Al negar a Dios, no destruyes su existencia; simplemente te exilias de toda posible sabiduría que exceda tu limitada perspectiva humana. Te colocas a ti mismo como juez supremo de lo que es bueno y verdadero, asumiendo implícitamente que no existe nada por encima de ti.
Dios es la verdad última, el fundamento inquebrantable sobre el que descansa todo lo bueno, justo y puro. No es una verdad más, sino la fuente y medida de toda verdad. Dios es la síntesis perfecta de todas las virtudes llevadas a su máxima pureza.
Y si Dios no es la verdad —como algunos se esfuerzan por intentar afirmar—, cualquier individuo puede proclamarse como tal, iniciando una lucha permanente por someter las demás verdades e imponer la suya como aquella que “ordena el mundo”.
Sin embargo, el ser humano no es Dios. Y en ese torpe intento de usurpar su lugar, el hombre acaba siempre desorientado, frustrado y vacío. Ese vacío, imposible de dejar intacto, se rellena con orgullo, mezquindad y arrogancia, sustituyendo lo esencial por sucedáneos frágiles. El espacio dejado por Dios se llena con falsos dioses e ídolos que ocupan ilegítimamente el lugar del único verdadero por esencia.
La idea de “no necesitar nada más allá de uno mismo” se asemeja a un niño que, en un centro comercial, se aleja de sus padres desoyendo sus advertencias. Cree que está ganando libertad, pero termina perdido, rodeado de desconocidos y asustado porque cree que no volverá a ver a quienes han sido su origen, hogar y única certeza. Y entonces, entre lágrimas y miedo, comprende que aquello que pensó que era independencia no era más que el principio de su eterna agonía.
"¿Cómo podéis vosotros creer, pues recibís gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene del Dios único?" Juan 5:44
No existe manera de conectar puramente con la esencia de otro de ser humano si no es a través de la gloria de Dios. Y esto os lo digo porque yo estuve años obviando la parte de divina de la vida y, desde que acepté a Dios en mi corazón, experimento las relaciones humanas con una profundidad y una belleza que nunca antes había vivido en mis carnes.
Entiendo que los que no creen, al ver a otra persona creer fervientemente en algo que no es tan perceptible a nivel sensorial como el resto de las cosas del mundo, pueda generar rechazo de primeras.
Lo que tienen que entender aquellos que niegan su fe en Dios es que, esa fe que no depositan en Él, la depositan en cualquier cosa que no sea Él; y nada es tan grande como el Padre.
La fe no es una opción. Es el acto de confiar en lo que es desconocido hasta el momento. Es el combustible de la vida. Si la fe no existiese en cada uno de nosotros, no tendríamos motivación ni para quedar con un amigo, estudiar una carrera, viajar a ningún sitio o celebrar un cumpleaños.
La fe es la esperanza de que, detrás de cada acción y movimiento, existe un potencial transformativo que nos ayudará a definir el contorno de lo desconocido.
Creer única y exclusivamente en ti mismo es una manera de apartarte del mundo y volverte miserable.
"Primero debo creer en mí mismo para después poder ayudar a los demás."
Separarte de todo lo demás para darte más importancia de la que realmente tienes, no te va a ayudar en nada. Al contrario, te convertirá en un alma errante y miserable que se busca a sí mismo en el vacío de una existencia desarraigada.
Sin embargo, cuando primero creemos en Dios, Este nos guía a través de todo lo demás y es esa misma fe en lo que está por encima de nosotros mismos lo que nos acaba permitiendo armonizar nuestra mente, espíritu y acto para ofrecerle al mundo nuestra belleza como individuos.
Que Dios os bendiga.
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