Acantilados blancos en Rügen es una de las obras más célebres de Caspar David Friedrich.
Pintada poco después de su matrimonio con Caroline Bommer, rompe con el tono sombrío e invernal de muchas de sus otras piezas para ofrecer un paisaje lleno de luz, color y una compleja simbología sobre el amor, la fe y la muerte.
El cuadro presenta una estructura visual enmarcada, donde la naturaleza actúa como un telón que dirige la mirada hacia el centro.
Los árboles de los costados (cuyas hojas casi se tocan en la parte superior) y el suelo forman un círculo casi perfecto.
Esta técnica encierra el mar y los acantilados, creando una sensación de intimidad y refugio.
Las formaciones blancas y afiladas de la isla de Rügen irrumpen verticalmente en el centro. Su blancura resalta el contraste entre la solidez de la tierra y la inmensidad del agua.
El océano se despliega al fondo con tonos azules y rosados suaves, salpicado por dos veleros que navegan de manera pacífica.