A veces me gustaría ser menos sensible, nostálgica, no tomarme todo personal, llorar menos, en incluso amar un poquito menos.
Pero entonces no sería yo.
Madurar es aceptar que yo también fui la mala de algunas historias, que también le he hecho daño a personas que me importaban y que no siempre tomé las decisiones correctas. Acepto mis errores y entiendo que la perfección no existe, que todos tenemos nuestras propias cicatrices.
Y de repente, en dos meses se acaba el año que me enseñó que nada es para siempre; que el amor que das no siempre vuelve con la misma intensidad; que quien quiere se queda, y quien no, se nota; que a veces perder también es ganar, y que aunque duela, soltar también es crecer.