Ayer me visitaron unos amigos madrileños que aprovecharon el puente para huir un par de días del asfalto.
El punto central de estos días es la barbacoa. Una buena brasa en la que puedas estar echando carne toda la tarde. Empiezas a comer a los dos, pasa el tiempo entre cerveza y cerveza y de repente estás mirando las estrellas.
Les hice vivir la experiencia stocks and tomatoes. Recogimos membrillos, ciruelas, aceituna para aliñar, pimientos... Los más valientes se animaron a sacar el cuchillo y también se llevaron alguna gallina. Uno se encaprichó de la motosierra y le dejé cortar unos palos.
Me gusta recibir visitas. El punto negativo es que a los animales hay que atenderlos igual, gallinas, perros, ocas... A ellos no les importa que lleves cinco cervezas o te acostaras a las tantas, en cuanto amanece quieren desayunar. Así que mi resaca y yo ya hemos echado de comer a los animales mientras los visitantes aún duermen.
Carne de la zona, naturaleza y buena compañía. Tres ingredientes para para pasar un buen día de campo.
Me habéis empezado a seguir muchos estas últimas semanas. Si queréis saber más sobre mi día a día en el campo podéis echarle un ojo a mi canal de youtube, tenéis el link en mi perfil.
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Si me pongo a echar cuentas de las horas trabajadas cortando leña quizá fuera más rentable y sencillo pagar a Iberdrola a cambio de calor.
Pero la leña tiene algo especial. Una casa de campo invernal que se inunda del aroma inciensado de la encina, el sentimiento de autorrealización de proveerte de tu propia energía, el trato no verbal con los árboles, yo podo tus ramas y tú me calientas.
Una piña y corteza de árbol para encender. Unos cuántos palitos finos para que arranque el fuego. Un chispazo del mechero y empieza la magia.
Voy a la leñera y traigo madera para pasar la noche. La gestión del calor nocturno es importante para poder dormir a gusto. Meto un tronco de 20 kilos y dejo la entrada de aire al mínimo para que se consuma lentamente.
Observar una estufa es mejor que ver la televisión. El fuego ayuda a pensar. Las llamas bailan dentro de la forja y yo sentado en frente con una mantita y un cuaderno donde voy escribiendo esto.
Soy más de Ted Kaczynski que de Thoreau. Más de un redneck desdentado en su pickup que de un hippy. Un zaratustra digital que baja al mundo una vez al día en vez de cada diez años. Soy Manuel de Los Asquerosos evitando la mochufa. Chris McCandless huyendo hacia rutas salvajes.
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Año 2050, tras la tercera guerra mundial nada volvió a ser lo mismo. Millones de fallecidos, corte total de comunicaciones y escasez de recursos, el mundo se había convertido en una distopía.
Los supervivientes nos agrupamos en pequeñas comunidades rurales, las ciudades fueron destruídas hace tiempo. La autosuficiencia cobró más sentido que nunca, ya que no había combustible para mover los coches y el comercio era escaso y únicamente posible con otras comunidades cercanas parecidas a la nuestra.
En la parcela nos instalamos 20 personas, familiares y amigos que consiguieron huir de Madrid cuando empezaron los bombardeos. No había tiempo para lágrimas, tocaba trabajar duro, reconstruir el mundo desde los cimientos.
Desde el primer día cada uno tuvo sus funciones asignadas, en estas pequeñas comunidades es esencial que todas las piezas se muevan a la par para que el mecanismo no colapse.
Hemos plantado de todo, cereal, olivos, frutales, huerto y frutos secos. También tenemos gallinas, cabras y tres vacas que conseguimos comprar tras mucho esfuerzo. Cuando la civilización colapsa las cabezas de ganado y los plantones pasan a ser los bienes más valorados, los bolsos de Louis vuitton y los pantalones gucci ahora sólo sirven para trabajar el huerto y guardar herramientas.
La defensa es un punto importante, en este caos mundial los ataques a nuestra comunidad son habituales. Estamos fuertemente armados y siempre hay varias personas vigilando. Cuando la seguridad estatal se esfuma se impone la ley del más fuerte.
Trabajamos duro. Tiene que ser así para poder sobrevivir, jornadas extenuantes de 12 horas al día que se hacen más duras todavía cuando la cabeza se pone a pensar y recuerda la comodidad con la que vivíamos hace sólo unos cuantos años.
Hacemos un descanso del trabajo de huerto para almorzar. Encendemos fuego y echamos algo de carne, bastante racionada porque no podemos desperdiciar recursos. Le doy un bocado a la chuleta y recuerdo cuando cogía el coche para ir a Mercadona, cuando nos íbamos a largos viajes de vacaciones por placer o me enganchaba a la última serie de Netflix. Por aquella época nadie se imaginaba que el mundo podría acabar así.
Cuando la civilización colapsa y el mundo moderno se resquebraja, la vuelta a la naturaleza y a las tareas más básicas deja de ser algo opcional y pasa a ser la única forma de supervivencia.
🔸️Distopía rural capítulo 1
Un eucalipto solitario se alza sobre los campos de cultivo. Hace cincuenta años cuando mi abuelo compró la parcela ya estaba ahí. Varias generaciones de tractores lo han respetado y esquivado cuando trabajaban la tierra.
La mayoría de años tira alguna rama después de la tormenta. Y ahí voy yo con mi motosierra para aprovecharla. Es un trato que tenemos el árbol y yo, respeto su gran tronco y él me proveé de unos cuantos kilos de leña al año.
El tiempo en la naturaleza es muy relativo. Una mosca vive una vida larga y plena en sólo 25 días, yo en 83 años y el eucalipto podría durar cientos.
Quién sabe, quizá me sobreviva si el viento y la mano humana lo permiten. Me gusta pensar que da igual quién de los dos muera antes, ambos seríamos útiles para el otro. Si él fallece antes que yo, tendría miles de kilos de madera con los que calentarme. Si yo caigo antes que él, podría abonar sus raíces con mi materia orgánica.
Cambia el clima y cambia el trabajo que hay que hacer en la parcela. El huerto de verano ha durado más que nunca con estos calores, pero una vez terminado ahora toca ponerse con la recogida de la aceituna. Te hablo de esto en el nuevo vídeo de yutuf ⤵️
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Vivo en una zona llena de aves rapaces. Águilas, buitres y milanos me observan desde las alturas.
De vez en cuando escucho chillar a las ocas, con la cabeza levantada mirando al cielo, alguna de estas rapaces otea la parcela buscando presas en mi gallinero.
A pesar de las bajas que provocan en el gallinero, son animales impresionantes que me encanta observar. La mayoría de animales son huidizos, se alejan de los humanos y otras especies. Pero las rapaces no. Las verás posadas en ramas y tendidos eléctricos, se hacen ver, son territoriales y les gusta demostrar su presencia, en plan, "Vete de aquí, esta es mi zona de caza".
También abundan los buitres, no es raro ver decenas de ellos en alguna finca ganadera donde una vaca tuvo mal destino la noche anterior. Me encantaría poder dejar las bajas animales de mi parcela en campo abierto para alimentarlos, pero una de esas leyes a favor de la naturaleza establecida desde la ciudad me lo impide.
Ya os conté que el año pasado que un águila se comió medio gallinero. Algún vecino me dijo que sacara la escopeta, pero no sería capaz de ello, en vez de eso busqué alternativas. Ahora dos mastines protegen a las gallinas, el águila a veces se pasa por aquí, dando vueltas en el aire observando el terreno, impotente ante estos dos bichos de 50kg. No ha vuelto a haber bajas.
He tenido dos encuentros impresionantes con rapaces. El primer año que estuve aquí estaba yo en un gallinero cerrado con malla metálica y un milano se tiró en picado a por unos pollos, se estrelló dos veces contra la alambrada y finalmente desistió. Se posó en la nave de enfrente y me observó durante un rato. "La próxima vez ya verás como me llevo uno de tus pollo" es lo que parecían decir sus ojos.
Hace un par de años un Azor cayó en mi piscina. Estaba tan empapado que no podía retomar el vuelo. Lo intentó de nuevo pero un pavo real la interceptó y volvió a derribarla. La cogimos y no parecía herida, así que la lanzamos hacia arriba y consiguió volver a volar.
Una de las mejores cosas de vivir en el campo son estos encuentros espontáneos con la fauna local. Puedes ver animales en zoos y refugios pero nunca será lo mismo. Aquí se muestran en todo su esplendor, libres, dejándose llevar por el instinto, mostrándote su verdadera naturaleza.
Aquí no hay tráfico ni atascos, aunque quizá te toque parar el coche porque está cruzando la carretera un rebaño de ovejas o hay varios buitres desayunando un cadáver en la carretera.
Tengo el supermercado y demás servicios más lejos que la mayoría de personas, este tipo de vida implica coger el coche a menudo y hacer muchos kilómetros. Pero conducir por estas carreteras es un placer.
Pongo el Spotify, enciendo un cigarro y conduzco tranquilo hacia la primera parada, el bar de los churros. Aprovecho para hacer recados en la zona, aquí las distancias son largas y la gasolina está cara. Nada que ver con la M30, aquí no hay pitidos ni carteles de publicidad, aquí tenemos pájaros y el sonido lejano de los tractores trabajando la tierra, paisajes de olivar, cultivo de cereal y monte bajo como decoración.
Veo un tronco caído en el arcén y me paro a recogerlo, ya tengo calor gratis para esta noche. El vecino se cruza conmigo en la carretera y me da las largas, aquí nos conocemos todos. Cargo pienso para los animales en la cooperativa y vuelvo a mi furgoneta.
A medio kilómetro de casa ya escucho a los perros ladrar. Me reciben contentos como si hubiera estado fuera una semana. Otra mañana más de conducción y recados en una zona rural.
Las aceitunas ya van cogiendo color. Tengo poco olivos pero este año están bien cargados, espero sacar 5 o 6 garrafas de aceite y no tener que comprar en todo el año. La semana que viene me liaré con la recogida.
Antes llevaba la aceituna a la cooperativa, este año nos vamos a juntar varios vecinos y vamos a llevar nuestras cosechas a una almazara que a cambio de algo de dinero te saca tu propio aceite de la aceituna que lleves.
Tengo plantados otros 100 olivos, espero que el año que viene ya empiecen a echar aceituna y quizá me compre una pequeña almazara casera, las hay baratas y me encantaría poder hacer en casa todo el proceso del aceite.
Vivimos totalmente desnaturalizados. Ritmos de vida frenéticos sin tiempo para dedicarse a uno mismo a cambio de un techo y comida. Quemando días iguales en una especie de huída hacia delante esperando la próxima nómina.
Metidos en interiores sin ver la luz solar dedicando nuestra vida a trabajar para otros. Comiendo mierda envasada y con el cerebro quemado, completamente adicto a los estímulos constantes de las redes.
Consumismo fácil y mierda low cost como terapia antiestrés después del trabajo. Azúcar, alcohol y dopamina digital como anestesia para el alivio de las pesadas responsabilidades del mundo moderno.
Mientras observo el horizonte montañoso escribo este tweet. Los perros ladran a un ciervo lejano ajenos a todo esto. Las gallinas picotean el suelo buscando insectos sin tener en cuenta todas estas complejas normas sociales que nos hemos dado.
Y yo que cada vez me alejo más del mundo, me voy acercando a los orígenes desde un rincón perdido en la mancha. Bajando la velocidad de la vida y volviendo a encontrarme con la naturaleza como hacía mi abuelo, porque a veces volver a lo sencillo, a lo básico, es la mejor solución para sobrevivir en este mundo.
Hay gente en Twitter que se indigna cuando digo que los animales en mi parcela tienen una función. Se creen que voy detrás a latigazos para hacerlos trabajar. Un perro defiende territorio y un gato caza ratas por instinto, es su naturaleza, así se sienten realizados y felices.
En un mes han nacido en la parcela 27 pollitos, una locura, y más teniendo en cuenta que las gallinas suelen incubar en primavera y no ahora.
En el nuevo vídeo doy un paseo otoñal por la parcela, os enseño los pollitos y otras novedades en en gallinero ⤵️
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Los gatos tienen un papel muy importante en la parcela.
Cuando llegué aquí, antes de tener gatos, había una barbaridad de ratas. Es lo normal en sitios de campo donde se guarda comida para los animales.
Abrías la puerta de una nave y las escuchabas huir correteando por el techo, decenas, cientos de ellas. Aquí las ratas no son portadoras de cientos de enfermedades como en la ciudad, pero también causan problemas. Me hicieron dos averías en el coche por morder cables y destrozaron todas las mantas de los perros que guardaba en el garaje. Además crean espacios insalubres porque no paran de cargar y mear.
Las ratas son una locura, inteligentes, llegan a acostumbrarse a los venenos y a tolerarlos sin morir. Pero hay algo que no tolera una rata, y eso es un gato.
Me traje al gato con el que vivía en Madrid, un gato urbanita que creía que no se iba a adaptar al campo. Y ahora es el jefe de la parcela, apenas entra en casa y no le tosen ni los mastines.
También adopté otra gata de las que rondaban por aquí, el gato salvaje suele ser muy huidizo, pero poco a poco con cariño y comida fui haciéndola mía, ahora cada noche duerme en el gallinero.
Fue meter a los gatos y dejar de ver ratas. Tremendo, no había pasado ni un mes y la plaga había desaparecido. Y esto no es tanto porque los gatos las cazen sino porque la rata huye de todo lo que huela a gato.
El pis de gato tiene un olor desagradable muy reconocible, donde mea un gato es raro que una rata haga nido para criar.
He aprendido que siempre hay que tener un gatos por aquí. Cumplen una función muy importante y a cambio de un puñadito de comida al día mantendrán a las ratas alejadas de tu territorio.