García Márquez habría escrito:
Era un pajarraco enorme, de cuello arrugado y alas del color del carbón sin usar, que con la paciencia de fraile cimentó sus garras sobre el tejado de la vieja iglesia y se posó como gárgola al lado de la torre de la campana mayor. Era temprano aún, el sol era joven y aún no calentaba lo suficiente para que las iguanas subieran a los árboles. Tan temprano que el aleteo del animal rompió el reposo del monaguillo y espantó a las palomas que esperaban las migajas del desayuno. El padre Isidro, cegado por el enojo y el ardor de una migraña que lo perseguía desde que en el pueblo se supo del eclipse que se acercaba, salió al atrio a espantarlo con una escoba de mijo, gritándole que la casa del altísimo no eran para las alimañas.
Los vecinos, recién levantados entre risas y persignaciones, se agolparon en la plaza creyendo que la ave traía una bendición chiflada o que buscaba los restos de alguna paloma muerta en el tejado. Y entre las risas, los bostezos y el olor al café, nadie notó que las hormigas formaban senderos desesperados hacia los cerros, ni que el agua de los pozos se había vuelto tibia y amarga. Solamente cuando el gallinazo con su movimiento de pájaro logró hacer soñar la campana, alguien dijo en voz alta:
—Es mal augurio
Pero era tarde, el suelo crujió con un bramido visceral que venía de las entrañas de la tierra. La torre de la iglesia se abrió en dos como una fruta madura al caer del árbol y el pueblo entero se derrumbó en una sacudida que descolgó los santos, levantó el polvo acumulado por siglos y convirtió las casas de barro en un recuerdo. Solo entonces, quienes sobrevivieron, comprendieron que aquella criatura tan relacionada a la muerte no buscaba la carroña en aquel viejo tejado, sino rescatar a los vivos del abrazo de la tierra.