— Entonces solo eres un rarito... Vaya decepción.
Hasta un suspiro ha dejado salir, llevando las manos tras su cabeza antes de dejar el libro en sus piernas.
— Ah, soy Angela. Un placer señor rarito, pero no, no funcionó demasiado.
< intentado claramente por ello no meterse en problemas.
— Una cosa no quita la otra. Puedo morir haciendo lo que me gusta. Como morirme, siento que debe ser bonito ver la luz.
— ¡Tampoco te pases! Ya tengo una edad, solo que si parece que ha venido un templario a hablar conmigo pues... ¿O quizás eres un cura de esos raros? ¿Conoces al que maneja el burdel?
Va a seguir a su rollo. Al final lo que más le gusta es molestar al resto de personas, aunque >
— ¿Ah? ¿Y que crees que hago? Yo misma aprendo las cosas que quiero aprender, como cosas sobre operaciones, cirugías... Incluso rituales. Cosas que los profesores y adultos que huelen a viejo no pueden.
Por eso mismo le dice esas cosas. Al final, como adulto, está allí >
— ¿Y te sorprende cuando a veces ni tenemos para comer? Los profesores prefieren acosar a los niños al igual que todos los adultos aquí. Así que nada de enseñarnos cosas útiles.
Por fin va a mirar al adulto, dejando salir una sonrisa.
— No, prefiero esas canciones vulgares.~
— . . . ¿Infante? ¿Hemos vuelto al renacimiento? ¿He viajado atrás en el tiempo?
Aún no le mira, no sabe bien con quien está hablando.
— Pero ya te aseguro que hay peores canciones.
— Una canción.
Añade sin más, aún con la mirada en su querido libro, terminando de escribir con el único lápiz que le queda.
— ¿A que mola? La escuché el otro día.