundando empresas: casi nunca se fracasa por falta de ideas. Se fracasa porque nadie quiere matar una idea mediocre después de haber invertido tiempo, dinero y prestigio en ella. La velocidad importa, pero saber abandonar a tiempo importa más.
Hasta quienes no solemos ver fútbol agradecemos haberlo hecho hoy.
Sin una estrella decisiva, jugando limpio contra quien no lo hace, campeones. Y un entrenador cuyo mensaje es: «Juntos somos más fuertes»,
Ojalá cundiera el ejemplo.
¿Qué pasa con Latinoamérica?
Latinoamérica ha probado casi de todo, desde repúblicas liberales a dictaduras militares, pasando por revoluciones socialistas, gobiernos conservadores, populismos, privatizaciones, nacionalizaciones y constituciones llamadas a inaugurar una nueva era.
Sin embargo, tras dos siglos de experimentos, gran parte del continente sigue atrapada entre el bajo crecimiento, la inseguridad, la desigualdad y la frustración.
Diferentes Estados, un mismo continente
Entre Haití y Uruguay no hay solo miles de kilómetros, sino dos formas muy distintas de construir un Estado.
Haití lleva años sumido en una crisis institucional en la que bandas armadas controlan buena parte del territorio.
Uruguay supera hoy los 25.000 dólares de renta por habitante y mantiene una de las democracias más estables del continente.
Chile lidera el Índice de Desarrollo Humano de la región.
Costa Rica ya forma parte del grupo de economías de renta alta.
Venezuela, pese a poseer una de las mayores reservas de petróleo del mundo, perdió cerca del 65% de su economía entre 2013 y 2019.
Argentina, que hace un siglo figuraba entre los países más ricos del planeta, lleva décadas alternando inflación, devaluaciones y suspensiones de pagos.
Cambian los gobiernos, permanece el reinicio
Cada cita a las urnas se vive casi como una refundación nacional. Un gobierno nacionaliza empresas; el siguiente las privatiza. Uno dispara el gasto; el otro promete austeridad. Uno culpa al mercado; el siguiente al Estado.
Pero bajo distintos discursos sobreviven las mismas debilidades, ya sea la baja productividad, corrupción, inseguridad jurídica o instituciones demasiado frágiles para sobrevivir a quienes las gobiernan.
La diferencia que casi nunca se menciona
Europa también ha sufrido crisis profundas. España padeció el colapso financiero de 2008, Grecia estuvo al borde de la quiebra y Portugal necesitó un rescate.
La diferencia es que todos forman parte de una estructura superior, la Unión Europea.
El mercado único, el Banco Central Europeo, los fondos comunitarios, la supervisión presupuestaria o el Tribunal de Justicia funcionan como auténticos raíles institucionales.
Quizás una estructura similar no habría evitado la crisis en Argentina, pero probablemente habría limitado muchos de los errores repetidos durante décadas.
Una civilización fragmentada
Latinoamérica comparte lenguas, tradición jurídica, siglos de historia común y una enorme afinidad cultural.
Sin embargo, nunca llegó a transformarse en una verdadera unión política. La Gran Colombia desapareció en apenas una década y la Federación Centroamericana terminó dividida en cinco Estados.
Las nuevas repúblicas prefirieron consolidar soberanías nacionales antes que levantar una estructura común.
Los Estados Unidos influyen, pero no explica todo
Estados Unidos ha intervenido repetidamente en la región para defender sus intereses estratégicos.
Pero convertir esa influencia en la explicación universal de todos los problemas también lo sería. Las potencias aprovechan fracturas que ya existen.
No explica por sí solo por qué Uruguay mantiene instituciones sólidas, Costa Rica disfruta de décadas de estabilidad democrática, Chile alcanza los mayores niveles de desarrollo humano de la región o Haití permanece prácticamente colapsado.
El problema no está bajo tierra
Latinoamérica posee petróleo, litio, gas, biodiversidad y algunas de las tierras agrícolas más fértiles del planeta.
Nunca le han faltado recursos. Lo que escasea es continuidad institucional.
La región lleva dos siglos buscando al gobernante capaz de salvar al país, cuando quizá la pregunta correcta sea la de cómo construir instituciones capaces de sobrevivir a cualquier gobernante.
Porque la prosperidad rara vez nace de encontrar la ideología perfecta.
Suele aparecer cuando las reglas duran más que los gobiernos, el Estado es más fuerte que los partidos y el futuro deja de empezar de nuevo después de cada elección.
¿Qué pasó el 18 de julio de 1936?
El 18 de julio estalló un Estado que llevaba años perdiendo la capacidad de contener a las fuerzas que desgarraban a España.
La sublevación militar comenzó en el Protectorado de Marruecos, hubo ejecuciones desde las primeras horas y el Ejército de África trasladó a la Península métodos aprendidos en las guerras brutales de allí.
Los militares rebeldes dieron el paso decisivo que dividió a el Ejército, el territorio y a la Administración y convirtió una crisis política en una guerra abierta.
Pero explicar aquel día como el momento en que las armas sustituyeron a la palabra exige borrar todo lo ocurrido antes.
España arrastraba desde el siglo XIX guerras civiles, pronunciamientos y fracturas nunca cerradas. Las guerras carlistas terminaron militarmente en 1876, pero sobrevivieron los conflictos que expresaban.
Tradición frente a la revolución liberal, catolicismo frente a secularización, fueros frente a la centralización y legitimidades rivales sobre qué era España y quién podía gobernarla.
En 1936 el carlismo no era un recuerdo, conservaba organizaciones, milicias y un proyecto de poder.
La Segunda República no creó una nación nueva. Intentó reorganizar una sociedad ya existente mediante una Constitución que nunca llegó a ser aceptada como marco común por todos.
Para una parte de la izquierda, la República era una etapa hacia una transformación más profunda; para muchos católicos, conservadores y monárquicos, se utilizaba para desmantelar instituciones esenciales de la España histórica.
La política dejó de consistir en alternarse y empezó a consistir en impedir que el adversario pudiera volver.
La ruptura no empezó en Melilla. La CNT protagonizó insurrecciones contra la República en 1932 y 1933. En octubre de 1934, el PSOE y la UGT impulsaron una rebelión contra un Gobierno surgido de las urnas tras la entrada de la CEDA, es decir, la derecha.
En Asturias hubo una revolución armada con más de un millar de muertos; en Cataluña, Companys proclamó el Estado catalán. No era todavía la Guerra Civil, pero demostró que sectores decisivos de la izquierda tampoco aceptaban siempre el parlamentarismo cuando el resultado les era adverso.
La Iglesia católica sufrió además una violencia que no puede reducirse a un simple conflicto político. En mayo de 1931 ardieron conventos, colegios y templos.
En Asturias fueron asesinados sacerdotes y religiosos que no eran combatientes ni responsables de decisión política alguna. Se atacaba a personas y edificios por lo que representaban. El Estado que debía proteger a creyentes y no creyentes mostró demasiadas veces que no podía o no quería hacerlo.
Las elecciones de febrero de 1936 dieron la victoria al Frente Popular, pero estuvieron rodeadas de coacciones, actas discutidas, anulaciones y una revisión parlamentaria de escaños cuyo alcance sigue siendo controvertido.
No está demostrado que un fraude general cambiara al vencedor, pero tampoco es serio afirmar que todo fue irrelevante. Lo decisivo fue el efecto político, que millones de españoles dejaron de creer que las reglas fueran neutrales.
Después se multiplicaron las ocupaciones, los incendios, los atentados, las milicias y los asesinatos. El 13 de julio, Calvo Sotelo fue secuestrado por un grupo en el que participaron agentes del Estado y asesinado de un disparo por Luis Cuenca Estevas, militante del PSOE y escolta de Indalecio Prieto.
La guerra no era inevitable, pero una ruptura violenta se había vuelto altamente probable. Republicanos, socialistas, comunistas y anarquistas no defendían el mismo proyecto; tampoco conservadores, monárquicos, carlistas, falangistas y militares.
Fueron agrupándose en dos campos porque el Estado ya no podía imponer ni reglas comunes, ni controlar las armas ni garantizar que cada elecciones fueran un ultimátum.
El 18 de julio fue el detonante de la Guerra Civil Española, pero la pólvora llevaba años acumulándose y, en algunos aspectos, desde generaciones atrás.
Cada vez que un banco central imprime dinero, alguien se queda con la ganancia y alguien paga el costo.
Y nunca son las mismas personas.
Eso del fenómeno neutral, como si la inflación afectara a todos por igual, es una mentira.
Richard Cantillon lo descubrió estudiando cómo entraba el oro español a la economía europea.
El oro no aparecía en para todos al mismo tiempo.
Primero pasaba por la corona, después por los comerciantes que estaban conectados a la corona, después por los proveedores de esos comerciantes, y recién al final llegaba al tipo que vendía pan.
Pero acá viene lo más importante.
Cuando la corona gastaba ese oro nuevo, los precios todavía no habían subido porque ese dinero aún no había entrado en la economía.
Compraban a precios viejos con el dinero nuevo.
A medida que ese dinero circulaba y llegaba a más manos, los precios iban subiendo poco a poco.
El panadero recibía ese dinero último, cuando todo ya se había encarecido.
Su ingreso nominal quizás subió, pero su poder de compra real había caído.
El tipo que recibió primero ganó riqueza.
El que la recibió último la perdió.
No hace falta que lo explique con teoría porque la mayoría lo vivió.
Pongo un ejemplo.
Cada vez que el Banco Central argentino emitía pesos, esos pesos no aparecían repartidos proporcionalmente en nuestras cuentas.
Iban al Tesoro para financiar gasto político.
El Estado pagaba los sueldos, obra pública, transferencias (corrupción).
Esos pesos entraban a circular en la economía mientras los precios todavía no habían ajustado.
Los funcionarios, los contratistas del Estado, los bancos que recibían esa liquidez primero compraban a precios de ayer con pesos de hoy.
Nosotros en nuestra casa veíamos que el supermercado subía semanalmente.
Y cuando finalmente esos pesos llegaban a al bolsillo de la gente en forma de un aumento, los precios ya habían subido dos o tres veces.
Así funciona el sistema.
La emisión monetaria es una transferencia de riqueza disfrazada de política económica.
Redistribuye desde los que están lejos del emisor hacia los que están cerca del emisor.
Desde el asalariado que cobra a fin de mes hacia el banco que recibe liquidez del central a primera hora.
Desde el jubilado con un ingreso fijo hacia el sector político que decide a dónde va el dinero nuevo antes de que los precios terminen reacionando.
Y funciona exactamente igual en Estados Unidos, en Europa, en Japón y en todos los países.
La Reserva Federal entre 2020 y 2022 creó más de cuatro billones de dólares.
Esa masa monetaria entró primero por el sistema financiero.
Los bancos, los fondos de inversión, los grandes tenedores de activos recibieron esa liquidez primero que nadie.
El resultado fue la mayor suba de activos financieros e inmobiliarios que hubo en décadas.
Wall Street hizo récords históricos mientras millones de personas todavía estaban sin trabajo.
Sus ahorros perdieron valor, su alquiler subió, su comida se encareció.
Pero los que compraron activos con dinero barato antes del ajuste de precios ya habían capturado la ganancia.
Uno de los errores más graves de la pedagogía moderna fue creer que una sociedad donde todos van a la universidad es una sociedad mejor. El resultado es una sociedad de titulados frustrados, con expectativas que el mercado laboral jamás podrá cumplir, y con oficios esenciales abandonados por falta de prestigio. La universidad debe ser una opción entre varias, y las demás merecen el mismo respeto.
Hacienda presume de controlar hasta el último euro de los contribuyentes, pero admite que no puede supervisar eficazmente las ayudas públicas que reparten los ministerios. Miles de millones en subvenciones sin control suficiente, mientras al ciudadano se le exige una precisión absoluta. ¿Doble rasero?
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La mayoría de los españoles que han sido sometidos a sanciones excesivas e injustas por parte de Hacienda, no cuentan con los recursos para resistir una batalla legal de 20 años. Los casos de Van Gaal, Shakira y otros son rarezas excepcionales. La mayoría de los demás simplemente deben someterse y enfrentarse a la ruina.
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elDiario ha publicado hoy un reportajazo sobre el alquiler.
Y lo digo sin ironía.
Cerca de 28.000 millones al año cambiando de manos, un 1,6% del PIB, con el detalle de quién paga y quién cobra. Muy bien hecho.
Lo primero que enseña, y es verdad, es una brecha generacional bestial.
Los inquilinos menores de 45 ponen más de la mitad del dinero. Los caseros mayores de 65 se llevan más de un tercio, unos 9.600 millones.
Pagan los jóvenes y cobran los mayores. Ahí no hay discusión, y es gravísimo.
Pero viene la pregunta interesante: ¿quiénes son esos caseros?
Cuando la izquierda dice "alquiler" te pinta a Blackstone y a los fondos buitre.
Su propio reportaje enseña que tres de cada cuatro caseros particulares tienen una sola vivienda, y que la banda de empresas y fondos es la más finita del gráfico.
El malo de la película acaba siendo el del piso heredado o que se pagó ahorrando.
Y falta la pregunta que no se hacen: ¿por qué sube tanto?
No es que los caseros se hayan vuelto avariciosos de repente. Es demanda récord contra oferta congelada.
Mira los dos lados. El 56% del alquiler ya lo pagan personas nacidas fuera, dato suyo.
Llega muchísima gente, la población crece solo por inmigración porque en España mueren más de los que nacen, y toda esa gente necesita techo. Ahí tienes la demanda disparada.
¿Y la oferta? En 2025 se crearon 240.000 hogares y se terminaron 92.000 viviendas.
El Banco de España calcula que faltan 750.000 casas y dice con todas las letras que esto es un problema de oferta, no de demanda.
El dato definitivo: entre 1980 y 2010 España construyó tres millones de viviendas más que hogares se formaban.
Con la inmigración de los 2000, que fue enorme, se levantaban casas a destajo.
Hoy no se construye ni la mitad de lo que hace falta. Esa es la pata que lleva quince años rota.
Y luego está lo de la renta "de los pobres a los ricos".
Pero vamos a ver, eso es de cajón.
¿Alguien imagina lo contrario, al que no tiene nada alquilándole el piso al rico?
¿Pero qué tipo de argumento es ese?
El problema es que ese 10% más rico, en su mayor parte NO es rico.
Si ya hemos visto que la mayoría solo tiene una vivienda en alquiler.
España es un país de pobres comparado con sus pares.
Así que sí, gran reportaje.
Gracias por dejar claras algunas cosas que cuando las decimos otros se nos tilda de ultrafachoesfera.
Y si 28.000 millones os parecen mucho, agarraos.
Hay otra transferencia que va en la misma dirección, de los jóvenes a los mayores, y es siete u ocho veces más grande.
Lo contaba un chaval que se llamaba Jon y que era una persona muy incómoda en esta red…
Lo llevo diciendo desde hace tiempo: hay una estrategia deliberada por normalizar el empobrecimiento de la gente en España. Se niega que la clase media existiera alguna vez, se llama “la gente más rica de la sociedad” a personas que sencillamente llegan a final de mes o van un poco holgadas, en vez de denunciar que hasta un titulado tenga un mísero salario en este país. Se afirma que el escudo social es circunstancial por la guerra de Irán (antes por la invasión de Ucrania o la pandemia), pero cuando todo eso pase, se verá que es estructural.
No es casual. Puesto que ya se no se puede generar bienestar para las generaciones que suben, el ideal emancipador de la socialdemocracia ha sido substituido por un ideal asistencial de corte 15M. Se establece una dicotomía entre ricos y pobres, cuando en verdad, el grueso de la ciudadanía española está deslizada a la baja. Por supuesto, quienes promueven todo esto, ni se lo aplican, ni lo padecen. Ellos sí merecen una vida sobrada. Acabáramos.
Os estáis liando, la corrupción, siendo grave y repuganante, no es lo importante. Lo importante es la demolición del Estado de Derecho financiada con corrupción que, de no revertirse, convertirá España en una democracia popular, es decir, en una autocracia.
Hoy 4 de julio se cumplen 250 años de que el Congreso de las Trece Colonias proclamara en Filadelfia la independencia de los Estados Unidos. Los yanquis suelen reconocer la ayuda que les prestó Francia, pero olvidan la decisiva ayuda que les prestó España para librarse del inglés.
Desde 1776, España empezó a enviar armas, pólvora, uniformes, mantas y dinero a los rebeldes americanos a través de una compañía comercial de tapadera, Roderigue Hortalez et Cie, operada junto con Francia. La Corona española no quería una guerra abierta con Gran Bretaña todavía, pero sí quería debilitarla, así que el apoyo se canalizó en secreto.
Bernardo de Gálvez, joven gobernador de la Luisiana española, fue la pieza clave de esa ayuda temprana. Desde Nueva Orleans permitió que barcos rebeldes remontaran el Misisipi cargados de suministros, esquivando el bloqueo naval británico, y facilitó rutas de abastecimiento que resultaron vitales para los ejércitos de Washington en un momento en que las Trece Colonias apenas tenían capacidad industrial propia para fabricar pólvora o armamento.
En 1779, España declaró la guerra a Gran Bretaña como aliada de Francia. Nunca firmó un tratado formal con el nuevo Congreso americano ni reconoció oficialmente la independencia hasta el final del conflicto, pero su entrada en la guerra cambió el tablero por completo: obligó a Gran Bretaña a repartir su flota y sus tropas entre varios frentes distintos, aliviando la presión sobre el ejército continental.
Con el mismo espíritu con el que siglos antes los exploradores españoles habían recorrido a pie miles de kilómetros de territorio norteamericano, Bernardo de Gálvez organizó y lideró personalmente una campaña militar en el golfo de México que arrebató a los británicos plaza tras plaza. Conquistó Baton Rouge y Manchac en 1779, tomó Mobile en 1780 y finalmente rindió Pensacola en 1781, capital de la Florida Occidental británica, tras un asedio en el que el propio Gálvez fue herido.
Estas victorias no solo abrieron un segundo frente que distrajo tropas y barcos británicos que de otro modo habrían combatido en el norte contra Washington, sino que también aseguraron el control español del Misisipi y del golfo, garantizando que la ruta de suministros a los rebeldes siguiera abierta hasta el final de la guerra.
La ayuda española no fue solo militar. La Corona y comerciantes españoles prestaron y donaron sumas considerables que sirvieron para pagar tropas, comprar suministros y, en el tramo final de la guerra, contribuyeron a financiar la campaña de Yorktown (1781), la batalla que selló la derrota británica. Hay incluso relatos según los cuales fueron monedas de plata recaudadas en La Habana las que permitieron pagar al ejército americano en las semanas previas al asedio final.
Desde Ponce de León pisando Florida en 1513 hasta Bernardo de Gálvez tomando Pensacola en 1781, España estuvo presente en el mapa de lo que hoy es Estados Unidos casi trescientos años antes de que existiera como nación y también en el instante mismo de su nacimiento. La ironía es doble: el país que ayudó a explorar el territorio, a fundar sus primeras ciudades y a que sus indígenas conocieran el caballo sin necesidad de exterminarlos, fue también el que ayudó a financiar y a combatir por la independencia de un país que, andando el tiempo, arrebataría a España y a México buena parte de esos mismos territorios.
Se trató de una alianza sin gloria ni reconocimiento posterior: al firmarse la paz de 1783, España recuperó Florida y Menorca, pero no Gibraltar, y la nueva nación independiente que había ayudado a nacer acabaría, con las décadas, siendo la misma que se expandiría hacia el oeste a costa de los territorios que españoles y luego mexicanos habían colonizado durante siglos.
La centralidad no es plegarse dócilmente al mainstream, sino desplazar con argumentos poderosos el centro de gravedad de la opinión hacia las posiciones propias.
El decálogo del sectario educativo. Permitidme hoy una reflexión sobre el manual de instrucciones que siguen los burócratas de moqueta para destrozar la escuela mientras nos usan como laboratorios de ingeniería social. 🧵va...
Se ha hecho popular la idea siguiente: si discrepas con alguien de derechas, probablemente pensará que estás equivocado, que eres ingenuo o que no entiendes cómo funciona el mundo. Si discrepas con alguien de izquierdas, es más probable que piense que eres egoísta, insensible, un vendido o incluso una mala persona.
Naturalmente, se trata de una generalización y no de una ley universal. También existen personas de derechas que demonizan a sus adversarios y personas de izquierdas capaces de mantener un debate desapasionado. Pero la cuestión interesante es si, estadísticamente, existe una mayor tendencia en uno de los dos grupos a moralizar el desacuerdo.
Sowell intenta cuestionar precisamente esa asociación entre determinadas posiciones políticas y una supuesta superioridad moral. Si quienes defienden más intervención estatal se consideran, por definición, más altruistas, cabría esperar que ese altruismo también apareciera cuando nadie les obliga y cuando el reconocimiento público es escaso.
Sin embargo, algunos estudios sugieren una realidad más compleja. El economista Arthur C. Brooks analizó durante años distintos indicadores de comportamiento prosocial en Estados Unidos, incluyendo las donaciones económicas, el voluntariado y la donación de sangre. Sus resultados mostraron que, en promedio, los conservadores donaban una mayor proporción de sus ingresos a organizaciones benéficas, dedicaban más tiempo al voluntariado y donaban sangre con mayor frecuencia que los liberales, pese a que estos últimos tenían unos ingresos ligeramente superiores.
Estos datos no demuestran que los conservadores sean «mejores personas», del mismo modo que tampoco demostrarían lo contrario si el resultado hubiera sido inverso. El altruismo es un fenómeno multidimensional y depende de muchos factores, entre ellos la religiosidad, el capital social, la estructura familiar o el tipo de organizaciones a las que se dona. De hecho, una parte importante de la diferencia observada por Brooks se reduce cuando se controla el efecto de la práctica religiosa, ya que las personas religiosas suelen donar más tanto a causas religiosas como seculares.
Lo que sí cuestionan estos estudios es una narrativa muy extendida. Las preferencias políticas no pueden utilizarse como un atajo para medir la calidad moral de una persona. Defender más mercado no implica ser egoísta, igual que defender un Estado más amplio no implica ser necesariamente más compasivo. Son, en buena medida, desacuerdos sobre cómo producir mejores resultados sociales, no sobre cuánto se desea el bienestar de los demás.
A propósito del cumpleaños de Estados Unidos.
En 1776, cuando trece colonias declararon su independencia, Francia tenía rey e Italia y Alemania todavía no existían como los conocemos hoy. Desde entonces, Francia ha tenido una revolución, dos imperios, dos restauraciones monárquicas, cinco repúblicas y 15 constituciones. Estados Unidos ha tenido una sola, la de 1787. Es la constitución escrita más antigua del mundo.
Estados Unidos nos deja varias enseñanzas y paradojas que los abogados latinoamericanos solemos pasar por alto. Nos formamos mirando a Europa (el derecho romano, el código de Napoleón, la dogmática alemana), pero la arquitectura constitucional que habitamos todos los días es americana. Constitución escrita, supremacía constitucional, presidencialismo, pesos y contrapesos: todo eso se ensambló por primera vez en Filadelfia, no en Roma, ni en París, ni en Berlín. Y el control judicial de las leyes, que hoy consideramos la joya del constitucionalismo europeo, nació en 1803 con Marbury vs. Madison, cuando el juez Marshall sostuvo que una ley contraria a la Constitución debía ser declarada inexequible. Kelsen diseñó el primer tribunal constitucional europeo (el austriaco) apenas en 1920 y el alemán llegaría en 1951. Colombia, dicho sea de paso, siguió la ruta americana antes que la kelseniana: la acción pública de inconstitucionalidad de 1910 es anterior a cualquier tribunal europeo.
Segunda paradoja que muchos pasan por alto es que Europa, cuna del derecho occidental, tuvo que ser reconstruida jurídicamente por Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial. El Plan Marshall no solo levantó puentes y fábricas, sino que hizo parte de una arquitectura institucional, jurídica y financiera diseñada por Washington: Bretton Woods, el Fondo Monetario, el Banco Mundial y el GATT. Por otra parte, los tribunales constitucionales de la posguerra (el alemán y el italiano) nacieron en una Europa vencida y reconstruida bajo la influencia de Estados Unidos, tomando en serio una idea que ya practicaban desde Marbury v. Madison: que la Constitución no es un programa político, sino una norma aplicable.
Y la tercera paradoja, la más silenciosa: los contratos. Somos herederos de Roma, del consensualismo, de la buena fe objetiva y de la ley supletoria. Pero lea cualquier contrato de fusiones y adquisiciones o financiación en Bogotá, París, Milán o Frankfurt: M&A, due diligence, representations and warranties, condiciones precedentes, cláusulas MAC, indemnidades y closing. El drafting es totalmente americano: la obsesión por cubrir todas las contingencias y no dejar nada a la ley supletoria, ni al juez, ni a la buena fe. El derecho continental ganó en los salones de clase, pero el derecho americano ganó en las salas de juntas, los contratos y los cierres.
Pero volvamos a la Constitución americana. ¿Por qué perduró mientras Francia alternaba entre monarquías, imperios y repúblicas, y el resto de Europa veía caer sus constituciones una tras otra? Quizás porque no nació de la razón ilustrada sino de la desconfianza. Los europeos diseñaron constituciones para realizar ideales, pero los americanos para contener hombres. "Si los hombres fueran ángeles, no haría falta gobierno", escribió Madison. La desconfianza práctica resultó más duradera que la ambición teórica.
Dos siglos y medio después, la república improbable sigue en pie. No solo como la democracia constitucional más antigua del mundo (San Marino no cuenta, lo siento), sino como una de las grandes arquitecturas invisibles de la vida moderna: en los tribunales, en los gobiernos y en los contratos con los que se compran empresas, se financian proyectos y se mueve el capital. Quizás esa sea la mejor forma de medir su triunfo.
Este artículo de El País dibuja una realidad en la que las mujeres están sistemáticamente discriminadas en el ámbito sanitario: sus síntomas se banalizan, los diagnósticos llegan tarde, se investigan menos sus dolencias específicas y la medicina sigue teniendo un sesgo androcéntrico que las perjudica.
Lo que no dice este artículo es todas estas cosas que enumero a continuación, documentadas por dos artículos, uno del investigador James L. Nuzzo y el otro de la propia OMS:
-Brecha global de salud por género: Los hombres tienen menor esperanza de vida (71 años frente a 76 en 2023) y tasas de mortalidad más altas (176 vs 113 por 1.000). Esta brecha se mantiene desde 1950 y es mayor en hombres marginados (por raza, orientación sexual, migración o clase social).
-Negligencia histórica: La salud de los hombres ha sido sistemáticamente ignorada por agencias internacionales, financiadores y políticas nacionales. Se percibe políticamente sensible porque se asocia con “privilegio masculino”, en lugar de ver a los hombres como grupo vulnerable que queda atrás.
-De las 15 principales causas de muerte, los hombres mueren más en 14 de ellas.
-A pesar de estos datos, existen al menos 3 oficinas nacionales federales dedicadas específicamente a la salud de la mujer (NIH-ORWH, CDC y FDA), mientras que no existe ninguna equivalente para la salud del hombre.
-En revistas científicas indexadas en MEDLINE hay 62 dedicadas a la salud de la mujer frente a solo 6 dedicadas a la salud del hombre.
-El término “women’s health” aparece casi 10 veces más que “men’s health” en la literatura científica (PubMed 1970-2018).
-Los hombres sufren tasas más altas de suicidio, accidentes laborales y de tráfico, homelessness y abuso de sustancias
-Problemas estructurales: Violencia (especialmente homicidios en hombres jóvenes), alcohol, armas de fuego y determinantes sociales (pobreza, migración, condiciones laborales) son factores clave. La brecha socioeconómica en esperanza de vida entre hombres puede llegar a 27 años en algunos países.
Recomendaciones que hace la OMS:
-Integrar la salud masculina en políticas de cobertura universal.
-Revisar lenguaje en objetivos globales (ODS) para que no confundan “género” solo con “mujeres”.
-Mayor ambición en cambios sistémicos (lobbies de alcohol y armas, determinantes sociales).
-Incluir a los hombres de forma no instrumental (no solo para proteger la salud de las mujeres).
Conclusión del artículo de la OMS: Es urgente abordar las inequidades de género que afectan a los hombres para cumplir el lema “no dejar a nadie atrás”. Ignorar la salud masculina no es equitativo ni eficaz.
https://t.co/1DUV9pfqvv
https://t.co/Dn0oOeD9xD
Yo puedo votar en las elecciones generales y autonómicas en España (pero no en las municipales). Esto no tiene mucho sentido: me mudé a Estados Unidos en 1996, apenas pago impuestos en España y recibo servicios mínimos. Que mi voto decida, por ejemplo, si se abre un nuevo instituto en Mieres o se sube el IRPF en el territorio común tiene una justificación democrática más bien débil.
A la vez, buena parte de mi familia vive en España; existe una probabilidad (baja) de que regrese en algún momento; tengo propiedades inmobiliarias en el territorio nacional; y, en comparación con otros votantes en el extranjero, conozco los detalles de muchas discusiones sobre política económica. No creo que haya muchos millones de votantes que se sepan las cuentas de la Seguridad Social mejor que yo. No es que entender estas discusiones me dé una legitimidad especial, sino que demuestra una vinculación efectiva con España.
Por ello sigo votando en las elecciones generales, aunque en las autonómicas, de carácter local más acentuado, he dejado de hacerlo. Y, cuando considere que la probabilidad de regresar a España haya caído por debajo de un mínimo, dejaré de votar también en las generales.
La discusión de la “ley de nietos” durante las últimas semanas en España ilustra, pues, un punto fundamental en toda democracia: ¿quién es el demos que puede decidir el futuro colectivo?
Una persona no residente en España, por mucho que sea hijo o nieto de españoles, pero sin una vinculación directa con la vida cotidiana del país (o una probabilidad razonable de recuperarla demostrada con pruebas fehacientes, no una simple declaración de intenciones), no es parte del demos. Puede ser una persona con la que sintamos cercanía afectiva y que tenga un vínculo legal con España más fuerte que el de otras personas. Pero no debe ser votante.
Las respuestas que leo en la prensa son decepcionantes. Muchos argumentan que, a fin de cuentas, estos nuevos votantes no influirán en los resultados de las elecciones. Quizás. En el pasado no lo han hecho. Pero este argumento tiene dos problemas. Primero, ahora que forman un grupo tan grande, los partidos tienen un incentivo muy distinto para movilizar a ese electorado. Segundo, y mucho más importante, ir regalando nacionalidades y derechos de voto sin la debida seriedad demuestra que en España nunca pensamos las cosas con cuidado. Da igual si son 100 o dos millones y da igual si tienen efecto o no sobre las elecciones. Es una cuestión de legitimidad.
Una y otra vez, en España, tomamos decisiones sin hacer números, movidos por el “buenismo” de quedar bien en el telediario de las nueve. Y no, no son los políticos. Estoy 100% seguro de que, de haberse realizado un referéndum sobre la “ley de nietos” (olvidándonos del resto de la Ley de Memoria Democrática), el sí habría ganado de manera abrumadora.
No nos tomamos nada en serio y somos frívolos.