Antes de que una agencia le pusiera un contrato delante a los quince años, antes de las pasarelas de Moschino y Dolce & Gabbana, antes de las campañas de Calvin Klein, Presley era solo eso: el hijo de Cindy.
Creció con una madre que era, literalmente, la cara más fotografiada del planeta, y con esa vida vinieron cosas que ningún adolescente debería cargar. A los diecinueve lo detuvieron por conducir bebido. Después vino el tratamiento. Y en 2024, en lugar de esconder lo que le pasaba, hizo algo poco habitual para alguien con su apellido: empezó una serie que llamó Mental Health Mondays, lunes de salud mental, donde hablaba abiertamente de su lucha, sin filtro, con la cara descubierta.
Su hermana Kaia lo resumió mejor que nadie hace unos meses, hablando de él: "mi hermano, que dice: voy a ser muy humano para todo el mundo". Y también dijo algo que ahora pesa distinto: que lo que él llevaba dentro "nivelaba a toda la familia". No era un problema de Presley. Era un peso que cargaban todos juntos, puertas adentro, mientras fuera la familia entera sonreía en las portadas.
Murió ayer en un centro de rehabilitación en Los Ángeles. No escondido. Intentando, otra vez, salir adelante. Tenía 27 años.