Agradecemos profundamente a la compañera Lenny por hacernos llegar dos mil ejemplares de este calendario, que se ha convertido en nuestro primer material de campaña, distribuido principalmente en nuestra llegada a las zonas rurales de Cochabamba. Un material sencillo, pero muy valorado y requerido en las comunidades que hemos visitado. A diferencia de otros, no desplegaremos una maquinaria económica prebendal para comprar conciencias, porque nuestra candidatura es independiente de los poderes económicos y de las mafias corporativas. Esta campaña se sostiene con recursos personales de nuestro equipo y con las contribuciones solidarias en material, no ostentosas, que nos brindan nuestros simpatizantes. Creemos firmemente que deben prevalecer las ideas, la trayectoria y las propuestas, y no la prebenda ni el derroche que tanto daño le han hecho a la política.
Como muchas personas, mi corazón está a la izquierda. Siempre he votado por alguna variación de ella. Mi forma de entender el mundo tiene raíces profundas tanto en el marxismo como en sus críticas desde la misma izquierda, de Camus a Orwell. Pero descubro que lo que me separa de la izquierda oficial —o al menos de su versión tuitera— es precisamente el corazón.
Porque soy de izquierda, mi primer impulso ante la caída de Maduro es una alegría visceral. No por quien la provocó —Trump no despierta en mí ninguna simpatía— sino por los millones de venezolanos que llevan años huyendo de una parodia grotesca del socialismo. Por las madres que no han visto crecer a sus hijos. Por los profesionales manejando Uber en Santiago. Por los que murieron cruzando el Darién.
La izquierda que conozco en Twitter piensa al revés: primero el antiimperialismo, después la soberanía, luego la no injerencia, y al final —si queda espacio— los venezolanos. Como si el principio de no intervención pesara más que los cuerpos torturados en El Helicoide. Como si los derechos humanos del tirano importaran más que los de sus víctimas.
Este reflejo automático se repite en cada crisis. En Cuba, la corrupción dinástica de los Castro siempre pesa menos que el embargo. Cuando las iraníes se quitan el velo y enfrentan a los mulás, la izquierda busca primero denunciar a la CIA. Cuando quemaron el metro en Santiago, había que entender la rabia antes que lamentar a la cajera que no pudo llegar a su trabajo. No importa que los mulás ejecuten homosexuales, que los muyahidines lapiden mujeres, que los Castro encarcelen poetas: si están contra Estados Unidos, merecen comprensión.
Entiendo el razonamiento. Conozco la historia de las intervenciones, los golpes de Estado, la Escuela de las Américas. Sé que Estados Unidos no regala nada y que Trump es un personaje siniestro. Pero lo que no puedo entender es la ausencia de emoción humana elemental. Esa frialdad doctrinaria que no se conmueve ante los videos de venezolanos llorando de alegría en las calles de Caracas. Que no siente nada ante las iraníes cortándose el pelo en señal de rebelión. Que siempre tiene un "pero" listo antes que un abrazo.
Preferiría, por supuesto, que los venezolanos hubieran derrocado solos a su tirano. Pero sé —porque la historia lo enseña— que pocas dictaduras caen sin alguna forma de presión internacional. La chilena no lo hizo. La argentina tampoco. La española menos. Y de todas las salidas posibles después del fraude brutal de julio, esta es de las menos sangrientas.
Hoy los venezolanos celebran. Las calles de Caracas se llenan de una esperanza que creíamos muerta. Y yo, que sigo siendo de izquierda precisamente porque creo en la dignidad humana antes que en las abstracciones geopolíticas, celebro con ellos.
Mañana habrá tiempo para analizar, criticar, contextualizar. Hoy, solo hoy, déjenme sentir esta alegría sin pedir permiso al manual del buen antiimperialista. Déjenme poner el corazón donde siempre debió estar la izquierda: del lado de la gente, no de los mapas.
Entiendo que no se trata de mí, y que tu voluntad es razón suficiente para apoyarte en lo que decidas hacer. Eres fuerte Thae, puedes con todo; quiero que pienses en mí de manera incondicional, siempre te voy a querer.
Oh Thae, no te olvides de mí.
Oh Thae;
No podía entender por qué lo hiciste. Al principio, no quise creerte. Me enojé contigo, conmigo, con el mundo. La música que escuchábamos, tu ropa y los objetos que dejaste en mi casa, o tu lado de la cama, se volvieron oscuros e inaccesibles para mí.
En el fondo tenía miedo de perderte o de que me dejaras, y pensé que eso no nos pasaría a nosotros. Tampoco pude entender cuánto realmente te quise.
Pero ahora admiro tu valor para cambiar.
@dbg_bo Esa seguirá siendo una preocupación del MAS, que como está en el poder y no quieren abandonarlo, será su objetivo estratégico. Mi reflexión la dirijo a 17 ciudadanos/as que necesitamos le hagan un favor a la Historia y a nosotros, los electores, en un acto de responsabilidad.
@dmavicente En mi país los jueces son ricos a costa de la libertad y bienes de la gente. En mi país, los jueces son cobardes y funcionales al dinero, al poder.