Te vas a brasil y un grupo de hijos de puta te acosa agarrándose la verga, les haces un gestito de mono y te cagan la vida.
Vienen extranjeros a la Argentina, te matan, violan o roban y tranqui, se van como sí nada.
Hay que proteger más a los Argentinos.
El sol del otoño parece que te abraza. Caminar un rato por la tarde mientras pisas hojas caídas te da felicidad. Una sensación que nunca te dará el villerísimo verano de jarras locas.
Cuando la IA se haya apropiado de todas las acciones hasta ahora realizadas por humanos, sólo van a quedar los empleados de las farmacias cortando cartoncitos con un cutter y pegándolos en un papel con una voligoma.
Parece broma, pero uno sale del trabajo y se va rápido a casa, con prisa, para no llegar más tarde.
No por desesperación, sino por necesidad. Porque ahí está la calma que el día te quita, el silencio que acomoda el alma y el refugio donde el cansancio por fin puede descansar. Afuera uno cumple, resiste y aguanta; en casa uno suelta, respira y vuelve a ser. Y quizá por eso el corazón apura el paso, porque sabe que llegar es, en realidad, volver a vivir