Let me outline three possible scenarios for the post-Maduro era in Venezuela. I call them the “good,” the “bad,” and the “ugly.
The Good
In the best-case scenario, Delcy Rodríguez forms a relatively moderate cabinet to manage a peaceful transition. Hardliners, especially Diosdado Cabello, are pushed out of the inner circle, and a few opposition figures are brought in. Political prisoners are released and media freedom returns.
Meanwhile, Maria Corina Machado steps up her efforts in Washington, pressing US partners to convince Trump that elections are unavoidable. Trump signs off and leans on Delcy to commit to free and fair elections within a year or so.
The Bad
In a less optimistic scenario, cracks inside the regime widen. Cabello manages to bring key parts of the military to his side and openly challenges Delcy’s authority. A coup attempt might occur and a power vacuum emerges. What starts as an internal power struggle in Caracas turns into broader instability across the country. Armed groups like the ELN and remnants of the FARC take advantage of the chaos. At that point, Washington is left with a very uncomfortable set of options, including the possibility of boots on the ground.
The Ugly
Nothing really changes. Delcy governs pretty much the same way as Maduro did. No moderation, no release of political prisoners, no political opening. Trump is content as long as oil flows and business interests are protected. Delcy rejects any talk of elections for the next six years, arguing that her term started in 2026. The opposition loses what little hope it has left. Venezuela settles into a familiar case: An autocratic system that’s repressive at home but on workable terms with Washington, not unlike the U.S. relationship with Qatar, Saudi Arabia, or even Turkey.
Salí de Venezuela hace 7 años ya, porque me pusieron una pistola en la cabeza a plena luz del día. 19 años tenía. Iba caminando a la universidad.
Me costó entender que eso pasó básicamente porque no había consecuencias para los criminales reales, como suele ser en las dictaduras.
Me fui aterrada y sin ganas de volver. Estaba chica y me costaba separar lo que es el gobierno vs. lo que es la patria.
Afuera lo entendí. Y me dolió muchísimo darme cuenta que amaba mi país más que a nada y que el recelo venía de que nunca quise ser una exiliada. Qué sensación tan fea lo que es el despojo y más cuando ni siquiera has terminado de formar tu identidad.
Por fortuna y bendición, migré a un país que amé profundamente desde el momento en que llegué. Me acogió, me permitió crecer, lo hice mi casa y lo sigo amando. Amo su cultura, sus costumbres y sobre todo a su gente.
Pude crecer, recorrer distintas tierras, sanar y ser feliz en ese proceso. País que visito, país del que me recorro al menos tres ciudades como queriendo entender cómo funciona desde adentro. Me voló la cabeza conocer formas de pensar tan diferentes e interesantes. Ese intercambio constante me recordaba lo que somos en Venezuela y lo que no. Nos empecé a recordar con cariño y con nostalgia.
Ya cuando sané y quise volver de visita, era demasiado tarde.
Para bien o para mal, tengo nacionalidad española y venezolana. La española me permitió moverme libremente por el globo, con la excepción de que si llegaba a pisar venezuela no podía salir.
Podía visitar cualquier país, excepto el mío. Y si lo visitaba, no podía salir, a no ser que tuviera ese pasaporte venezolano que me era imposible de conseguir por distintos motivos claramente relacionados a la dictadura.
Cuento esto como un marco para decir que la intervención de hoy, de este 3 de Enero de 2026, no la celebro a la ligera. Cuando crecí no soñaba con que USA bombardeara a mi país, te lo juro.
Pero tampoco nadie te prepara para lo que es ver a una tanqueta militar aplastando los huesos de estudiantes que solo exigían derechos humanos, poder comprar comida o tener libertad.
Nadie te prepara para estar semanas sin electricidad en un país que es ridículamente rico. Nadie te prepara para lo que es llegar con una emergencia a un hospital y ver cómo se te muere un familiar en los brazos porque no hay insumos. Nadie te prepara para lo que es tener amigos presos en el centro de tortura más grande del continente, y que ese centro de tortura casualmente esté en tu país.
Una dictadura es una dictadura. Y las salidas pacificas son una utopía.
Lo intentamos todo: votar, alzar la voz, pedir ayuda, protestar, irnos, quedarnos y hasta morir por nuestra tierra.
Nada funcionó. Y la represión no solo siguió sino que tomó fuerzas. En algún punto se sintió invencible (en psicología le decimos “Indefensión aprendida”). Por eso estamos tan contentos hoy. No creemos que lo que vengan sean rosas, pero sí nos devuelve algo de esperanzas.
No tienen que venir a preocuparse por nuestro petróleo, sabemos que tenemos las reservas más grandes del planeta. Rusa y China también lo saben bien, porque nos lo han robado en las últimas dos décadas y ahí si no hemos visto a nadie diciendo nada.
Todavía nos queda mucho. Y seré cruda con esto: tampoco somos libres (aún). Pero por primera vez en 26 años está ocurriendo algo histórico en nuestro país.
Si no eres venezolano, déjanos celebrar un poquito esta sensación de alivio y de esperanza que habíamos perdido.
Si eres venezolano y estás en Venezuela, por favor cuídate mucho. Nos necesitamos a todos a salvo.
Si eres venezolano y estás fuera, te entiendo. Te abrazo fuerte y te pido nos eduquemos sobre lo que pasa para explicarlo bien. Hará falta darle visibilidad a esto para que no se tergiverse nuestra historia.
Ya la historia no es solo el pasado, sino lo que está ocurriendo hoy. Y por eso cuento la mía.
Y EL Q NO ES VENEZOLANO Q SE CALLE LA BOCA POR QUE NO HAN PASADO HAMBRE, NO LES HAN MATADO UN HERMANO POR PROTESTAR, NO LES HAN AMENAZADO POR MONTAR UNA HISTORIA. CALLENSE
@Welonz It's an interesting boss fight, there's a lot of different ways to tackle it so it ends up feeling like a mini-sandbox.
You can use the directional mic to find his breathing, you can capture his parrot, look for his scope glint, and a bunch of other things.